JUSTO ESTE DÍA EN QUE NO SE QUÉ HACER CONMIGO...

Publicado en General el 14 de Febrero, 2008, 9:56 por EDITOR INVENTIVAsocial

XLI*

Mi madre
cruzaba el patio
con un batón
celeste
y un plato vacío
en una mano.

¿Cruzaba el patio
o era un sueño
o las hilachas
de un recuerdo
que deflagra
en mi cabeza
justo este día
en que no se qué hacer
conmigo?


*de Jorge Isaías.  jisaias46@yahoo.com.ar







JUSTO ESTE DÍA EN QUE NO SE QUÉ HACER CONMIGO...





 La tierra incomparable*


 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



QUINCE


Regresaron por otro camino. Agata miraba distraída al­rededor, sin hacer comentarios. En su cabeza, sólo cabían las imágenes del encuentro con la casa. Necesitaba tiempo y resignación para que se le volvieran aceptables. Se descu­brió pensando en partir.
Pasaron a buscar el coche.
-¿Quiere ira ver el lago? -preguntó Silvana.
-Vamos-dijo Agata.
Bajaron a la costa, cruzaron la avenida y se acodaron contra el parapeto de cemento. Ahí estaba por fin el lago, quieto y oscuro en su cerco de montañas. De los tantos re­cuerdos que le trajo a Agata, el primero fue cierta noche de tormenta, cuando su padre estuvo a punto de morir ahoga­do al empecinarse en cruzar en un bote porque había per­dido el último transbordador. Ahora los transbordadores ya no atracaban en el embarcadero viejo, que estaba en de­suso y había perdido parte del muelle, sino un poco más lejos, detrás de una construcción cuadrada y moderna. En cambio, el puerto con forma de herradura, donde amarraban las lanchas y los botes de los pescadores, seguía igual. En la entrada estaba el faro, con su escalerita de hierro su­biendo en caracol por el lado exterior. Arriba ondeaba una bandera. Había gaviotas en el aire y detenidas en la punta de los palos pintados a franjas rojas y blancas que sobresa­lían del agua. En el centro se deslizaba un pato y dejaba una estela en la superficie calma. Cerca de Agata y Silvana un hombre pescaba con tres cañas. Se movía con lentitud entre una y otra, recogía las líneas que tenían varios an­zuelos, desenganchaba peces chicos y los arrojaba en un balde, acomodaba las carnadas, volvía a lanzar y seguía su ronda.
Durante un rato miraron todo aquello sin hablar. Des­pués Silvana propuso que fueran al bar del embarcadero viejo.
—Es lindo sentarse ahí, hay buena vista, los ventanales están sobre el agua, los días de tormenta las olas salpican los vidrios.
Pero Agata le pidió que caminaran hacia el puente del San Giorgio. Quería ver si todavía estaba cierta hostería. Anduvieron en esa dirección y creyó recordar que los can­teros a lo largo de la explanada tenían otro formato y di­mensión. En los bancos se abrazaban algunas parejas de adolescentes. Reconoció, del otro lado de la avenida, el monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial. Bajo las arcadas que rodeaban la plazoleta se veían los le­treros de dos hoteles, negocios de ropas, una florería, una librería, una panadería. Agata se detuvo:
—Allá, mientras compraba pan, me robaron la bicicleta. Casi nueva, una Legnano. Ahora, para ustedes, una bicicle­ta no debe significar gran cosa. Me acuerdo que no podía dormir. Caminaba por la calle y me parecía verla por todas partes.
La hostería estaba, pero con otro nombre. Ya no tenía la glorieta del frente. La reemplazaba un toldo de colores vivos.
—Tomemos un café ahí —dijo Agata.
— ¿Por qué en ese lugar?
—Acá venía mi marido con los amigos los días de fiesta. Había mesas bajo el toldo.
—Sentémonos afuera —dijo Agata.
—Está refrescando. 
—No importa.
Silvana pidió un café para Agata y un aperitivo para ella.
— ¿Usted también venía? —preguntó.
—Algunas veces, pero eran más bien reuniones de hombres. Jugaban a las cartas, tomaban vino y después cantaban.
— ¿Qué cantaban?      
—Canciones nuestras, de las montañas.
 — ¿Las recuerda?               
 —Claro.                 
— ¿Se anima a cantar una?       
Agata sacudió la cabeza, dudando.
—Un pedacito—insistió Silvana.  
—Bueno, un pedacito.       
Cantó a media voz algunas estrofas, mirando la superfi­cie de la mesa. A medida que avanzaba se fue animando y llegó al final.
—Ya está —dijo. Silvana aplaudió:
—No la conocía, después quiero anotar la letra.
—También cantaban ciertas canciones picaras, bastante subidas de tono. Esas venían al final, cuando ya estaban bien entonados con el vino.
— ¿Qué decían esas canciones subidas de tono?
— ¿Qué iban a decir? Hablaban de nosotras, las mujeres.
—Ahora la gente ya no se reúne para cantar.
— ¿Nunca?
—No tienen tiempo. Ya vio cómo anda todo el mundo corriendo.
—Para cantar siempre hay tiempo.
—Les debe sonar un poco ingenuo. ¿Eran más ingenuos antes?
—No sé. No me parece. Trabajaban duro y cantaban los días de fiesta. Esos fueron los hombres que tomaron un fu­sil y se escaparon a las montañas para pelear contra los fascistas y los alemanes.
— ¿También allá arriba cantaban?
—Canciones de guerra. Siempre había alguien que nos traía las letras nuevas. Las aprendíamos y nos las pasába­mos en la fábrica, a escondidas.
—Tiene que contarme de esa época.
— ¿No te contó tu abuela?        
 —Algunas cosas, pero me gustaría saber más.
Agata señaló una columna de alumbrado:
—Ahí vi fusilar a un hombre. Pidió un cigarrillo antes de que le dispararan. Los que mirábamos pensamos que lo hacía para vivir unos minutos más. Pero fumó la mitad y lo tiró.
El sol había desaparecido detrás del Monte Rosso. To­davía iluminaba las laderas hacia el norte, los pueblitos y las casas dispersas. En cambio, las montañas de la otra orilla del lago ya se habían puesto negras. El día se estaba yendo pero todavía no acababa de irse. Ahora había una gran calma entre el cielo y el lago. Aquel silencio eclipsaba hasta los motores. Se percibía la cercanía de la sombra y el frío. Silvana se ajustó el abrigo contra el cuerpo.
Se acordaba de los anocheceres entre las monta­ñas? —preguntó—. A mí esta hora me perturba.
—Para nosotros, durante la guerra, ésta era la hora del toque de queda. Cerrábamos puertas y ventanas, y nos quedábamos adentro, esperando. A veces no pasaba nada, otras veces empezaban los tiroteos. Lo peor era cuando oíamos los aviones.
—Ahora no hay guerra, pero yo siempre estoy esperan­do que pase algo.
— ¿Qué podría pasar?
—Son fantasías mías.
Silvana levantó la mano y la movió en abanico, señalan­do hacia el lago y las montañas:
—Es como si algo estuviera a punto de hablar. Está ahí, se lo siente, pero nunca habla. También Agata miró el lago.
—De chica vivía pendiente de eso —siguió Silvana—. Era como un juego. Un minuto antes era de día y al minu­to siguiente ya era de noche. Entonces todo volvía a ser más o menos lo mismo, primero con luz, después sin luz. Pero a mí me intrigaba el momento de la transformación, que no era una cosa ni la otra. Prestaba atención, quería descubrir la mano que cambiaba el escenario.
Habían charlado poco durante el día. Silvana había re­sultado ser una muchacha amable y taciturna. Por lo me­nos así se había mostrado en ese primer encuentro. A Aga­ta la sorprendió esta repentina locuacidad.
—Todavía sigo con el mismo juego —dijo Silvana—. To­davía trato de descubrir el mecanismo y escuchar la voz.
Agata la veía de perfil: tenía la nariz recta y la frente muy amplia, siempre como bañada de luz. Miraba el lago con la actitud de alguien que está al acecho. Al pasarla a buscar esa mañana, Silvana le había transmitido a Agata una sensación de fragilidad. Ahora, ese perfil atento y seve­ro, fijo en la claridad que menguaba, tenía algo de pájaro y negaba aquella impresión primera. Agata sentía que la cara de Silvana se correspondía con el paisaje de esa hora, te­nía una fuerza y una tensión similar.
—Pero la voz nunca viene —dijo Silvana.
Todo el tiempo había hablado sin énfasis, intercalando silencios entre las palabras. Las palabras resonaban graves y Agata sentía que, más allá de su significado, le aportaban sosiego. No hubiese podido explicar cómo ni por qué, pero la ayudaban a ubicarse, tendían a establecer un orden, arrancaban las cosas de su solidez distante y se las acerca­ban. Le hacían saber que también en este presente, con sus desconciertos, había un mundo que debía ser visto y vivi­do, y complementaba lo otro, lo que ella esperaba encon­trar. Le pareció que bastaba quedarse ahí, con Silvana, y algo nacería. Y que así, esperando, comenzaba a conocer y a comunicarse con la mujer joven que tenía al lado. Sentía que aquello era igual que tocarse.
En el aire quieto sonó nítida una campana.
—Este es el momento. Está pasando ahora —dijo Sil­vana.
Un transbordador llegaba y otro se alejaba. Estaban ilu­minados y parecían árboles de Navidad deslizándose sobre el agua. Ya era de noche.
—Se me escapó otra vez —dijo Silvana.
Algo se desnudó en su cara y sus labios se movieron en un gesto que no alcanzó a ser una sonrisa.
En la otra orilla, se había encendido una línea de luces que subía hasta la punta de un cerro en un trayecto casi ver­tical. Agata preguntó qué era. Silvana le explicó que un tele­férico: en esa época del año funcionaba sólo los sábados y domingos. Podrían ir. Desde allá arriba se veía todo el lago.
Llamó al mozo para pagar y Agata protestó:
—Ya pagaste antes.
Abrió su cartera. Silvana estiró el brazo, le sujetó la ma­no y le impidió sacar el dinero:
—Déjeme invitarla.
Volvieron al coche y fueron hasta la casa de Elvira.
— ¿Mañana qué hace?—preguntó Silvana.             
—Quiero visitar algunos lugares.      
—Paso a buscarla a la misma hora. Agata dijo que no debía tomarse tantas molestias, que podía arreglarse sola.
—Lo hago con gusto —dijo Silvana.
Agata miró el coche alejarse y se quedó en la puerta. La plaza del mercado estaba vacía. Había dos cabinas telefó­nicas, ambas ocupadas. No se notaban otras señales de vi­da alrededor. Subió las escaleras despacio y cuando llegó arriba no usó la llave, golpeó. Le abrió Elvira.
—Me estaba preguntando por dónde andaría —dijo—. Parece que aprovechó bien el día. ¿Cómo le fue?
Agata le contó lo que había hecho, lo que había visto. En cuanto a lo otro, el reencuentro con la casa, lo que ha­bía sentido, eran cosas suyas y no deseaba compartirlas.
Los hijos de Elvira seguían tan esquivos como el día an­terior y entre Agata y ellos no hubo más que el saludo. Cuando llegó Ercole se sentaron a cenar. Había una radio encendida. Seguramente era una estación local, porque es­taban pasando informaciones sobre la zona. Ercole le or­denó a los chicos que callaran. Después se dirigió a Ágata y le dijo:
— ¿Escuchó, señora?
Tomada de sorpresa, Ágata se quedó mirándolo:
 —No presté atención. 
—Las tarifas de los hoteles.    
— ¿Qué? —dijo Ágata.
—Son bastante más altas de lo que le cobraban las monjas en Roma.
Faltó que agregara: "Usted acá no está pagando lo que corresponde". Agata no supo qué contestar y se le atragan­tó la comida. Ni bien pudo dejó la mesa y se fue a la habi­tación. Se acostó y decidió que sería la última noche que  dormía en esa casa.



 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.





Usualmente*
 


Él me dice usualmente esas cosas extrañas
y me abraza
 
Termino casi siempre sabiendo qué soy
 
Después
             huye.




Reconocida y desleal*
 


Reconocida y desleal
aún segrego tus efectos personales
 
Bien sé que no todo es quedarse
ni acomodarse
en las fronteras
 
Trémula
como mi madre cuando dio conmigo
cavándote mis rictus de presa
morí  cómica
 
Yo con vos no tengo
ni un soberbio fracaso.
 
 
 
Sentí*
 
 
Sentí algo:
 
he sido atropellada
por un recuerdo
 
allí.


*Poemas de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






Revisando la Biblioteca*


Hace 70 años, el 27 de abril de 1937, moría Antonio Gramsci en un hospital penitenciario, apenas 6 días después de haber recobrado formalmente la libertad, tras cumplir, en situación penosísima, más de 10 años de cárcel de los más de 20 a que le condenó un tribunal mussoliniano. Acaso sea Gramsci hoy, junto con Walter Benjamin, el clásico del socialismo marxista más grotesca e ignaramente manipulado por unas “humanidades” académicas franco-norteamericanas, olvidadizas de la historia del movimiento obrero europeo. Para conmemorar su muerte -dada a conocer al mundo por las emisoras de radio de la Barcelona revolucionaria- hemos elegido un característico textito suyo de juventud (publicado por vez primera el 11 de febrero de 1917 e inédito en castellano) que, entre varias otras, tiene la virtud de no ser fácilmente pasible de manoseo pseudoacadémico.
  

Odio a los indiferentes*

*Antonio Gramsci
  
Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.
La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?   
Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.   
Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.


-Enviado para compartir por Susana agrado@netverk.com.ar   







Jueves, 14 de Febrero de 2008
"TRABAJE DESDE DONDE QUIERA ¡PERO NO DEJE NUNCA DE TRABAJAR!"

La "oficina móvil" y la caída del ocio*

 
El ocio -destaca el autor de esta nota- es el tiempo auténticamente humano: ese tiempo dedicado a una actividad "autotélica", sin otra finalidad que ella misma, sería "el que confiere a nuestra especie su especificidad".

Imagen: Arnaldo Pampillon


Por Mario Pujo *


Cuando Osvaldo llegó esa noche a su sesión estaba contento como perro con dos colas. En la multinacional donde trabaja le acababan de adjudicar un blackberry -mezcla de teclado de computadora, agenda electrónica y teléfono celular- para su uso exclusivo. Ya antes de entrar a la sesión, en la sala de espera, aprovechaba para responder e-mails, enviar instrucciones a sus subordinados y adelantar el trabajo de la semana. Osvaldo padece dolorosísimos trastornos digestivos, reconocidos clínicamente como de orden psicosomático; por esa razón mantiene semanalmente, desde hace ya cierto tiempo y con relativo éxito, entrevistas cara a cara conmigo. Su referencia a una fallida terapia anterior, con una psicóloga que "nunca respondía y tomaba notas en absoluto silencio", me persuade de la conveniencia de
entablar con él una activa relación dialógica y fluidamente conversada.
En aquella sesión comentó que pensaba dar de baja su celular personal, para ahorrarse el costo del abono y concentrar sus llamados en un único aparato, "una verdadera oficina móvil" permanente y disponible a voluntad.
Por mi parte, conocedor de los rasgos compulsivos de su personalidad, encuadrables en lo que Freud describe como "carácter anal" -laboriosidad, economía, meticulosidad, autoexigencia, obstinación-, hice probablemente un gesto de incredulidad, de desaprobación quizás, en el que él creyó reconocer la figura del aguafiestas. "De verdad te digo, es sencillamente fantástico: cuando llegue el lunes a la oficina voy a haber adelantado un montón."
Mantuve cierto margen de duda, y le propuse adoptar ante su entusiasmo algún grado de cautela dado que, teniendo en cuenta su afición al esfuerzo y su tendencia adictiva al trabajo, esa maquinita podría convertirse en un ingrediente adicional para sus desarreglos gástricos. En cambio, preservar su línea de comunicación privada podría permitirle, a determinada hora, poder erigir un límite frente a cierto orden de la demanda, el de las demandas laborales, ante cuyo exceso él ha demostrado no poder rehusarse.
Mi comentario no le agradó. Y en alguna medida lo irritó. Admitió, sin embargo, que no le era fácil sustraerse al repentino titilar del aparato, estuviese donde estuviese, por la curiosidad de saber quién lo llamaba, y, reconoció, le resultaba imposible responder el mail de un amigo sin tentarse de abrir los demás mensajes de la bandeja de entrada. A modo de confirmación, jocosamente, confesó que, al venir al consultorio, había estado a punto de chocar por contestar un mensajito de texto mientras manejaba, "algo que no se debe hacer, ya sé, pero es más fuerte que yo".
De todos modos, a la posibilidad de preservar su línea privada contestó: "¿Qué querés? ¿Encima voy a tener dos celulares conmigo todo el tiempo?". La objeción parece legítima. Pero, en los hechos, he visto duplicarse los celulares de muchos pacientes, que sólo atinan a apagar los dos cuando el repentino sonar de alguno de ellos se lo recuerda. Al entrevistar a los padres de un adolescente, he visto depositar cuatro celulares sobre mi escritorio, con la resuelta resignación de quienes se muestran predispuestos, al menos por un rato, a un diálogo que reconocen merece no ser interrumpido. Por lo demás, me he sobresaltado también alguna vez por la irrupción de mi propio celular olvidado en un estante de la biblioteca.
La telecomunicación incide positivamente en nuestra productividad, vale decir, en la capacidad de hacer muchísimas cosas en poquísimo tiempo, y también en las modalidades de nuestro esparcimiento. La frontera que separa ambos dominios, el de la producción y el del esparcimiento, se adelgaza hasta hacerse apenas reconocible. Desde la playa podemos planificar, enviar informes, hacer inversiones, comunicarnos con la otra punta del planeta; alguien puede mantenerse al tanto del día día de su empresa o, más crudamente, vigilarla en tiempo real por medio de videocámaras conectadas a un monitor a través de Internet. Una persona que me consultó una vez se ufanaba de controlar su negocio desde un confortable departamento ubicado varios pisos más arriba, contabilizando a través de una pantalla las
entradas, las salidas, los desplazamientos de sus empleados, los movimientos de caja.
Pero todo eso tiene su contraprestación, como si la misma tecnología capaz de liberarnos del agobio de la presencia real nos condenara a trabajar de manera permanente, esfumado el tiempo fecundo de la improductividad. Trabaje desde su casa, desde la quinta o el country; trabaje desde el auto, desde la
sierra o el mar, trabaje desde su lugar de descanso, trabaje desde donde quiera... ¡pero no deje nunca de trabajar!
El actual éxito veraniego de los paradores Wi Fi es demostración de que la tecnología posee, además de una asombrosa capacidad de acortamiento de las distancias, una potencialidad alienante de la que no podría escapar el tiempo de trabajo, pero tampoco el tiempo de la distracción. Una cada vez más poderosa industria del entretenimiento evidencia lucrar con ello.
Sin embargo, sabemos desde la Antigua Grecia que el ocio es el tiempo auténticamente humano: ese tiempo exento de necesidad de labor, dedicado a una actividad "autotélica" -sin otra finalidad que ella misma- es el que confiere a nuestra especie su especificidad. Se trata del tiempo recreativo por excelencia, el tiempo de las artes y la política, el tiempo de la formación y el mejoramiento personal, el de la contemplación y la creatividad.
El término griego skolé permite distinguir el ocio del mero tiempo libre: el ocio supone una tarea de instrucción (etimología que perdura en la palabra "escuela"). No todo empleo del tiempo libre es ocioso, en la medida en que el ocio supone el ejercicio de una capacidad que no tiene una finalidad instrumental prefijada, y que resulta ajena a cualquier beneficio material.
El empleo del tiempo libre de nuestra época se parece bastante más al del circus romano, aquel imponente espectáculo de los gladiadores en un Coliseo enardecido: un tiempo de distracción estrictamente necesario para estar en condiciones de retornar al trabajo. Torneo Clausura, Torneo Apertura, fútbol de verano; un tiempo efímero y vacío, que la noción de entretenimiento -tal como este concepto ha capturado la finalidad de la mayoría de los programas de TV- sabe expresar perfectamente.
Ante la oferta de objetos cada vez más atractivos y alienantes, disponibles en todo momento y lugar, sólo la capacidad de cada cual para entrenarse en un sabio ejercicio de moderación podría preservar un ámbito de pensamiento y de reflexión personal, de trabajo sobre uno mismo, de búsqueda y de
superación de sí.
El trabajo del análisis se inscribía para Freud en el campo de ejercicio del ocio en su sentido clásico de actividad creadora. Algo bueno de recordar en una época en el que el mercado parece reservar esa potencialidad de creación a algunos especialistas, profesionales que se designan a sí mismos, en su
trabajo y no en su ocio, como "creativos".

* Psicoanalista. Director de la revista Psicoanálisis y el Hospital.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-98877-2008-02-14.html








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