EL ARQUETIPO DE LA COSA...

Publicado en General el 16 de Febrero, 2008, 11:11 por EDITOR INVENTIVAsocial

Contestador*
 
 
 
Soy Yósefin
en este momento no estoy
sería usted incapaz de interrumpirme
de hacerme calentar, llorar o sonreír 
una perfecta sorda
 
y sin embargo lo estimulo
con mis más frescas, alígeras y electrónicas                   
      [buenas ondas
a grabar desde restallantes halagos
hasta chuics
       después de la señal.


*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






EL ARQUETIPO DE LA COSA...





Sábado, 16 de Febrero de 2008
Entre esperanzas y violencias*

     


*Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania

 
Por fin –y seamos optimistas pese a todas las derrotas– se está tomando conciencia de que las armas no solucionan nada. Aquí, en Alemania, ha provocado optimismo, aplauso y seguridad como nación la actitud del gobierno alemán de responderle con un no rotundo a Bush, por la exigencia de Estados Unidos dentro de la NATO, de más tropas germanas en Afganistán para enviarlas a la zona más peligrosa, donde luchan los talibán. Desde la primera ministra Merkel hasta su ministro de Defensa le han contestado en el mismo tono alzado que usó oficialmente Estados Unidos. No señor, Alemania no va a aumentar sus tropas ni va a abandonar su zona norte ni marchar al sur afgano como exige Estados Unidos.
Este episodio me hizo acordar a uno de los días más luminosos de mi vida: cuando salimos todos a la calle, en Alemania, con carteles en los que figuraba la palabra PAZ. La palabra clave, la palabra más significativa y más digna. Fue para oponernos a la participación de Alemania en la guerra de Irak. Y Alemania no participó.
Alemania se cubrió de Paz, pese a su historia. Fue emocionante ver a esos miles de jóvenes alemanes, con la paz en los ojos y en las sonrisas, nietos y bisnietos de aquellos miles y miles y miles de jóvenes que cayeron en la guerra pasada. Sí, ver esa fantasía real llenó de optimismo a los que creen todavía en la racionalidad y en los sentimientos nobles.
Fantasías reales, como esto increíble que estamos viendo: Obama, el negro nieto de africanos, está a un paso de vencer en las internas demócratas para postularse a presidente de Estados Unidos. ¿Cómo? ¿Un negro puede llegar a presidente en el país más racista del mundo? Sí. No todos piensan que las cosas se arreglan con más policía. O más bombas atómicas. Sino así: promoviendo la no violencia y la antiviolencia. Nada menos que un descendiente de esos pueblos africanos que fueron explotados hasta el hartazgo por el blanco, a latigazos y cadenas, ahora puede tener la posibilidad de gobernar a esos blancos, nada menos.
Esto representaría un salto en la ética de la humanidad. Por eso sería muy generoso de Hillary Clinton que renunciara ya a su candidatura y apoyara con toda fuerza a Obama. Ese gesto le valdría en el futuro ser elegida también ella. La grandeza siempre recibe su premio. Dar la mano y ayudar a subir la escalera del triunfo a quienes siempre estuvieron en el último peldaño. (Y esto serviría además para obligar moralmente a Obama a cumplir con lo que se espera de él, que de la agresión entre los pueblos pase a la solidaridad nacional y a la solidaridad entre los pueblos.)
Pero vayamos a lo nuestro. El martes pasado, uno de los diarios más leídos en Alemania, Frankfurter Rundschau, publicó una nota, de página entera, de Wolfgang Kunath, titulada “El éxtasis de los pobres”. Sí, habla de nuestras villas miseria. Las villas miseria argentinas. Las fotos que trae son nuestra realidad: niños revolviendo la basura, y vista de una villa, de esas que vemos hasta en la propia capital, o ciudad autónoma como se la llama ahora. Buenos Aires. No para todos.
Pero la nota no nos habla sólo de la miseria sino también del “paco”, palabra porteña que vale para la abreviatura de “pasta base” mezclada con “cocaína”. Pa-co. La dosis vale entre dos y tres pesos. Paco es la droga de los pobres, la califica el cronista. Les sirve a los pobres para olvidar y vivir mejor en el éxtasis, en los sueños, en el olvido por varias horas. Y el autor añade que la Argentina está atrasada por lo menos veinte años para enfrentar este problema bien dramático, principalmente en la prevención y en la terapia de los adictos.
Para salir de la realidad, el paco. El periodista alemán deja una esperanza. Informa que se ha conformado el grupo “Madres contra el paco”, en las villas. Las madres, siempre.
Nos preguntamos después de sentirnos desnudos ante la opinión extranjera: ¿y qué hemos hecho los argentinos para terminar para siempre en nuestras ciudades con las villas? Y aquí debemos decirlo nuevamente: las únicas que se han empeñado en esto y se empeñan son las Madres de Plaza de Mayo. Las madres de los desaparecidos. Toda esa parte de la juventud desapareció, pero las villas quedaron. Videla, Massera, Agosti, Viola, Galtieri, Bignone. Y los de antes y los de después.
Pero ya las villas habían comenzado a crecer como hongos hace más de siete décadas. Se las llamaba y todavía hoy “villas de emergencia”, cuando resultaron ser villas miseria, tal cual las llama el pueblo. Su nombre auténtico y veraz. Las villas miseria argentinas. Argentina, Argentina.
Cuando era un chico, mi padre me llevó a ver a “los desocupados de Puerto Nuevo” como se los llamaba. Eran los fines de los treinta. Allí estaban centenas de hombres sin trabajo. Cada uno de ellos se había construido una choza de madera y ofrecía en venta artesanías. Luego, ese ejemplo fue creciendo y más tarde se formaron las villas de la miseria y la humillación absoluta.
Han pasado siete décadas. Y son cada vez más grandes. Pero, claro, no hay que quejarse demasiado. De ahí, justo, donde existe una de esas villas eternas, en Retiro, vamos a poder salir muy pronto, en el tren bala. Vale la pena ser argentino.
Se nos enseñó siempre que el capitalismo, por sí solo, iba a solucionar los problemas del mundo. Se nos dijo que para eso se necesitaba libertad de acción empresaria. Más libertad para el capital, más rápidas vendrían las soluciones. Pero cómo, entonces, se preguntaría un alumno crédulo e inocente: ¿y Martínez de Hoz no pudo solucionar el problema de las villas “de emergencia”? No, vayamos más allá, dejemos los países del Tercer Mundo. En la Alemania actual, primer país exportador del mundo –hasta ahora, pero muy pronto ese título pasará a China–, se ha producido un caso que deja todo en claro. La fábrica finlandesa de teléfonos manuales Nokia abandona Alemania para instalarse en Rumania. Motivos, los obreros alemanes cobran un sueldo entre 1900 y 1500 euros y tienen sindicatos. En Rumania en cambio, se paga 200 por mes (aunque hay denuncias de parte de los obreros de que ganan apenas 100 euros mensuales). Un motivo claro. Porque los empresarios piensan que la vida está para ganar todo lo que se pueda. Si no, ¿para qué venimos al mundo? Los alemanes están indignadísimos porque Nokia para instalarse en Alemania recibió gran ayuda en préstamos del Estado alemán. Y ahora, de la noche a la mañana, se retira. Se instalan en Jucu, cerca de la ciudad de Cluj, en Rumania. Ya la empresa ha comprado, además de los terrenos para la fábrica, otras fracciones de tierra para una cancha de golf para los ejecutivos. Es decir, piensan en todo. En Alemania han quedado cesantes 2200 obreros. Se hacen todos los días grandes marchas. El handy de Nokia se vende ahora sólo a un euro, en liquidación absoluta, porque ya nadie en Alemania compra esa marca, consideran de por sí “una vergüenza” que un aparato así lo acompañe en todo el día. Lo ocurrido ya no es para calificarlo como “un chiste” finlandés sino más bien como una tragedia wagneriana. El director de la nueva fábrica de Nokia en Rumania, un joven norteamericano de Texas, en su presentación ante los nuevos políticos rumanos los llamó fraternalmente “mis hermanos”. Son gajes del oficio. Los desocupados de Alemania son para él ya cosas del pasado. Porque las cosas son así.
Obama, el no a más tropas a Afganistán, nuestras villas miseria argentinas y el golpe de furca de una empresa. Cuatro sucesos de la actualidad para pensar. Porque la “cosa” no es que algunos puedan viajar en tren bala y otros jugar al golf en Rumania. Ya que así empieza la definición del vocablo “violencia”.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-98988-2008-02-16.html





...el nombre es arquetipo de la cosa*
                                                                                                                     

¿Quién no fantaseó alguna vez con cambiarse de nombre?
¿A quién no lo sedujo, aunque sea un tanto así, la posibilidad de elegir soberanamente el nombre por el cual habrían de llamarlo?
¿Cuántas veces no hemos lamentado el malhado que torció nuestro destino cuando nuestros padres nos "nombraron"? Es decir, nos impusieron la más fuerte de las marcas.
Y así como de sus ijares echaron nuestra materia al mundo, fué de sus bocas el aliento transfundido que creó nuestras almas.
Nos "nombraron", nos definieron y recortaron del resto de la humanidad. Insuflaron en nosostros esa pequeñísima cuota de divinidad que - paradójicamente - nos humaniza.
Nos reconocemos en nuestro nombre, somos nuestro nombre, hasta que tomamos conciencia que - al igual muchas otras cosas - no lo elegimos. Nos lo "impusieron".
Normalmente esta percepción nos asalta en esa época de la vida en la que empezamos a cuestionar todo lo que durante nuestra infancia fue certeza y hasta artículo de fe.
Nada casualmente - sostengo - es también por esos años que la emergencia de nuestros sentidos, la potencia de nuestros deseos, y la urgencia por obtenerlos nos hacen renegar de todo lo que nos pudiesen haber impuesto: mandatos, tabúes, interdicciones y hasta el nombre con el que alguna vez nos "dijeron".
"El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo..."
En estas palabras inconfundibles, e incomparables, se confirma la presunción; somos cuando nos nombran. La existencia, antes de ser nombrados, es un limbo de indiferenciación, un magma primigenio, un mainstream de potencia. De ella emergemos cuando nos nombran, y la voz que aprendimos a reconocer aún antes de ver la luz nos llama.
Así, elegir un nombre es - aunque sea parcialmente - renunciar a aquel que nos dieron, y rechazar, así sea sin reconocerlo, a quienes nos nombraron, o bien, dicen otros, sería comenzar un camino que en algún momento nos llevará a poner en su justa medida lo que heredamos y lo que construimos. Crecer lo llaman, también.
¿Será?
Sea así, o asá, la elección de un nombre para uno mismo no es poca cosa. Encierra, cómo no, el deseo de ser - aunque sea en parte - "otro". Ahora bien, ¿Cuán "otro" será?.
Si consideramos que el material sobre el cual tomaremos la decisión es el reservorio de nuestros recuerdos: caricias recibidas, gritos soportados, triunfos pasajeros, derrotas pertinaces, juegos excitantes, trabajos aburridos, proyectos truncados, coitos salvajes, cópulas rutinarias, goles malogrados, asistencias perfectas, plazas frecuentadas, bares trajinados, playas concurridas, músicas disfrutadas, lecturas inconclusas, miedos persistentes, dolores agudos, goces fugaces, sábanas transpiradas, noches interminables, sonrisas falsas, llantos genuinos, ternuras vergonzantes, orgullos estúpidos, vergüenzas obstinadas, amores enconados, traiciones abyectas...considerando todo esto - decía - ¿será nuestro nuevo nombre más ajustado a nuestra esencia, o - vaya paradoja - ya nadie nos reconocerá en él?



*De Udi. udi.cuatro.catorce@gmail.com
febrero de 2008







 La tierra incomparable*


 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto






DIECISIETE


Bordearon el muro lateral de la iglesia, cubierto de musgo y plantas colgantes, y llegaron al frente. A través de la puerta semiabierta se veían los bancos y, al fondo, el al­tar en sombra.
-En mi época estaba siempre cerrada -dijo Agata-. Sólo un par de veces por año venía un cura a celebrar misa.
Pegado en la puerta había un afiche que decía: "La iglesia necesita de tu ayuda; ayúdala ya con una oferta deducible”.
-¿Deducible de qué?-preguntó Agata.
-De los impuestos -dijo Silvana.
-¿Entramos a mirar?  
-Vaya, yo la espero.
Agata entró, caminó hasta la primera hilera de bancos y se detuvo. No había nadie. Por dentro la iglesia parecía aún más pobre que por fuera. Recibía algo de claridad por unas aberturas altas, con vidrios de colores opacos, casi pegadas al techo. Las paredes estaban desnudas. Había algunas flores blancas en el altar, algunos cirios eléctricos a los pies de un crucifijo de madera. También esto formaba parte de la historia de Agata. Y también acá esperaba que le llegara una señal. Avanzó unos pasos más y volvió a de­tenerse. Entonces comenzó a sonar un órgano. Sorprendi­da, Agata buscó el origen de la música. Descubrió, allá ade­lante, en un costado, la espalda del organista. Era una figura negra, confundida con la sombra, oscilaba de dere­cha a izquierda y después de izquierda a derecha, en un movimiento siempre igual, corno un péndulo invertido. La música era grave, crecía, se adueñaba del lugar y Agata sintió que se apropiaba también de ella. La música, aquella espalda negra y su movimiento monótono, los muros des­pojados, el crucifijo oscuro, la cargaban de congoja y la pa­ralizaban. No era esto lo que Agata buscaba. Las voces que reconocía como suyas, con las que se identificaba, eran las de un rato antes, sentada sobre una piedra, mirando la co­rriente. Esas voces estaban hechas de claridad y de fuerza. Allá abajo, frente al río y la montaña, con los recuerdos y las pérdidas, Agata se había sentido sin embargo viva. Esta otra voz, la que resonaba acá adentro, le llegaba como una exigencia de abandono y resignación, tenía un peso de fa­talidad. Agata sintió miedo de esa música. Se desprendió del banco donde tenía apoyada la mano, retrocedió unos pasos, dio media vuelta y caminó rápido hacia la puerta como quien huye de un encantamiento. Salió buscando el aire y la luz del sol. Silvana la estaba esperando sentada sobre un pilarcito de piedra.
A un costado de la iglesia nacía una construcción de planta baja y primer piso. Se fueron por ahí y oyeron una voz que les hablaba desde arriba.
— ¿Son de acá?
Levantaron la cabeza y vieron un cura asomado a una de las ventanas altas. Era un hombre de edad, canoso, gor­do, sonrosado.
— ¿Son de acá? —preguntó por segunda vez.                     
Parecía tener cierta dificultad en la pronunciación, se le trababan las palabras. En la cara redonda lucía una sonri­sa exagerada. Fue Agata la que contestó:                          
—Ella sí. Yo viví acá hace muchos años.   
— ¿Ahora dónde vive?            
—En la Argentina.    
—Tengo parientes allá. ¿Ya estuvo antes o es la primera vez que vuelve?            
—La primera.     
— ¿Cómo encontró esto? 
—Está diferente.
—Cambió mucho —dijo el cura con un gesto de resig­nación y sin perder la sonrisa—. También la gente cambió.
—Todavía no tuve tiempo de ver demasiado, llegué hace dos días.
—Ya se dará cuenta. Estamos mal. La juventud está per­dida. Alcohol, droga. Acá hubo demasiado bienestar, vivie­ron bien muchos años, ahora no saben qué hacer con sus vidas, ahora hay que pagar. Son malos tiempos, muy malos.
—En mi época esta iglesia estaba casi siempre cerrada.
— ¿Usted venía?
—Algunas veces, para Navidad, cuando era chica, me traía mi padre. La recordaba más grande.
—No es grande —dijo el cura—, aun así no se llena nunca. Y eso que hay mucha gente alrededor. Ahora esta­mos rodeados de casas.
—Ya vi —dijo Ágata—, casi no reconozco la mía entre tantas construcciones nuevas.
—Construyeron mucho y construyeron mal.
— ¿Usted es de acá?
—De Tersaso.
—Entonces conoce la zona. Había una represa en el río. ¿La recuerda?
—Claro que me acuerdo.
—Había un lugar que se llamaba el Pozo, donde la gen­te se bañaba.
—Exacto. A estos ríos los conozco bien. Iba a pescar cuando era muchacho.                               
— ¿Qué pasó con la represa?                    
El cura levantó una mano y dijo:          
—Esperen un minuto, ya vuelvo.                
Desapareció y apareció segundos después, chupándose los labios.
—A la represa la destruyó una crecida. Después dinami­taron lo que había quedado. Total, no servía más para na­da. El desvío del río era para una fábrica que ya no funcio­naba.
— ¿Qué pasó con la fábrica? 
 —Tuvo que cerrar. Culpa de los sindicatos.
   — ¿Por qué de los sindicatos?
 —Acá hubo demasiado comunismo y socialismo. Esta es una zona de rojos. Arruinaron todo, hicieron desastres. Ahora están muertos y enterrados, pero siguen haciendo más daño que antes. Los socialistas peor que los comu­nistas.
Hizo una pausa, dijo:       
—Un momento, no se vayan.
Igual que antes, regresó enseguida:    
—Los terrenos que rodean la iglesia por suerte todavía no han sido tocados, pertenecen a la comuna. Nosotros es­tamos haciendo lo posible para preservarlos tal como están, queremos convertir este lugar en un santuario. Pero no me escuchan, no quieren escucharme.
— ¿Por qué?  
—El intendente es socialista. ¿Entiende lo que le digo?  
—Entiendo—dijo Agata.          
— ¿Y allá en Argentina, cómo se vive? ¿La Iglesia está fuerte?               
Agata no supo qué contestar y dijo que le parecía que sí.
—Leí que hay mucha invasión de sectas asiáticas y afri­canas.
—Puede ser.
—También leí que realizan sacrificios humanos, sobre todo con chicos.
Ahora Agata no dijo nada. Nuevamente el cura hizo una seña pidiendo que lo disculparan:          
—Ya vuelvo.  
— ¿Qué hace? —preguntó Agata a Silvana.
—No sé —dijo Silvana—. Para mí que tiene una botella ahí atrás.
El cura volvió:
—Acá también tenemos nuestras rarezas. Días atrás vi­no a verme una señora de Tersaso. La conozco desde hace mucho, yo antes estaba a cargo de esa parroquia. Escuche bien esta historia, para que tenga una idea de lo perdida que anda la gente en estos tiempos. Esta mujer aparece y me dice que dejó de concurrir a aquella iglesia. "¿Por qué?", pregunto. "Porque se corrió la voz de que el cura es homosexual y contrajo el Sida", me contesta. "¿De dónde sacaron semejante calumnia?", le pregunto. "Se comenta", dice ella. "Así que usted deja de cumplir con sus obligacio­nes religiosas por unos comentarios perversos; nos esta­mos volviendo todos locos". "En realidad no voy por mie­do a contagiarme", me confiesa ella. "Pero, señora mía, suponiendo que esos disparates tuvieran algo de cierto, ¿cómo podría contagiarla un sacerdote que está celebran
do misa en el altar?" "Por la comunión", dice ella. "¿Qué pasa con la comunión?" "Una piensa que el cura toma la hostia con la mano y la imaginación empieza a volar: una lastimadura, una gota de sangre". "¿Pero de qué me está hablando?", digo yo, "durante la misa la hostia deja de ser lo que era para convertirse en el cuerpo de Nuestro Señor, ¿o nunca oyó hablar del sacramento de la Eucaristía? Lo que usted está insinuando es que Nuestro Señor puede contagiarse y luego transmitir una enfermedad, ¿no se da cuenta que está blasfemando?".
El cura calló y pareció esperar el efecto que la historia había producido. Mientras la contaba, su cara había mante­nido el mismo aspecto risueño del comienzo. Ni Agata ni Silvana hicieron comentarios.
—Esperen un momento—dijo el cura.
Volvió a retirarse de la ventana. Cuando regresó dijo:
 —Así que ya ve cómo anda el mundo, señora.                 
—Ya veo—dijo Agata.             
—Le puedo contar tantas historias. Agata asintió.
—No se sorprenda si se encuentra con cosas raras —dijo, el cura.
—Voy a estar preparada.                 
Silvana la tomó del brazo.        
—Nos tenemos que ir —dijo Agata.                    
—Celebramos misa todas las mañanas. Venga.
Se despidieron.
—Ese cura está muy necesitado de hablar —dijo Silvana cuando se alejaron—. Si nos quedamos, nos da charla todo el día.
Regresaron hacia el centro. Silvana se desvió, cruzaron el río San Giovanni y subieron durante un trecho. Se detu­vieron después de una curva. Estaban sobre el pueblo y abajo se veía la extensión de techos rojos que moría en la orilla del lago. Se quedaron sentadas en el coche.
—Mañana y pasado no voy a estar —dijo Silvana—. Por un par de días se va a quedar sin acompañante.
—No hay problema. Ya te dije que no quiero causarte tantas molestias. Además el albergue no está lejos de la casa de Carla.
Silvana señaló un pueblo del otro lado del lago:
—Voy a Coseno. Ahí está mi marido.
—No sabía que estuvieras casada.      
—Me casé hace seis años.    
— ¿Cuánto hace que te separaste?    
—No nos separamos.         
—Pero no están viviendo juntos.                 
—Estamos y no estamos.                     
—Me dio la impresión de que vivías con tu abuela. 
—Estoy un poco acá y un poco allá. Voy y vengo.
Silvana dijo que eso facilitaba la relación, la distancia ayudaba a que los enojos se diluyeran más rápido. Agata no dijo nada.
—Nos peleamos mucho —siguió Silvana.
— ¿Por qué se pelean tanto?
—Por todo. Cualquier argumento sirve: el trabajo, la po­lítica, los hijos.
— ¿Tienen hijos?
—No.   
Silvana hizo una pausa y agregó:
—No vinieron.
A Agata le resultó curiosa esa respuesta en una mujer jo­ven como Silvana.
— ¿No vinieron? —preguntó.                  
Silvana metió una mano en la guantera y sacó un cigarrillo.
—En realidad no los buscamos. Más bien los evitamos.
Presionó el encendedor del tablero, esperó a que saltara y después encendió el cigarrillo. Dio un par de pitadas y agregó:
—Yo los evité.
Agata percibió la dureza repentina de la voz. Silvana se estiró, apoyó la nuca contra el respaldo y habló mantenien­do el cigarrillo entre los labios:
—No quiero tener hijos.
Ahora a Agata le pareció que estaba con una nueva Sil­vana, diferente de la que la había acompañado a la casa, al río y le había hablado de los anocheceres en el bar de la costa. Hubiese querido verle la cara en ese momento, pero evitó girar la cabeza.
—Aquel cura dice muchas tonterías, pero hay cosas en que le doy la razón —dijo Silvana.
— ¿Cuáles?
—A usted le tocaron tiempos difíciles, pero éstos no son mejores.             
Permanecieron en silencio, mirando al frente. El lago to­davía brillaba con el último sol.
— ¿Es por eso?—preguntó Agata.    
             — ¿Qué cosa?                           
                                   —Esa idea sobre los hijos.                                       
             —También es por eso.                    
                     — ¿Te da miedo?                             
—Algo así.              
                                           — ¿De qué?                                                          
—No estoy segura.         
Volvieron a callar. En el coche se había instalado un clima de gravedad. Silvana fumaba y Agata miraba los techos y los coches que cruzaban el puente. Sentía que aquellas confesiones no habían sido fáciles ni eran gratuitas. Pensó que tal vez Silvana esperaba que ella opi­nara.
—A mí me tocaron tiempos muy difíciles —dijo por fin—, pero tuve hijos y los crié y no me arrepentí. Estoy orgullosa de haberlos tenido.
—La veo a mi abuela, la veo a usted, y me parece que eran otra raza de mujeres.
— ¿Tu marido piensa igual que vos?
—Vito sí quiere tener hijos. Quiere una gran familia. Esa es una de las razones por las que vivo un poco acá y otro poco allá. No es la única, pero es una de las razones.
— ¿A qué se dedica él?
—Es médico. El más joven de toda esta región. Obtuvo una distinción por eso. Una gran persona, el mejor hombre que conocí.             
— ¿Te quiere?        
—Dice que soy la mejor mujer que conoció.  
— ¿Entonces por qué no están juntos?     
—No es tan fácil. ¿Cómo se hace?   
Siguió un silencio largo y después Silvana dijo:  
—Soy yo la que falla.
— ¿En qué?
—Alguno de estos días voy a tratar de contárselo.  
— ¿Y él qué dice?
—Me conoce bien. Me conoce mejor que yo. A veces se ríe. Pero también sufre. Dice que juego con él porque sé que es fuerte, que puede aguantar cualquier cosa, que pue­do pegarle y nunca se cae.
— ¿Es así?
— ¿Lo de jugar? A lo mejor sí. No es deliberado. No soy tan cínica. Me gusta apoyarme en él. Es como un árbol. Cruzo el lago y allá está, esperándome.
—Es cómodo.
—Demasiado cómodo. No es justo.  
Silvana arrancó el coche y pegó la vuelta.                    
Estacionó frente al edificio donde vivía Elvira, ayudó a Agata a bajar, miró la hora y dijo:
—Paso a las ocho y la llevo al albergue.
Agata subió, golpeó, no contestó nadie y usó la llave. Aparecieron los dos chicos, anduvieron por la cocina y se fueron de nuevo. Agata quedó sola, se asomó a la ven­tana y se quedó mirando el movimiento de la calle. Ha­bía una casa de antigüedades enfrente, con una armadu­ra en la vidriera. De vez en cuando pasaba un coche. Oscureció. Pensó en Silvana. Aquella charla todavía la turbaba. La reconstruía paso a paso, dominada por una mezcla de irritación y pena, le parecía que hubiese podi­do decirle muchas cosas y lamentaba haber perdido la oportunidad.
Se abrió la puerta y entró Elvira. Saludó sin acercarse, se quitó el abrigo, lo tiró sobre un sillón y preguntó:
— ¿Qué hizo hoy?
—Dimos unas vueltas.
—En este pueblo no hay nada para ver.    
—Para mí sí hay mucho para ver.
Elvira se metió en el baño, después fue a su dormitorio y cerró la puerta. Agata se sentó a esperar que saliera. Miró la hora, pensó que Silvana estaría por llegar y fue a golpear.
— ¿Sí?—dijo Elvira desde adentro.
—Soy yo.    
— ¿Necesita algo?           
—Quiero hablarte.
Elvira abrió. Se había puesto una bata y se estaba pasan­do un peine por el pelo.
—Decidí mudarme a un hotel —dijo Agata.
— ¿Por qué a un hotel?
 —Es mejor. Acá hay poco lugar y soy una incomodidad liara todos.
—Yo le ofrecí lo que tengo, más no puedo hacer.
  —Lo sé.
 — ¿Cuándo quiere mudarse?     
 —Ya tomé una habitación.
Elvira se quedó pensando. Sacó algunos pelos del peine.
—Como le parezca —dijo—. Le avisé que la casa era chi­ca. ¿Dónde va a estar?
 —En el albergue Monasterio.
Agata fue a la habitación y trajo su cartera. 
—Te pago los dos días.
Había preparado el importe. No le dio los billetes en la mano, los puso sobre la mesa, colocó la llave encima. Elvira no los tomó, pero tampoco los rechazó.
—Tengo que bajar—dijo Agata.
— ¿Tanto apuro tiene?
—Viene Silvana a buscarme.
Elvira la ayudó con la valija y se quedaron en la puerta de calle, sin nada que decirse. Silvana llegó unos minutos después.
—Venga el domingo a comer con nosotros —dijo Elvira al despedirse.
Mientras se alejaban, a Agata le pareció que acababa de dejar un lugar de reclusión. Pensó en aquel cuarto lumino­so del hotel y sintió alivio.



 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.







EL LENGUAJE DIALOGAL*

                                                                    

*Por Juan Francisco Campos. jfcampos@ujmd.edu.sv


 

Dedico este trabajo   en especial a mis hermanos con quienes las distancias, el tiempo y otras circunstancias nos privaron   del diálogo.
También dedico este trabajo a mis amigos, aquellos con quienes compartí mis alegrías  porque en mi vida nunca hubo tristeza y mis pasos siempre han sido para adelante.
Cicerón el gran orador romano en su tratado “De amiscitia” señala que la amistad es sagrada, viene de Dios y que por eso debemos cuidar de los amigos; señala que con el hermano nos une la sangre y que aunque nos disguste tenemos obligación de defenderlos si alguna vez nos enteramos que  algún peligro  les amenaza , no así con los amigos porque con estos nos une Dios.
Así que cuando hablamos de la dialogicidad nos referimos al diálogo positivo, porque el diálogo  es hiriente, le tememos porque sólo queremos oír lo que nos gusta y nunca sobre nuestros errores; nos duele que nos señalen nuestras debilidades.
Sócrates decía: “homo, noscete te ipsum” (hombre conócete a ti mismo); conocerme significa que tengo que dialogar con el “tú” que llevo dentro, sólo el monólogo interior me lleva a descubrirme y eso me permitirá conocerme para después conocer a otros .
Una amiga brasileña me obsequió un libro “El Principito” y en su dedicatoria decía: “Este livro dedico a você porque sabendo de tu sensibilidade e de tua beleza espiritual se tamben que es capaz de comprender a mensagen que ele leva até você . E meu livro preferido. Tenha o com carinho”. Al final de la dedicatoria cita una frase del libro que  yo descubrí más tarde: “....nao existen lojas de amigos si tú queres un amigo cativalo eres responsabel por el que cativas”
Cada vez que leo el Principito recuerdo esa bonita y sencilla dedicatoria que me hace pensar en aquella amiga que compartió conmigo su libro preferido, para recordarme que la amistad es un don maravilloso que hay que cultivar  y como no hay tiendas de amigos no podemos tener más amigos, porque estos no se venden en las tiendas.
El filósofo brasileño Antonio Sidekum, publicó en 1979 el libro titulado “La intersubjetividad en Martín Buber”, Caxias de Sul; Universidad de Caxias 1979,107 pp.; en el Capítulo 2  enfoca el tema del lenguaje dialogal y plantea que “ el lenguaje introduce al hombre en su existencia”., para Buber “ el lenguaje es  portador del ser en la reflexión inicial del yo  y tú, la palabra se presenta como dialógica”.
Para Buber la palabra proferida no es un simple desempeño de la capacidad humana, o sea un simple fenómeno, sino una actitud efectiva ,eficaz y actualizadora del ser del hombre. La palabra es un acto del hombre a través de la cual  éste se hace hombre y se sitúa en el mundo con los otros; por tanto es ella una realidad que está íntimamente ligada a la esencia del ser humano, pues la palabra principio una vez proferida fundamenta la existencia del hombre.
El lenguaje es para el hombre el comienzo de su existencia , su afirmación en el orden social y moral  , pues hablar es entrar en contacto con el mundo, con el otro; afirma la existencia del hombre, del otro y del mundo. El hombre realiza su lenguaje en la intersubjetividad total; la relación del hombre con el otro o con el mundo es la que da dimensión a la palabra que será proferida; proferir, pronunciar la palabra principio significa, desenvolver una actitud frontal a un ser.
Buber no pretende presentar un análisis lingüístico sino  dar una nueva concepción filosófica del lenguaje; “la palabra sitúa  de una nueva manera al hombre en el mundo”.
Sólo en el lenguaje es que descubrimos el mundo e imprimimos su sentido; en el se ofrece la totalidad de una cosmovisión y es  solamente en esa totalidad que se da la objetividad y el hombre se revela.
El lenguaje constituye la esencia del mundo y la esencia del hombre; cada palabra nos orienta en el mundo, este mundo es descubierto y significado por el hombre; así al mismo tiempo en que cada palabra es adquirida, crece el universo del hombre, lo que es una contribución a la existencia.
La palabra principio por su contenido y su intencionalidad es realmente principio de la existencia humana; es por tanto a través de la palabra que el hombre se introduce en la existencia humana.
Buber representa la palabra con una función totalmente existencial; no es el hombre quien conduce la palabra, más es ella que se mantiene en el ser. Buber quiere a través de la palabra quitar el velo, el sentido existencial de la propia palabra lenguaje por la intencionalidad que anima  a la misma palabra. Es el principio ontológico del hombre como ser dialogal y consecuentemente diapersonal.
El lenguaje es actualizador del hombre: este principio es comprendido como fundamentalmente existencial de apelo a la existencia, a la realidad del ser hombre.
La palabra fundamenta la relación del hombre; el hombre hace presente su existencia en la palabra; las palabras instauran la potencialidad, la intencionalidad y el ser  presente del hombre; es a través de la palabra que el hombre se introduce en la existencia. El hombre establece a través  de la palabra una relación existencial con el otro, esta relación es a su vez fundamentada por el lenguaje, subsiste en el propio lenguaje humano; tenemos un relacionamiento propio entre nosotros los seres humanos, el que difiere del relacionamiento que tenemos con los animales y con el mundo.
El hombre mediante el lenguaje establece una relación vivencial existencial con el otro.
La base de la obra “Yo Y TÚ” no es constituida por conceptos abstractos, sino es la propia experiencia existencial que se revela. Nosotros establecemos relaciones y es la palabra la que nos introduce en las relaciones; hacemos de la palabra un diálogo; este dialogo es sobretodo un diálogo existencial; aquí podemos hablar de una fenomenología de la relación cuyo principio ontológico es la manifestación del ser del hombre que intuye inmediatamente por la contemplación. La palabra como portadora del ser es el lugar donde el ser se instaura como revelación; sin palabra no existiría la razón, no existiría el mundo; la palabra es el principio, es el fundamento ontológico de la relación que se establece en lo interhumano.
El “YO” de la palabra principio YO – TÚ es diferente de aquel de la palabra principio YO-ESO. Cuando el hombre dice YO, quiere decir uno de los dos. El YO al cual él se refiere está presente . La actualidad de la palabra principio implica la latencia de otro; las dos actitudes se suceden continuamente, así podemos observar que es en la palabra que el ser humano encuentra su fundamento y su principio.
“El lenguaje que constituye la actitud fundamental del hombre en la existencia, manifiesta la soberanía del hombre. El lenguaje no crea el mundo, el mundo objetivamente esta delante de nosotros. A través del lenguaje , el hombre comienza a nombrar y dominar el mundo” (Werke I ,p 341).

EL LENGUAJE ACTUALIZADOR DEL HOMBRE
En Buber por la palabra principio el hombre se descortina en  aquello que es existencialmente constitutivo de su ser, como es la dotación de sentido. El lenguaje esta íntimamente vinculado a la totalidad de la existencia humana: revela las potencialidades de la trascendencia del hombre, revela la actualidad del ser del hombre , por eso se puede afirmar que el lenguaje trata  de la realidad del hombre, del hombre que es un ser en relación; el lenguaje del hombre y su relación con su autoconciencia, con el mundo y con el TÚ.
El lenguaje requiere la presencia del otro, lo que es indispensable para nuestra realización humana. La necesidad de la existencia del otro, del TÚ es esencia para la constitución del lenguaje, así surge el diálogo, inicialmente como una necesidad existencial, este diálogo se transforma en plenitud humana.
EL lenguaje no es simple medio de expresión que se puede poner de lado y cambiar como un disfraz, pues en el lenguaje aparece y se manifiesta en su totalidad aquello que nosotros somos: el hombre en su esencia humanista siempre esta en relación... para Buber, el lenguaje es contemporáneo a la creación del mundo, del cual es operario.
Es por el habla que el hombre viene al mundo y  el mundo viene al pensamiento; el habla manifiesta el ser del mundo, el ser del hombre , el ser del pensamiento. Toda el habla  llena los horizontes del pensamiento y del mundo. Creación del mundo, creación del hombre, vocación de la humanidad. El hombre con todo su significado, sus valores y sus aspiraciones se encuentra en el lenguaje y habla del sello del lenguaje. “e lenguaje pertenece a la constatación existencial del ser ahí (Dasein) como comprehensivo ser en el mundo”. (En sobre el humanismo” Heidegguer (1973,p.357) expresa sobre el lenguaje: ““La única cosa que el pensar que, por la primera vez procura expresarse en SER Y TIEMPO, me gustaría alcanzar eso que es algo simple, como tal el ser permanece misteriosamente en la proximidad de un imperar que no se impone a la fuerza. Esta proximidad desdobla su ser como el propio lenguaje; mas el lenguaje no es apenas el lenguaje en el sentido que lo concebimos, cando mucho como la unidad de fonema, melodía, ritmo y significación. Pensamos fonema y grafema como  el cuerpo de la palabra; melodía y ritmo como el alma y lo que posee significado adecuado, como el espíritu del lenguaje: pensamos comúnmente el lenguaje a partir de la correspondencia a la esencia del hombre en la medida de que esta  es presentada como animal racional, esto es como la unidad de cuerpo, alma y espíritu.
Todavía así como la maldad del hombre, la experiencia permanece oculta  y a través de ella, la relación de la verdad del ser con el hombre; así encubre la interpretación metafísica animal del lenguaje, su esencia ontológica histórica; de acuerdo con ella es el lenguaje la casa del ser manifestada y apropiada por el ser; por eso se trata de pensar  la esencia del lenguaje a partir de la correspondencia del ser al ésto, en cuanto tal correspondencia, lo  que quiere decir como habitación de la esencia  del hombre”.
El hombre es mucho más de lo que apenas es un ser vivo; él posee el lenguaje, Heidegger considera el lenguaje la casa del ser ; el hombre existe en cuanto que pertenece a la verdad del ser. La filosofía del lenguaje procura profundizar y extraer la concepción del lenguaje; esta profundización significa entender el lenguaje por el ser, esto es, querer comprenderlo substrayéndolo del dominio de la subjetividad a partir del acontecimiento histórico del ser que se manifiesta y se oculta y nos habla del lenguaje, la voz del ser.
El lenguaje en si mismo significa cierto destino que nos es históricamente impuesto al implicarnos un determinado espacio de auto-comprensión  histórica; comprender el lenguaje es tomarlo como un acontecimiento vivo y originariamente único en el cual el mundo se abre para el hombre, es la concreta plenitud y totalidad de un horizonte de nuestra autocomprensión del mundo; Entonces el lenguaje se torna auto-realizador del hombre. Es en el lenguaje que el hombre estando junto a otros se hominiza; porque el hombre cambia su experiencia de ser humano junto a otro en el mundo; esta comunicación es constante, brota de la genuina relación humana del verdadero lenguaje.
El lenguaje es la fundamentación del hombre que se revela en el mundo al otro; la actitud que el hombre toma delante del par de palabras principio YO- TÚ  es para martín Buber instauradora de la intersubjetivdad histórica; por el diálogo es propulsora de la cultura humana, por la práxis que es traducción antropológica de la actitud fundamental instauradora de la palabra principio  YO_ ESO.

LA VIDA DIALÓGICA DEL HOMBRE
La comprensión del lenguaje en Buber tiene por  esencia una estructura fundamentalmente dialógica. El hombre que afirma el mundo y lo domina, el hombre que se comunica con el otro y establece la relación; el hombre dentro de la conciencia cósmica; en todo eso entra necesariamente el lenguaje dialogal.
La forma primaria de  la comprensión humana, acontece antes de todo en el diálogo; comprendo todo lo que el otro me dice y nos comprendemos; aprendemos lo que es pensado en la palabra, el  sentido de lo que me es hablado; el diálogo acontece en la comprensión humana; es preciso tener una apertura de ser para esta vida dialógica.
El intercambio del habla no significa gran cosa para el hombre cuando éste no fuera basado en el reconocimiento del otro.
Yo hablo porque no estoy solo; asimismo en el soliloquio no estoy solo en el lenguaje, me refiero a mi mismo como otro, lo que puedo llamar mi conciencia,
El lenguaje desde su forma más rudimentaria anuncia la existencia del ser personal fuera de si mismo; un niño cuando sonríe  y cuando llora apela para los que le rodean y de ellos espera una respuesta: el ser humano no se contiene en si mismo, el contorno del ser cuerpo configura una línea de límites pero no es una demarcación absoluta de su comunicación e interacción con el otro.
:::::::::::::::::::Martín Buber (1878-1965) Filósofo religioso y escritor de origen judío, nació en Viena ; en 1898 se adhirió al sionismo y comenzó a divulgar conceptos éticos y culturales que sirvieran como  para motivar un renacimiento  espiritual del judaísmo.  En 1923 publica el libro “YO Y TÚ” obra central de su pensamiento sobre la comunicación humana con el mundo y con Dios, como una experiencia íntima, única y trascendente.
Buber plantea que los seres humanos logramos en la comunicación en el “YO-TÚ” una interacción de  dos dialogantes tocándonos, interviniendo el uno en el otro; somos la palabra fundamental YO_TÜ .
“ En la esencia el lenguaje no es de uno sino de muchos; cada uno está entre los otros... el lenguaje manifiesta el ser relacional del hombre: Los órganos sensoriales motoros anticipan el esquema de un universo sobre el cual todo comportamiento se apoyará  de la misma forma que la realidad psicobiológica, el lenguaje a partir  de este punto de partida consolida y multiplica la comunicación. Ella hace de la comunicación un verdadero mundo nuevo, que es el mundo verdadero (Gusdorf, 1997, p. 54” .
La substancia del mundo es la relación , y el lenguaje completa la relación.
El lenguaje es el acto originario del espíritu, que traza la plenitud de la existencia humana.

 




Correo:


¿Contamina Botnia?*


Como en tantos otros temas, la respuesta no es unívoca, pero - y aquí está la distinción - tampoco es científica.
La respuesta, como tantas otras veces, es política.
La ciencia me asegura que a tal tenor de concentración de "dioxinas", digamos, mueren los mosquitos. ¿Esto es aceptable?
Un poquitín más y ya resultan fatalmente perjudicados peces y batracios.
Bueno, ¿Qué futuro tendrían los sapos sin los mosquitos, base de su dieta? Me dirán. Aceptado.
Un poco más, pero no mucho ¿Eh?, y ya son las aves, entre ellas los flamencos, tan vistosos ellos. ¿Es tolerable?Aumentemos un pelito el meneado tenor, o índice, o como se llame, y ya - al fin - se mueren algunos mamíferos; cuises, carpinchos, roedores varios, ornitorrincos. Ya sé, no hay ornitorrincos en Gualeguaychú, pero de haberlos se morirían. ¿Se soportaría?
A los fines meramente especulativos, entonces, supongamos que aumentamos apeniiiiiiiiiiiitas, un poquitito nomás, el famoso tenor (que no es ninguno de los "3 tenores") de dioxinas. A propósito: ¿Serán estas dioxinas tan dañinas como los glúcidos y lípidos cortazarianos?
Volviendo, ahora sí, ya empiezan a morir algunos humanos. Pero no todos, ¡eh!. Primero los más chicos y los peor alimentados. ¿Será tolerable?
Esquematizando un poco los "niveles" de concentración de dioxinas y su efecto mortífero, la tabla de quienes se morirían primero queda mas o menos así:
Moscas y Mosquitos
Sapos y peces
Aves que vuelan
Mamíferos varios
Niños, jubilados, pobres en general
Gente como uno
Hasta aquí, con Ustedes, la ciencia, en su majestuosa imparcialidad. Ella sí que no está contaminada, parecería...
Ella, señora de ojos bien abiertos, no emite juicios de valor. Desgraciados de nosotros, agregaría, a riesgo de parecer comprometido, si nos abstenemos también de hacerlo.
La respuesta, que es ética, por lo tanto política, cada cual la resolverá a su leal saber y parecer: ¿Dónde trazar la raya?, o - más radicalmente aún, por disonante que suene en épocas de corrección política - ¿Debemos trazar un raya en algún nivel?
¿O acaso será ya la hora de decir: Basta de falsas opciones?

Preguntarnos, quizás, cuántas muertes son tolerables en el altar del crecimiento económico.
Cuestionar, tal vez, el concepto mismo de crecimiento. ¿Crecer para qué? ¿De cualquier modo? ¿A cualquier precio?
Reivindicar ¿Por qué no? nuestro derecho a vivir y morir como mejor nos gusta y podemos, y no cuando el capital lo decida.



*De Udi. udi.cuatro.catorce@gmail.com

 
*

Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 17 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores brasileros Sergio Nogueira, Zoltan Paulinyi y Ernani Aguiar, interpretada por el Duo Magyar (Brasil). Las poesías que leeremos pertenecen
a Yamil Díaz Gómez (Cuba) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


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EL MUNDO ERA UNA BURBUJA DE SOL...

Publicado en General el 15 de Febrero, 2008, 10:38 por EDITOR INVENTIVAsocial

EL MUNDO ERA UNA BURBUJA LLENA DE SOL...



POEMAS DE Gerold SCHODTERER

 
¿PODEMOS SER VERANO SIEMPRE?[1]
 


Primero un soplo, después siempre más recio
amarillo, rosa, verde, blanco, rojo, azul, violeta.
Cantos de aves después del silencio.
 
Primavera.
 
Los primeros capullos aparecen.
Ha llegado el tiempo de mirar alrededor.
Posibilidades insospechadas.
Tiempo para el arranque.
Tiempo de desarrollarse.
Comenzar cosas nuevas planeadas desde antes.
 
Prosperidad abundante.
Calor.
Torrente de vida que se regala.
El olor a heno.
Susurros de viento en las coronas de hojas poderosas.
Cortina brumosa, sofocante
delante de las líneas dentadas de las cimas.
 
Verano.
 
Fuerza única desbordante, pulsante tiempo de madurez.
Tiempo para los quehaceres.
Tiempo para realizaciones y crecimientos.
Tiempo para el concierto de los grillos.
 
Los primeros hilos invisible en el rostro.
Noches frías – hileras de niebla.
Colores fuertes de la madurez.
Colores solemnes, impresionantes de lo que se va muriendo
como un signo del ciclo eterno, discretos,
los capullos ya preparados para el nuevo comienzo.
 
Otoño.
 
Tiempo de la cosecha.
Tiempo de almacenar reservas.
Tiempo de invertir para el futuro.
Tiempo de paladear las frutas.
Tiempo para un agradecimiento con ojos eleveados.
Tiempo de prepararse para el silencio.
 
Silbidos helados a través de la maraña extravagante de ramas
De gigantes coronados de negro.
Ruidos como graznidos,
seguidos de trémolos negros.
Hálito visible, frescor helado delante de los ojos.
Edredón que protege el sueño.
 
Invierno.
 
Tiempo para el descanso.
Tiempo para econtrarse, para meditar.
Tiempo para dejar madurar ideas y planes.
Tiempo de vaciarse para lo nuevo.

 
 


EL SER INTERIOR[2]
 


Ser libre comienza en el interior
bien adentro,
donde todas las voces afinan,
donde existe claridad, sabiduría, verdad,
donde fluye el río de la unidad.
Donde nuestro ser,
que llamamos también fuerza primigenea,
espera a que,
nosotros la reconozcamos.

 
 

JUNTOS[3]

 

Es el fuego
en las tinieblas de la noche
la luz,
que colocado sobre toda oscuridad
que a nosotros con su calor,
su brillo custodia
y nuestro camino
hasta el horizonte ilumina.
 
 
Están en nosotros las tinieblas,
el fuego y la luz
y nuestro libre albedrío
nos deja espacio para jugar,
si ambos fuegos en nosotros
rompen la oscuridad,
estamos entonces preparados,
para sentir la brasa del amor.
 
 


AGRADECIMIENTO
 


Padre, te agradezco,
que me has educado.
 
Padre, te agradezco,
que un hogar me has construido.
 
Padre, te agradezco,
que no me has mentido.
 
Padre, te agradezco,
que siempre en mí has confiado.
 
Padre, te agradezco,
Que mi vida has modelado.
 
Padre, te agradezco,
que como un hijo me has tratado.
 
Padre, te agradezco,
que la libertad me has regalado.
 
Padre, te amo,
ahora en la vida andar puedo.
 
 



E-LIMINAR
 


Soltar
significa dejar salir
mediante sufrimientos,
lo estancado
en nuestro corazón.
 
 
Lo retenido
parirlo como a un niño.
La represa
interior vaciarla.
 
 
Para llenarla con fuentes frescas,
ser transparente,
saciado por Dios.
 
 


INTROSPECCIÓN
 


Si estás en el camino de la búsqueda,
puedes entonces encontrar,
puedes más y más
de los pesamientos rígidos
liberarte,
aprendes a ser transparente,
a abrir tu espíritu,
hasta que encuentres el centro,
que te de la libertad.
 
 


DES-LIGAR
 


Soltar significa vivir el ahora.
A lo pasado no dar cabida.
el dolor de la pérdida a la raíz engarzar.
¡ En la vida a lo nuevo dar la bienvenida!
 

*Gerold SCHODTERER
Bad Ischl – AUSTRIA
Traducción: Walkala
 
Gerold Schodterer nació el 12 de Agosto de 1956 en Bad Ischl, Austria. Ha publicado hasta la fecha los libros de poesía “Naturgedanken” (1998), “Spuren” (2001) y el cd doble titulado “Erdenweg” (1999) con poemas suyos musicalizados. Además de poeta Gerold Schodterer es escultor y orfebre.
Correo elect.: GuK@schodterer.at
 
[1] Tomado del libro: "Naturgedanken. Vom Wachsen, Blühen, Reifen und Ernten", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 1998.
[2] Tomado del cd doble: "Erdenweg", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 1999.
[3] Tomado del libro: "Spuren", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 2001.







 La tierra incomparable*


 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto




DIECISEIS


A la mañana siguiente, cuando Agata salió del dormito­rio no encontró a nadie, ya se habían ido todos. Abrió la ventana para ver cómo estaba el día, fue a la cocina, llenó un vaso con agua y tomó los remedios. Después guardó to­das sus cosas en la valija, la cerró y la dejó en el suelo, jun­to a la puerta del dormitorio. Hizo la cama. Recorrió ese departamento que casi no conocía, miró los muebles, los cuadros, y se sintió rara al pensar que se estaba despidien­do de un lugar más.
Silvana llegó puntual. La besó, le preguntó si había des­cansado bien y la tomó del brazo para bajar la escalera.
-A sus órdenes -dijo cuando estuvieron sentadas en el coche-. ¿Para dónde vamos?
Agata le explicó que primero quería buscar un lugar dónde mudarse, le preguntó si conocía un hotel que no fuese demasiado caro.
-¿Qué pasó? -preguntó Silvana.
Agata hubiese preferido no hablar demasiado del tema, pero ante la insistencia de Silvana contó algunos detalles de su breve estadía en el departamento de Elvira.
—A lo mejor estoy exagerando —dijo—, pero no quiero seguir ahí.
— ¿Aceptaron que les pagara? —dijo Silvana incrédula.
—Yo quiero pagar. Es lo que corresponde. Pero creo que les pareció poco.
— ¿Les pareció poco?
—Además el departamento es chico, soy una incomodi­dad. Debí buscarme un hotel de entrada.
— ¿Elvira es su única pariente?
—La única directa. Hay otros, pero son de la familia de mi marido. Todavía no averigué donde viven.
—Ya mismo cargamos sus cosas y vamos a la casa de Carla.
 — ¿Para qué?          
 —Ponemos una cama y se queda con nosotras.    
Agata no quería parecer descortés y tardó en contestar.
—Me gustaría estar sola.
— ¿Está segura? 
—Sí, estoy segura.
Silvana dudó. Después dijo:
—Conozco un albergue. La llevo a verlo. Creo que ahí se va a sentir bien.
El albergue estaba ubicado detrás del colegio de monjas donde Agata había mandado a sus hijos. Alojaba a estu­diantes, pero también paraban turistas, sobre todo durante la temporada de verano. Mientras esperaban en la recepto­ría, Agata miró las fotos enmarcadas, colgadas de las pare­des, que mostraban el edificio antes de las refacciones. Ha­bía sido un monasterio, construido en el siglo XVII. No había habitaciones disponibles en planta baja, pero sí una en el primer piso. Subieron a verla, guiadas por un mucha­cho. Era luminosa y a Agata le agradó.
—Ya está —dijo Silvana—. ¿Vamos a buscar sus cosas?
—Ahora no hay nadie en el departamento. Tengo que hablar con mi sobrina antes de irme.
— ¿A qué hora vuelve ella?
—Después del trabajo.
—Entonces disponemos de todo el día.  Dígame adónde quiere ir.                      
                           —Me gustaría ver un lugar del río.                                    
— ¿Cuál de los dos ríos?                      
—El San Giorgio.                               
— ¿Más o menos por dónde?
—Cerca del puente de hierro.
Bajaron hasta el lago y siguieron la costa. El cielo esta­ba despejado y el lago lleno de luz, aunque contra la otra orilla persistía una franja de neblina que separaba las montañas del agua y les confería un aspecto de islas. Lle­garon a la desembocadura del San Giorgio, doblaron y su­bieron bordeando la orilla. Durante un tramo vieron el curso espumoso del río, después comenzaron las casas y se lo taparon.
—Allá está el puente de hierro —dijo Agata.                                        
—Ese ya no se usa. Construyeron otro.
—Pasando el puente está el Pozo.
                               Ahí es donde quiero ir.                                                                                
-Qué es eso?                                      
A Agata le extrañó que no lo supiera.                                  
—¿Nunca lo oíste nombrar?                            
—NO.                                                                  
Le explicó que era un remanso de agua profunda, don­de los chicos se bañaban, al pie de la represa.
—No conozco ninguna represa —dijo Silvana.
Pasaron el puente de hierro y también el nuevo, de ce­mento, construido a unos metros del otro. Seguían las construcciones, interponiéndose entre ellas y el agua.
—Ya deberíamos estar —dijo Agata—. Antes no había nada acá, sólo la cuesta y el río.
Le pidió a Silvana que parara un momento y bajaron del auto. Caminaron a lo largo de las casas, buscando un acceso, algún sendero para llegar a la orilla, pero solamen­te se encontraron con entradas particulares y carteles en los portones que decían: Cuidado con el perro.
—En la mitad de la cuesta había un manantial que lla­mábamos la Fontanina. Cuando yo era chica íbamos a la­var la ropa.
Volvieron al coche y retomaron la marcha, despacio.
—Estoy segura de que lo pasamos, es más atrás —dijo Agata.
Llegaron a un espacio abierto, arbolado. Dejaron el as­falto y se desviaron por un camino de tierra. Entre los ár­boles había una iglesia pequeña, similar a muchas de la zo­na, gris y rústica, con su campanario puntiagudo.
—La capilla de Renco —dijo Agata.
Estacionaron detrás de la capilla y caminaron en direc­ción al río. Ahí no había casas, pero las grandes matas de moreras tapaban todo. Desde una pila de basura sobresalía un cartel que decía: Prohibido arrojar basura.
Descubrieron un caminito que se perdía hacia abajo. Se notaba que nadie lo usaba porque el pasto crecía alto entre las piedras.
—Vamos por ahí —dijo Agata.
—Es muy empinado.
—No importa.
Silvana se colocó adelante, le tendió los brazos y la fue ayudando. Agata bajaba de costado, fijándose donde ponía el pie. El descenso fue trabajoso y lento, y Agata comenzó a impacientarse, un poco por la dificultad, pero sobre todo por el deseo de estar abajo de una vez.
—Despacio—decía Silvana—, con cuidado.    
—Sí —decía Agata.
El rumor del agua les llegó antes de que pudieran verla. La excitación de Agata creció. En el fondo de la barranca había algunos árboles y, en las ramas, trapos enganchados, la piel de un animal, maderas, raíces, traídas por las creci­das. Entre las cosas que el agua había dejado al retirarse, encajada en la horqueta baja de un tronco, había una motoneta.
Ahí nomás, a treinta metros, más allá de una extensión de piedras grandes y claras, distinguieron un tramo de la corriente. Pero no pudieron ver más que eso. Una roca alta y con forma de pirámide se interponía entre ellas y la con­tinuación del río.
—¿Podemos acercarnos más? —preguntó Agata.
—No se puede. Hay que ir saltando por las piedras. Entonces le pidió a Silvana que fuera hasta la roca, tal vez desde ahí se viera el Pozo.
—Espéreme acá —dijo Silvana.
Fue pasando ágil de piedra en piedra, llegó hasta la ro­ca, la rodeó y desapareció.
Agata esperó. La luz le hería los ojos y se colocó una mano a manera de visera. Silvana volvió a aparecer.
                                      —¿Qué se ve?—gritó Agata.                                    
 —Nada, el río sigue siempre igual.
—¿No hay una represa?
—No.
—No puede ser. La represa tiene que estar ¿No hay una caída de agua?
—Veo el río hasta después del puente. No hay ninguna caída.                 
—Debería haber una represa.
-No hay nada.
 —Tiene que estar —dijo Agata. Y se dio cuenta de que había gritado más de lo necesa­rio y su voz le sonó desesperada.
                              —Nada—repitió Silvana abriendo los brazos.
—Pero una represa no se saca así nomás —insistió Agata.            
                                            Silvana regresó saltando.                                                
—Quiero ir hasta allá—dijo Agata.     
                                             —¿Se anima? No va a ser fácil.                                                   
—Dame una mano.
Emprendieron la travesía. Silvana, de espaldas al agua, retrocedía, guiándola. Tenía a Agata tomada de una mano y con la otra la sostenía de un codo. Antes de cada paso tanteaba si las piedras estaban firmes. Decía:
—Un pie acá, el otro acá, el otro acá.
Se detuvieron en la mitad del trayecto, para descansar.
—¿Quiere seguir?
—Ya hicimos medio camino, no vamos a volver ahora.
Tardaron bastante, porque Silvana iba buscando los puntos de apoyo más cómodos y por lo tanto no avanza­ban en línea recta, sino zigzagueando. Finalmente alcanza­ron la roca. Ahora el rumor de la corriente era muy sonoro y cubría las voces. Entonces Agata se asomó y vio el cauce espumoso y parejo que corría hacia la desembocadura. Al fondo estaban los dos puentes, el de hierro y el nuevo. Pa­saban coches y camiones en ambos sentidos.
—No entiendo —dijo—, es acá, estoy segura, debería estar.
—Es la primera vez que bajo hasta acá —dijo Silvana—, pero para mí el río siempre fue así. Agata no se resignaba.
—No puede haber cambiado tanto, la represa era alta y el río se dividía en dos en la parte de arriba. En uno de los paredones del costado había una gran pintura, un dios Neptuno, tenía un tridente en una mano y con la otra seña­laba hacia la desembocadura. Se decía que si lo insultabas te convertía en piedra. Cuando éramos chicos nos conta­ban que todas estas piedras habían sido personas.
—Nunca oí hablar de esa historia —dijo Silvana.
Agata miró hacia el curso superior del río y lo vio igual­mente parejo entre la vegetación rojiza: ninguna señal, ningún muro.
El Monte Rosso comenzaba en la otra orilla. Subía abrupto, y aun visto de cerca conservaba su suavidad de cosa espumosa y la delicadeza de los colores del otoño. Había troncos finos, de un blanco muy puro, tal vez abe­dules, destacándose en medio de aquella espesura.
Agata se sentó sobre una piedra, después estiró una mano, tocó el agua y se mojó los labios y la frente. Sobre­saliendo en la corriente, había otra roca de grandes di­mensiones, con la parte superior aplanada. Le pareció re­conocerla. Desde una plataforma similar se zambullían los chicos. La estudió tratando de recuperar algún detalle que le permitiera afirmar que se trataba de la misma. Era extraño querer identificar una roca después de cuarenta años. Pero eso era lo que estaba haciendo. El agua pasa­ba y pasaba y poco a poco Agata se abandonó y dejó de pensar.
Después tuvo un recuerdo. En el recuerdo de Agata el mundo era una burbuja llena de sol y de rumor de agua en movimiento, y ella estaba dentro de esa burbuja. Tendría nueve años, tal vez diez. Se encontraba sentada sobre una piedra, en la orilla de ese río. En el agua estaba su herma­no. Carlo había avanzado despacio-, remontando la co­rriente, en un largo tramo donde el cauce se ensanchaba y la profundidad era escasa. El agua le llegaba a los muslos.
Llevaba un palo en la mano y, atado en la punta, un tene­dor. Las puntas del tenedor habían sido abiertas y afiladas con una lima. Agata había mirado a su hermano trabajar en aquel arpón, en la mesa de piedra del patio de la casa. Probablemente hubiese sacado la idea de algún libro o al­guna ilustración. Carlo pescaba siempre en los ríos y en el lago. Pescaba con caña, con redes fabricadas por él y tam­bién con una maza de herrero. Bastaba con descargar la maza sobre las piedras que afloraban en el agua y entonces los peces que estaban debajo, aturdidos, salían flotando con su vientre blanco hacia arriba y sólo era cuestión de estirar la mano y tomarlos. Había quienes usaban dinami­ta para aturdir los peces, pero Agata nunca había estado cerca de una pesca con dinamita. Ahora miraba a su her­mano avanzar con cuidado y adivinaba, por los movimien­tos, cuándo avistaba algún pez. Varias veces se había dete­nido y se había preparado, pero siempre se les escurrían antes de estar a tiro. Después Carlo se fue acercando hacia la piedra donde ella estaba y nuevamente se detuvo. Y en­tonces Agata también lo vio. En el fondo, quieto, la cabeza contra la corriente, oscuro: un gran pez. El brazo de Carlo estaba levantado, tenso, listo para hundir el arpón. Estaba a punto de arponear ese pez, pero no lo hacía todavía. Aga­ta no lograba ver que lo hiciera. Ese era el punto donde su recuerdo se le negaba. Seguía allá, en aquella orilla, atenta y esperando, y alrededor había cosas que conocía. Un pa­redón a la derecha y grandes bolsones de alambre grueso llenos de piedras, colocados para contener las crecidas. Más arriba estaba el Pozo. Y después la represa. Y no muy lejos, la curva del río, y al terminar la curva esa cueva don­de decían que vivía la víbora con cabeza de gallo que hip­notizaba a las lavanderas. Agata permanecía sobre la roca, esperando, mirando a través del agua el fondo del río. El pez, ahí abajo, era de un tamaño que su hermano no había pescado nunca. Y Carlo seguía con el brazo levantado y tenso y no terminaba de descargar el golpe. Por más que insistiera, por más que se esforzara, el recuerdo se detenía en esa figura inmovilizada, a punto de disparar su arponazo. Todavía le parecía ver la tensión de los músculos y los dedos firmes alrededor del palo. Podía recuperar su propia agitación y una voz en ella que ordenaba: "Ahora, ahora". Y con esa orden silenciosa volvía también la conciencia de que estaban a punto de concretar una hazaña memorable. En aquel día de sus nueve años, en su cabeza, había imá­genes que se proyectaban hacia el futuro, hacia los minu­tos siguientes: dejar aquel río, remontar la cuesta corrien­do, emprender el camino de regreso, seguramente cruzarse con alguien y disfrutar con su mirada de admiración al ver el gran pez que sostenían por las agallas. Y después su casa y su madre y su padre y ellos dos con ese trofeo. Pero el re­cuerdo de Agata no iba más allá, no avanzaba. Se detenía en aquel brazo levantado y en el arpón listo. Y no lograba saber si Carlo lo había arrojado hacia el lomo oscuro del pez. Por más que se esforzaba no lo conseguía, por más que insistiera e insistiera y hurgara en su memoria no podía progresar. Todo quedaba fijado en un gesto a punto de desatarse, una imagen clara, suspendida en el fondo de los años, apresada en una remota burbuja de luz. Una escena inconclusa que se sumaba a este desencuentro de hoy y au­mentaba su desazón.
Cuando apartó la mirada de la espuma, Agata vio que Silvana se había alejado unos metros y la estaba obser­vando.
—¿Volvemos? —le dijo.
—Ayúdame a pararme —dijo Agata estirando una mano.
Emprendieron de nuevo la travesía, llegaron al sendero y subieron, Silvana siempre sosteniéndola y pidiéndole que pisara con cuidado. Cuando estuvieron arriba Agata giró la cabeza, pero ya no se veían más que las moreras.
—No entiendo qué pudo haber pasado —dijo todavía.
—Después preguntamos, la gente tiene que saber.
Agata sintió que, igual que el día anterior durante la vi­sita a la casa, Silvana compartía su desilusión. Lo supo por el tono de voz. Hubiese deseado encontrar rápido algo de lo que había venido a buscar, no sólo para sí misma, sino para que lo compartieran. Se sentía en deuda con Silvana y le parecía que hubiese sido una forma de compensarla.



 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.






SOBRE EL ARTE, EL TIEMPO, LA MUERTE
"Soy un gran mentiroso"*



Por Federico Fellini *


Nunca veo mis películas, pero me sucedió de ver una fotografía o un fragmento de una película mía en televisión, Casanova o Satyricon, y preguntarme en forma espontánea: "¿Quién hizo esto?".
- - -
Cuando hago mi trabajo, cuando soy cineasta, soy poseído. Un oscuro morador, que no conozco, toma las riendas, dirige todo en mi lugar. Yo pongo a su disposición sólo mi voz, el sentido artesanal, mi intento de seducción, de plagio o de autoridad. Pero es otro realmente. Otro con quien convivo, que no conozco en forma directa, sólo de oído.
- - -
La memoria es un componente misterioso, casi indefinido, que se relaciona con algo que quizá no recordamos, pero que nos empuja a entrar en contacto con dimensiones, con sucesos, con sensaciones que no sabemos definir, pero que sucedieron.
- - -
Mi inclinación natural fue inventar una juventud, una relación con la familia, las mujeres, la vida. Creo que siempre inventé. Pera mí son más ciertas las cosas que no ocurrieron pero que inventé. Así sucedió con la ciudad donde nací, donde pasé mi juventud y estudié: se fue alejando para dejar lugar a la Rimini de las películas en las que hablé de ella: I Vitelloni, Amarcord. Ahora me parece que esas dos, que representan una Rimini reconstruida, pertenecen más a mi vida que la Rimini topográficamente comprobable como una pequeña ciudad de la costa adriática. Soy un gran mentiroso, ésta es la conclusión.
- - -
Un film, aunque sea muy complejo de realizar y requiera mucho tiempo, puede existir en una sensación, en una sospecha, en una anticipación que puede ser una luz, un sonido. Una obra de arte pudo ser anunciada a su autor aun por un perfume. La vida entera puede ser sugerida por el temblor de una hoja.
- - -
No creo que exista la posibilidad de trazar una línea divisoria nítida entre el pasado, el presente y el futuro; entre el recuerdo de lo sucedido y lo imaginado. No creo que quien eligió la profesión o siguió la vocación de contar historias pueda distinguirlo cuando crea un pequeño universo. Esta creación es total; es un universo completo en el tiempo, no sólo en la descripción del lugar y de los personajes; también el tiempo es inventado.
- - -
No creer es una fatiga. Es bloquearse, construirse barreras, límites. En cambio, creer pertenece al sentimiento vago del que habla, y ésta es una nota fundamental en la que me reconozco, la espera. También creer es parte de una espera. Y no quiero darle una atmósfera mística a esta declaración:
me refiero a un estado cotidiano, un estado de ánimo en el que el sentimiento de espera nunca me abandonó. Si usted me pregunta qué espero, me incomodaría.
- - -
Proyectamos sobre la mujer ese sentimiento de espera, como de una revelación; la llegada de un mensaje, un poco como aquel personaje de Kafka que esperaba el mensaje del emperador. La mujer puede ser la emperatriz que envió hace miles de años un mensaje, y está bien que no haya llegado nunca.
Porque me parece que el gusto de la vida reside en la espera del mensaje y no en el mensaje mismo.
- - -
Il viaggio di G. Mastorna es un proyecto que en estos últimos treinta años, al final de cada film, parece querer decirme: "Esta vez me toca a mí", "Esta vez me realizarás". Siempre lo postergué y lo sigo postergando, pero no la historia, sino la atmósfera, algo íntimo, secreto de este film, terminó
colocándose y nutriendo todos los films que realicé después. Hay algo de Mastorna en Satyricon, en La Città delle Donne, incluso en Casanova.
Mastorna es como los restos de un naufragio que desde las profundidades envía una radiación, sin perder nada de su integridad como idea o relato. Aún sigo con la ilusión de hacerlo.
- - -
La vida, abandonada a sí misma, parece sin sentido, insignificante, monstruosa. El arte, en cambio, es algo que reconforta, que tranquiliza. El arte relata la vida en términos sumamente protectores. Nos hace reflexionar sobre la vida, que de lo contrario sería sólo un corazón que late, un estómago que digiere, pulmones que respiran, ojos que se llenan de imágenes sin sentido.
- - -
Desde cierta edad, el pensamiento de la muerte siempre está presente, pero por fortuna tengo un mecanismo psicológico particular por el cual los disgustos, temores, miedos, deudas, obligaciones, se transforman en material de un relato. Creo que éste es el "cinismo afortunado del tipo creativo":
pensar haber nacido sólo para contarlo a los demás. Las obras de un autor pueden ser testigos, en el transcurso de la vida, de los diversos estadios, la decadencia física, la vejez que avanza, la posibilidad de desaparecer, de no existir más, de no hacer más entrevistas, de no estar más rodeado de
amigos venidos de lejos, que esperaron tanto.
- - -
De la muerte se habla sólo literariamente. Ni siquiera en serio. Podemos imaginar miles de cosas, leer tantos testimonios. Pero pienso que es algo de lo que nunca podremos adueñarnos.
- - -
No tengo la sensación del tiempo que pasa. Me parece estar detenido en un escenario con todas las cosas listas alrededor: objetos de escenografía, cuadros, personas, sentimientos, colores. Y siempre fue así. Desde que comencé a vivir mi existencia identificándola con el cine es como si el tiempo se hubiese detenido. Me parece que es siempre el mismo día. Siempre estuve en un teatro, con un megáfono en la mano, gritando, haciéndome el charlatán, el payaso, el jefe de policía, el general. Y los recuerdos de
estos últimos cuarenta años están siempre presentes. Estoy rodeado de oscuridad y de luz. Oscuridad arriba y luz alrededor. Y, luego, una serie de sombras que hay que acomodar. Me parece que mi vida existió, se consumió y se sigue consumiendo en estas imágenes.


* Del documental Soy un gran mentiroso, realizado por Damián Pettigrew.
Fragmentos de este film fueron proyectados en el Encuentro Internacional Cornelius Castoriadis, que se efectuó en Buenos Aires el año pasado.


-FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-98878-2008-02-14.html





La luz mágica del amor*



La luz mágica del amor
ilumina los caminos de la vida,
las bocas se inundan de sonrisas,
los ojos muestran el alma.
Las grandes pupilas centellean
con la música de los besos,
las pasiones ardientes despiertan,
hay miel en los labios.
Las miradas y caricias
hacen palpitar los corazones,
estalla el placer,
se eriza la piel.
Brillan las mejillas sonrosadas,
se agitan las cabelleras,
las palabras son dulces,
los perfumes embriagan.
Riman los versos,
se entrelazan las manos,
titilan las estrellas,
sueñan los enamorados.

            
*De María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar





*

Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 17 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores brasileros Sergio Nogueira, Zoltan Paulinyi y Ernani Aguiar, interpretada por el Duo Magyar (Brasil). Las poesías que leeremos pertenecen
a Yamil Díaz Gómez (Cuba) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


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JUSTO ESTE DÍA EN QUE NO SE QUÉ HACER CONMIGO...

Publicado en General el 14 de Febrero, 2008, 9:56 por EDITOR INVENTIVAsocial

XLI*

Mi madre
cruzaba el patio
con un batón
celeste
y un plato vacío
en una mano.

¿Cruzaba el patio
o era un sueño
o las hilachas
de un recuerdo
que deflagra
en mi cabeza
justo este día
en que no se qué hacer
conmigo?


*de Jorge Isaías.  jisaias46@yahoo.com.ar







JUSTO ESTE DÍA EN QUE NO SE QUÉ HACER CONMIGO...





 La tierra incomparable*


 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



QUINCE


Regresaron por otro camino. Agata miraba distraída al­rededor, sin hacer comentarios. En su cabeza, sólo cabían las imágenes del encuentro con la casa. Necesitaba tiempo y resignación para que se le volvieran aceptables. Se descu­brió pensando en partir.
Pasaron a buscar el coche.
-¿Quiere ira ver el lago? -preguntó Silvana.
-Vamos-dijo Agata.
Bajaron a la costa, cruzaron la avenida y se acodaron contra el parapeto de cemento. Ahí estaba por fin el lago, quieto y oscuro en su cerco de montañas. De los tantos re­cuerdos que le trajo a Agata, el primero fue cierta noche de tormenta, cuando su padre estuvo a punto de morir ahoga­do al empecinarse en cruzar en un bote porque había per­dido el último transbordador. Ahora los transbordadores ya no atracaban en el embarcadero viejo, que estaba en de­suso y había perdido parte del muelle, sino un poco más lejos, detrás de una construcción cuadrada y moderna. En cambio, el puerto con forma de herradura, donde amarraban las lanchas y los botes de los pescadores, seguía igual. En la entrada estaba el faro, con su escalerita de hierro su­biendo en caracol por el lado exterior. Arriba ondeaba una bandera. Había gaviotas en el aire y detenidas en la punta de los palos pintados a franjas rojas y blancas que sobresa­lían del agua. En el centro se deslizaba un pato y dejaba una estela en la superficie calma. Cerca de Agata y Silvana un hombre pescaba con tres cañas. Se movía con lentitud entre una y otra, recogía las líneas que tenían varios an­zuelos, desenganchaba peces chicos y los arrojaba en un balde, acomodaba las carnadas, volvía a lanzar y seguía su ronda.
Durante un rato miraron todo aquello sin hablar. Des­pués Silvana propuso que fueran al bar del embarcadero viejo.
—Es lindo sentarse ahí, hay buena vista, los ventanales están sobre el agua, los días de tormenta las olas salpican los vidrios.
Pero Agata le pidió que caminaran hacia el puente del San Giorgio. Quería ver si todavía estaba cierta hostería. Anduvieron en esa dirección y creyó recordar que los can­teros a lo largo de la explanada tenían otro formato y di­mensión. En los bancos se abrazaban algunas parejas de adolescentes. Reconoció, del otro lado de la avenida, el monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial. Bajo las arcadas que rodeaban la plazoleta se veían los le­treros de dos hoteles, negocios de ropas, una florería, una librería, una panadería. Agata se detuvo:
—Allá, mientras compraba pan, me robaron la bicicleta. Casi nueva, una Legnano. Ahora, para ustedes, una bicicle­ta no debe significar gran cosa. Me acuerdo que no podía dormir. Caminaba por la calle y me parecía verla por todas partes.
La hostería estaba, pero con otro nombre. Ya no tenía la glorieta del frente. La reemplazaba un toldo de colores vivos.
—Tomemos un café ahí —dijo Agata.
— ¿Por qué en ese lugar?
—Acá venía mi marido con los amigos los días de fiesta. Había mesas bajo el toldo.
—Sentémonos afuera —dijo Agata.
—Está refrescando. 
—No importa.
Silvana pidió un café para Agata y un aperitivo para ella.
— ¿Usted también venía? —preguntó.
—Algunas veces, pero eran más bien reuniones de hombres. Jugaban a las cartas, tomaban vino y después cantaban.
— ¿Qué cantaban?      
—Canciones nuestras, de las montañas.
 — ¿Las recuerda?               
 —Claro.                 
— ¿Se anima a cantar una?       
Agata sacudió la cabeza, dudando.
—Un pedacito—insistió Silvana.  
—Bueno, un pedacito.       
Cantó a media voz algunas estrofas, mirando la superfi­cie de la mesa. A medida que avanzaba se fue animando y llegó al final.
—Ya está —dijo. Silvana aplaudió:
—No la conocía, después quiero anotar la letra.
—También cantaban ciertas canciones picaras, bastante subidas de tono. Esas venían al final, cuando ya estaban bien entonados con el vino.
— ¿Qué decían esas canciones subidas de tono?
— ¿Qué iban a decir? Hablaban de nosotras, las mujeres.
—Ahora la gente ya no se reúne para cantar.
— ¿Nunca?
—No tienen tiempo. Ya vio cómo anda todo el mundo corriendo.
—Para cantar siempre hay tiempo.
—Les debe sonar un poco ingenuo. ¿Eran más ingenuos antes?
—No sé. No me parece. Trabajaban duro y cantaban los días de fiesta. Esos fueron los hombres que tomaron un fu­sil y se escaparon a las montañas para pelear contra los fascistas y los alemanes.
— ¿También allá arriba cantaban?
—Canciones de guerra. Siempre había alguien que nos traía las letras nuevas. Las aprendíamos y nos las pasába­mos en la fábrica, a escondidas.
—Tiene que contarme de esa época.
— ¿No te contó tu abuela?        
 —Algunas cosas, pero me gustaría saber más.
Agata señaló una columna de alumbrado:
—Ahí vi fusilar a un hombre. Pidió un cigarrillo antes de que le dispararan. Los que mirábamos pensamos que lo hacía para vivir unos minutos más. Pero fumó la mitad y lo tiró.
El sol había desaparecido detrás del Monte Rosso. To­davía iluminaba las laderas hacia el norte, los pueblitos y las casas dispersas. En cambio, las montañas de la otra orilla del lago ya se habían puesto negras. El día se estaba yendo pero todavía no acababa de irse. Ahora había una gran calma entre el cielo y el lago. Aquel silencio eclipsaba hasta los motores. Se percibía la cercanía de la sombra y el frío. Silvana se ajustó el abrigo contra el cuerpo.
Se acordaba de los anocheceres entre las monta­ñas? —preguntó—. A mí esta hora me perturba.
—Para nosotros, durante la guerra, ésta era la hora del toque de queda. Cerrábamos puertas y ventanas, y nos quedábamos adentro, esperando. A veces no pasaba nada, otras veces empezaban los tiroteos. Lo peor era cuando oíamos los aviones.
—Ahora no hay guerra, pero yo siempre estoy esperan­do que pase algo.
— ¿Qué podría pasar?
—Son fantasías mías.
Silvana levantó la mano y la movió en abanico, señalan­do hacia el lago y las montañas:
—Es como si algo estuviera a punto de hablar. Está ahí, se lo siente, pero nunca habla. También Agata miró el lago.
—De chica vivía pendiente de eso —siguió Silvana—. Era como un juego. Un minuto antes era de día y al minu­to siguiente ya era de noche. Entonces todo volvía a ser más o menos lo mismo, primero con luz, después sin luz. Pero a mí me intrigaba el momento de la transformación, que no era una cosa ni la otra. Prestaba atención, quería descubrir la mano que cambiaba el escenario.
Habían charlado poco durante el día. Silvana había re­sultado ser una muchacha amable y taciturna. Por lo me­nos así se había mostrado en ese primer encuentro. A Aga­ta la sorprendió esta repentina locuacidad.
—Todavía sigo con el mismo juego —dijo Silvana—. To­davía trato de descubrir el mecanismo y escuchar la voz.
Agata la veía de perfil: tenía la nariz recta y la frente muy amplia, siempre como bañada de luz. Miraba el lago con la actitud de alguien que está al acecho. Al pasarla a buscar esa mañana, Silvana le había transmitido a Agata una sensación de fragilidad. Ahora, ese perfil atento y seve­ro, fijo en la claridad que menguaba, tenía algo de pájaro y negaba aquella impresión primera. Agata sentía que la cara de Silvana se correspondía con el paisaje de esa hora, te­nía una fuerza y una tensión similar.
—Pero la voz nunca viene —dijo Silvana.
Todo el tiempo había hablado sin énfasis, intercalando silencios entre las palabras. Las palabras resonaban graves y Agata sentía que, más allá de su significado, le aportaban sosiego. No hubiese podido explicar cómo ni por qué, pero la ayudaban a ubicarse, tendían a establecer un orden, arrancaban las cosas de su solidez distante y se las acerca­ban. Le hacían saber que también en este presente, con sus desconciertos, había un mundo que debía ser visto y vivi­do, y complementaba lo otro, lo que ella esperaba encon­trar. Le pareció que bastaba quedarse ahí, con Silvana, y algo nacería. Y que así, esperando, comenzaba a conocer y a comunicarse con la mujer joven que tenía al lado. Sentía que aquello era igual que tocarse.
En el aire quieto sonó nítida una campana.
—Este es el momento. Está pasando ahora —dijo Sil­vana.
Un transbordador llegaba y otro se alejaba. Estaban ilu­minados y parecían árboles de Navidad deslizándose sobre el agua. Ya era de noche.
—Se me escapó otra vez —dijo Silvana.
Algo se desnudó en su cara y sus labios se movieron en un gesto que no alcanzó a ser una sonrisa.
En la otra orilla, se había encendido una línea de luces que subía hasta la punta de un cerro en un trayecto casi ver­tical. Agata preguntó qué era. Silvana le explicó que un tele­férico: en esa época del año funcionaba sólo los sábados y domingos. Podrían ir. Desde allá arriba se veía todo el lago.
Llamó al mozo para pagar y Agata protestó:
—Ya pagaste antes.
Abrió su cartera. Silvana estiró el brazo, le sujetó la ma­no y le impidió sacar el dinero:
—Déjeme invitarla.
Volvieron al coche y fueron hasta la casa de Elvira.
— ¿Mañana qué hace?—preguntó Silvana.             
—Quiero visitar algunos lugares.      
—Paso a buscarla a la misma hora. Agata dijo que no debía tomarse tantas molestias, que podía arreglarse sola.
—Lo hago con gusto —dijo Silvana.
Agata miró el coche alejarse y se quedó en la puerta. La plaza del mercado estaba vacía. Había dos cabinas telefó­nicas, ambas ocupadas. No se notaban otras señales de vi­da alrededor. Subió las escaleras despacio y cuando llegó arriba no usó la llave, golpeó. Le abrió Elvira.
—Me estaba preguntando por dónde andaría —dijo—. Parece que aprovechó bien el día. ¿Cómo le fue?
Agata le contó lo que había hecho, lo que había visto. En cuanto a lo otro, el reencuentro con la casa, lo que ha­bía sentido, eran cosas suyas y no deseaba compartirlas.
Los hijos de Elvira seguían tan esquivos como el día an­terior y entre Agata y ellos no hubo más que el saludo. Cuando llegó Ercole se sentaron a cenar. Había una radio encendida. Seguramente era una estación local, porque es­taban pasando informaciones sobre la zona. Ercole le or­denó a los chicos que callaran. Después se dirigió a Ágata y le dijo:
— ¿Escuchó, señora?
Tomada de sorpresa, Ágata se quedó mirándolo:
 —No presté atención. 
—Las tarifas de los hoteles.    
— ¿Qué? —dijo Ágata.
—Son bastante más altas de lo que le cobraban las monjas en Roma.
Faltó que agregara: "Usted acá no está pagando lo que corresponde". Agata no supo qué contestar y se le atragan­tó la comida. Ni bien pudo dejó la mesa y se fue a la habi­tación. Se acostó y decidió que sería la última noche que  dormía en esa casa.



 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.





Usualmente*
 


Él me dice usualmente esas cosas extrañas
y me abraza
 
Termino casi siempre sabiendo qué soy
 
Después
             huye.




Reconocida y desleal*
 


Reconocida y desleal
aún segrego tus efectos personales
 
Bien sé que no todo es quedarse
ni acomodarse
en las fronteras
 
Trémula
como mi madre cuando dio conmigo
cavándote mis rictus de presa
morí  cómica
 
Yo con vos no tengo
ni un soberbio fracaso.
 
 
 
Sentí*
 
 
Sentí algo:
 
he sido atropellada
por un recuerdo
 
allí.


*Poemas de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






Revisando la Biblioteca*


Hace 70 años, el 27 de abril de 1937, moría Antonio Gramsci en un hospital penitenciario, apenas 6 días después de haber recobrado formalmente la libertad, tras cumplir, en situación penosísima, más de 10 años de cárcel de los más de 20 a que le condenó un tribunal mussoliniano. Acaso sea Gramsci hoy, junto con Walter Benjamin, el clásico del socialismo marxista más grotesca e ignaramente manipulado por unas “humanidades” académicas franco-norteamericanas, olvidadizas de la historia del movimiento obrero europeo. Para conmemorar su muerte -dada a conocer al mundo por las emisoras de radio de la Barcelona revolucionaria- hemos elegido un característico textito suyo de juventud (publicado por vez primera el 11 de febrero de 1917 e inédito en castellano) que, entre varias otras, tiene la virtud de no ser fácilmente pasible de manoseo pseudoacadémico.
  

Odio a los indiferentes*

*Antonio Gramsci
  
Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.
La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?   
Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.   
Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.


-Enviado para compartir por Susana agrado@netverk.com.ar   







Jueves, 14 de Febrero de 2008
"TRABAJE DESDE DONDE QUIERA ¡PERO NO DEJE NUNCA DE TRABAJAR!"

La "oficina móvil" y la caída del ocio*

 
El ocio -destaca el autor de esta nota- es el tiempo auténticamente humano: ese tiempo dedicado a una actividad "autotélica", sin otra finalidad que ella misma, sería "el que confiere a nuestra especie su especificidad".

Imagen: Arnaldo Pampillon


Por Mario Pujo *


Cuando Osvaldo llegó esa noche a su sesión estaba contento como perro con dos colas. En la multinacional donde trabaja le acababan de adjudicar un blackberry -mezcla de teclado de computadora, agenda electrónica y teléfono celular- para su uso exclusivo. Ya antes de entrar a la sesión, en la sala de espera, aprovechaba para responder e-mails, enviar instrucciones a sus subordinados y adelantar el trabajo de la semana. Osvaldo padece dolorosísimos trastornos digestivos, reconocidos clínicamente como de orden psicosomático; por esa razón mantiene semanalmente, desde hace ya cierto tiempo y con relativo éxito, entrevistas cara a cara conmigo. Su referencia a una fallida terapia anterior, con una psicóloga que "nunca respondía y tomaba notas en absoluto silencio", me persuade de la conveniencia de
entablar con él una activa relación dialógica y fluidamente conversada.
En aquella sesión comentó que pensaba dar de baja su celular personal, para ahorrarse el costo del abono y concentrar sus llamados en un único aparato, "una verdadera oficina móvil" permanente y disponible a voluntad.
Por mi parte, conocedor de los rasgos compulsivos de su personalidad, encuadrables en lo que Freud describe como "carácter anal" -laboriosidad, economía, meticulosidad, autoexigencia, obstinación-, hice probablemente un gesto de incredulidad, de desaprobación quizás, en el que él creyó reconocer la figura del aguafiestas. "De verdad te digo, es sencillamente fantástico: cuando llegue el lunes a la oficina voy a haber adelantado un montón."
Mantuve cierto margen de duda, y le propuse adoptar ante su entusiasmo algún grado de cautela dado que, teniendo en cuenta su afición al esfuerzo y su tendencia adictiva al trabajo, esa maquinita podría convertirse en un ingrediente adicional para sus desarreglos gástricos. En cambio, preservar su línea de comunicación privada podría permitirle, a determinada hora, poder erigir un límite frente a cierto orden de la demanda, el de las demandas laborales, ante cuyo exceso él ha demostrado no poder rehusarse.
Mi comentario no le agradó. Y en alguna medida lo irritó. Admitió, sin embargo, que no le era fácil sustraerse al repentino titilar del aparato, estuviese donde estuviese, por la curiosidad de saber quién lo llamaba, y, reconoció, le resultaba imposible responder el mail de un amigo sin tentarse de abrir los demás mensajes de la bandeja de entrada. A modo de confirmación, jocosamente, confesó que, al venir al consultorio, había estado a punto de chocar por contestar un mensajito de texto mientras manejaba, "algo que no se debe hacer, ya sé, pero es más fuerte que yo".
De todos modos, a la posibilidad de preservar su línea privada contestó: "¿Qué querés? ¿Encima voy a tener dos celulares conmigo todo el tiempo?". La objeción parece legítima. Pero, en los hechos, he visto duplicarse los celulares de muchos pacientes, que sólo atinan a apagar los dos cuando el repentino sonar de alguno de ellos se lo recuerda. Al entrevistar a los padres de un adolescente, he visto depositar cuatro celulares sobre mi escritorio, con la resuelta resignación de quienes se muestran predispuestos, al menos por un rato, a un diálogo que reconocen merece no ser interrumpido. Por lo demás, me he sobresaltado también alguna vez por la irrupción de mi propio celular olvidado en un estante de la biblioteca.
La telecomunicación incide positivamente en nuestra productividad, vale decir, en la capacidad de hacer muchísimas cosas en poquísimo tiempo, y también en las modalidades de nuestro esparcimiento. La frontera que separa ambos dominios, el de la producción y el del esparcimiento, se adelgaza hasta hacerse apenas reconocible. Desde la playa podemos planificar, enviar informes, hacer inversiones, comunicarnos con la otra punta del planeta; alguien puede mantenerse al tanto del día día de su empresa o, más crudamente, vigilarla en tiempo real por medio de videocámaras conectadas a un monitor a través de Internet. Una persona que me consultó una vez se ufanaba de controlar su negocio desde un confortable departamento ubicado varios pisos más arriba, contabilizando a través de una pantalla las
entradas, las salidas, los desplazamientos de sus empleados, los movimientos de caja.
Pero todo eso tiene su contraprestación, como si la misma tecnología capaz de liberarnos del agobio de la presencia real nos condenara a trabajar de manera permanente, esfumado el tiempo fecundo de la improductividad. Trabaje desde su casa, desde la quinta o el country; trabaje desde el auto, desde la
sierra o el mar, trabaje desde su lugar de descanso, trabaje desde donde quiera... ¡pero no deje nunca de trabajar!
El actual éxito veraniego de los paradores Wi Fi es demostración de que la tecnología posee, además de una asombrosa capacidad de acortamiento de las distancias, una potencialidad alienante de la que no podría escapar el tiempo de trabajo, pero tampoco el tiempo de la distracción. Una cada vez más poderosa industria del entretenimiento evidencia lucrar con ello.
Sin embargo, sabemos desde la Antigua Grecia que el ocio es el tiempo auténticamente humano: ese tiempo exento de necesidad de labor, dedicado a una actividad "autotélica" -sin otra finalidad que ella misma- es el que confiere a nuestra especie su especificidad. Se trata del tiempo recreativo por excelencia, el tiempo de las artes y la política, el tiempo de la formación y el mejoramiento personal, el de la contemplación y la creatividad.
El término griego skolé permite distinguir el ocio del mero tiempo libre: el ocio supone una tarea de instrucción (etimología que perdura en la palabra "escuela"). No todo empleo del tiempo libre es ocioso, en la medida en que el ocio supone el ejercicio de una capacidad que no tiene una finalidad instrumental prefijada, y que resulta ajena a cualquier beneficio material.
El empleo del tiempo libre de nuestra época se parece bastante más al del circus romano, aquel imponente espectáculo de los gladiadores en un Coliseo enardecido: un tiempo de distracción estrictamente necesario para estar en condiciones de retornar al trabajo. Torneo Clausura, Torneo Apertura, fútbol de verano; un tiempo efímero y vacío, que la noción de entretenimiento -tal como este concepto ha capturado la finalidad de la mayoría de los programas de TV- sabe expresar perfectamente.
Ante la oferta de objetos cada vez más atractivos y alienantes, disponibles en todo momento y lugar, sólo la capacidad de cada cual para entrenarse en un sabio ejercicio de moderación podría preservar un ámbito de pensamiento y de reflexión personal, de trabajo sobre uno mismo, de búsqueda y de
superación de sí.
El trabajo del análisis se inscribía para Freud en el campo de ejercicio del ocio en su sentido clásico de actividad creadora. Algo bueno de recordar en una época en el que el mercado parece reservar esa potencialidad de creación a algunos especialistas, profesionales que se designan a sí mismos, en su
trabajo y no en su ocio, como "creativos".

* Psicoanalista. Director de la revista Psicoanálisis y el Hospital.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-98877-2008-02-14.html








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ALGÚN DÍA VOLVERÍA A BUSCARLO...

Publicado en General el 13 de Febrero, 2008, 10:31 por EDITOR INVENTIVAsocial

XLIII*


Un día venceremos
un día, atropellados
por la luz del verano
cuando la indefensión
hurgue en los vientres.
Un día claro, venceremos.
Ya no morirán los niños
ya el futuro cantará
con claridad en todas
las gargantas.
Ya podré reclinar
la cabeza
en la perfección turbadora
de tus pechos
que me dieron tus pezones
de leche tibia
su candor.


*de Jorge Isaías.  jisaias46@yahoo.com.ar

 




ALGÚN DÍA VOLVERÍA A BUSCARLO...




¿Cambia de manos la vida?*

 
*Por Marcelo A. Moreno. mmoreno@clarin.com


Hace 126 años -una nadita en la historia-, Friedrich Wilhelm Niestzsche escribió en La Gaya ciencia"¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestro cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre".
Por entonces, como desde hacía centurias y hasta bien entrado el siglo XX, la vida estaba organizada y administrada alrededor de una creencia: la educación, la pareja, la sexualidad, la muerte, el trabajo, la moral y en gran medida las costumbres eran regidas por los principios religiosos. Y hasta los tiempos de la vida cotidiana estaban marcados por el sonido inequívoco de las campanadas de las iglesias, al menos en Occidente.
Hasta hace unas semanas, los ratones no se resfriaban. Eso desde que el mundo es mundo. Pero días atrás científicos ingleses lograron crear mediante ingeniería genética ratones que se acatarran y estornudan con fin de estudiar uno de los males más molestos que padece el hombre. Y contemporáneamente investigadores japoneses inventaron un ratón que no le tiene miedo a los gatos. En una época en que la clonación es un hecho, no hace un mes que en un hospital de Boston generaron un pez cebra completamente traslúcido, lo que permitirá observar procesos internos como la metástasis.
El científico norteamericano Craig Venter acaba de anunciar que por primera vez lograron fabricar el genoma entero de un microorganismo. Es decir, que la vida artificial está acá nomás.
El problema es que hasta hace muy poco la creación como la destrucción de la vida constituían una potestad exclusiva de la deidad. Una de sus funciones cruciales. Tanto, que por esa razón esencial se oponen con celo iracundo todas las religiones al aborto, el suicidio y la muerte asistida.
¿Y ahora? De un lado, Benedicto XVI le recuerda a la sociedad occidental que el infierno existe y no está vacío. Del otro, se reitera que Alá es el más grande.
Pero pareciera que la titánica tarea iniciada por Prometeo cerrara su círculo y al demiurgo sólo le quedara la agitada distribución del azar como último dominio.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/02/13/sociedad/s-02903.htm







Miércoles, 13 de Febrero de 2008
CARTA A SIMONE DE BEAUVOIR

Una mujer terrible*



Por Liliana Mizrahi *

"La vida del espíritu es exactamente eso: vivir pensando y comprender."
Julia Kristeva, El genio femenino, Tomo 1


Cuando publicaste tu primera novela La invitada (1943), yo recién nacía. No sé bien cómo, pero tus ideas caminaron por el espacio y llegaron hasta mi casa.
Las mujeres, te cuento, seguimos saliendo del sopor de los prejuicios y las convenciones tradicionales y habitamos la lucidez de la vigilia reflexiva. Y vos lo sabrás, las mujeres lúcidas ya no esperan.
Me parece comprender que nuestros conflictos de liberación, como mujeres, estaban trivializados por las convenciones culturales. Simplificar las realidades complejas, trivializar lo problemático, es siempre un drama.
Simone, vos lo sabés: una mujer que conquista su lucidez no tiene retorno.
El camino de la inteligencia es irreversible. Las mujeres estamos dejando de ser ausencias-presencias, secundarias y silenciosas, sumisas y complacientes, ocupamos lugares de poder político, empresarial, económico, intelectual o científico. Sin embargo, el abuso y la opresión existen.
Ahora que te pienso, a 100 años de tu nacimiento, si algo te envidio, es el permiso que tuviste, desde el comienzo, para ser inteligente y crítica, que es el auténtico modo de ser libre. Te resultó más fácil que a otras.
A mí me facilitaste el camino. El anhelo de libertad estuvo siempre en la mayoría de nosotras. Ese anhelo nos da la maravillosa sensación de estar en la vida. La pasión hoy de la mayoría de las mujeres es la misma que vos tuviste: comprender, aprender, saber, comunicar.
En 1927, te licenciaste en Filosofía y escribiste: "Sartre, correspondía plenamente al compañero que yo había soñado desde los 15 años. Era el doble en quien encontraba incandescentes todas mis manías.
Siempre podía compartirlo todo con él" (Memorias de una joven formal).
Viviste en un tiempo interesante de la historia, y lo supiste aprovechar. La posguerra abrió una brecha por la que fluyeron nuevas ideas capaces de representar a una juventud diferente. El existencialismo rompió con los valores del pasado y ofrecía una ética nueva. Existir era reformular la existencia. "Vivir es la voluntad de vivir" (Por una moral de la ambigüedad, 1947).
En 1949 se publicó El Segundo Sexo, el ensayo feminista más importante del siglo XX. (Se vendieron 22.000 ejemplares la primera semana.) Tus ideas caminaron y caminaron por el espacio, la tierra estaba fértil, las conciencias femeninas abiertas y receptivas, era el momento: las mujeres estaban ávidas de libertad y vos comprendiste que la libertad no puede ser retórica o ilusoria, la legitimaste con tu vida. Y aún hoy seguimos aprendiendo que la libertad es comprometida o no es libertad.
Te imagino lo mejor que puedo: con un padre abogado de extrema derecha, que aspiraba y se debatía con ideales aristocráticos, y una madre puritana, ultracatólica. Los burgueses Beauvoir, después de un tiempo y empujados por un abuelo especulador que terminó en la cárcel, cayeron en la bancarrota y
se reconocieron: pobres. Debieron mudarse a un modesto departamento, incómodo y precario.
Vos y tu hermana Helene estuvieron determinadas por una férrea moral cristiana y por los mismos convencionalismos sociales y morales que sumergieron en la ajenidad de sí mismas a casi todas las mujeres. Sin embargo... en poco tiempo (ése es el punto)... reconociste tus deseos. Te diste cuenta de lo que querías, muy tempranamente y lo legitimaste. No opacaste tu conciencia, tuviste permiso para abrirla y darles rienda suelta a tus anhelos. No todas tuvimos ese privilegio, vos sí y lo supiste
aprovechar, de algún modo nos sirvió a muchas.
Sabrás que "el que desea y no obra engendra peste", dice Blake, y eso es lo que pasa todavía con muchas mujeres. Desean y no realizan sus deseos.
A los 15 años, tus deseos comenzaron a crecer y concretarse, te fuiste a estudiar, encontraste un excelente interlocutor en Sartre, viviste y te preguntaste acerca de tu condición de mujer. Miraste a las mujeres con una sensible visión antropológica, conceptualizaste filosóficamente lo que veías y te comprometiste con tus responsabilidades de mujer madura de esa época.
Una mujer contemporánea. Una mujer de tu tiempo. Tuviste ese coraje. Miles estaban ahí, sin voz ni voto, ni en sus propias vidas.
¿Te acordás de Mary Wollstonecraft y las sufragistas inglesas de fines del siglo XIX? Ellas te precedieron, pero... lo tuyo fue escribir, llegar y comunicarte con millones de cabezas femeninas.
Yo seguía con asombro las vicisitudes de tu vida. Mostrabas que otra alternativa existencial era posible, que vos podías, tenías esa osadía. Una alternativa totalmente alejada de la mía.
Con el tiempo, me ayudaste a romper la inercia de una vida tradicionalista, salí de la pasividad y la obediencia, atravesé el aislamiento y me puse a trabajar en la ignorancia de mí misma y también junto a otras mujeres.
Las mujeres de mi generación empezamos a construir nuestras vidas buscando nuestra identidad específica, a nuestra imagen y semejanza. Y expresamos como pudimos el desesperado deseo de renacer como protagonistas verdaderas.
Hoy en día, muchas mujeres somos capaces de cambiar el orden del mundo, si es necesario, pero no cambiar el rumbo ni perder nuestros deseos.
Aun así, todavía perdura la impotencia de no-ser-reconocida, y sigue siendo fuente de resentimiento. Aún nos falta mucho camino, siempre nos va a faltar.
No importa tanto si las mujeres puntualmente te leímos o no, tus ideas llegaron a casi todas, y por eso luchamos, como dirías vos: "para recibir todo de la vida", porque nos queremos y nos sabemos "dotadas para la felicidad".
Cuando El Segundo Sexo fue traducido al español y llegó a Buenos Aires en 1958, yo tenía 15 años. Mi madre no sé si lo leyó o no, pero lo cierto es que me puso a trabajar, ayudaba a chicos a hacer los deberes, ponía ruleros y peinaba, o hacía títeres en los cumpleaños. Y... ahorraba. Prendió en ella
tu idea de que las mujeres, para liberarnos, debíamos trabajar e independizarnos económicamente.
Ayudaste a varias generaciones a reconocer y pensar el camino de la responsabilidad en la creación de una misma. Yo comprendí que ésa era la tarea: el esfuerzo y el compromiso con nuestra evolución. Eso era "hacerse" mujer. No es fácil, es denso, pero es la manera de vivir.
Para muchas mujeres, la opresión que impone la miseria económica no deja mucho espacio para pensar ni hacer grandes cosas. La tarea ahí es sobrevivir.
Te cuento: vivimos entre el exceso obsceno, el despilfarro y la carencia más extrema e inhumana. Es un mundo desbordado de violencia y millones de mujeres viven sumergidas en una pobreza indecente, pero no se rinden, las conozco, son creativas y hacen malabarismos.
También es cierto que muchas mueren, desaparecen, son abusadas, prostituidas o secuestradas. Vos lo sabés, el camino de la libertad no es fácil para nadie, y menos para nosotras.
Conocemos el trabajo liberador y también muchas formas del abuso. Sabemos las virtudes de la independencia económica, pero todavía existe la esclavitud; nos atrevemos más a pensar la maternidad como trampa, pero acá, las argentinas todavía no hemos conquistado la despenalización del aborto y
los varones deciden aún sobre nuestros cuerpos.
Lo que también es cierto es lo que dijiste: "El problema de la mujer ha sido siempre un problema para el hombre".
Yo te recuerdo con mucho cariño. Que descanses en paz, nosotras seguimos con la tarea de hacernos mujeres.


* Licenciada en psicología, ensayista y poeta. Autora de, entre otros libros, Mujeres en plena revuelta.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-98848-2008-02-13.html







 La tierra incomparable*


 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto




CATORCE


Dejaron el bar con la pelirroja y los tres tipos todavía a los gritos. La base de la discusión seguía siendo la misma, pero ahora abarcaba otros temas: cambio de mentalidades, el siglo nuevo, los medios de comunicación. En otro mo­mento hubiese sido divertido permanecer en la mesa y comprobar hasta dónde podía llegar aquel delirio.
—Pueden seguir así hasta la noche —dijo Silvana—,¿También donde usted vive la gente arregla el mundo en los bares?
Encararon el último tramo por la calle vacía. Tampoco ahí se veían personas caminando. Seguían los jardines, las rejas, los perros, las fachadas claras a ambos lados, el si­lencio. Bajo una glorieta, vieron a un hombre joven y muy gordo, sentado, la cabeza entre las manos, hablándole a un pájaro enjaulado. Los golpes de brisa traían de tanto en tanto el rumor de una sierra mecánica.
—Acá no había más que prados y quintas —dijo Agata.
—Ya estamos llegando —dijo Silvana—. ¿Reconoce algo?
—Casi nada. 
—Mire bien. 
—Sé dónde nos encontramos, pero todo es diferente. Si cierro los ojos veo lo de antes, cuando los abro estoy perdida.                                                                                                      
Sólo la luz era la misma. Sin embargo, pese a los cam­bios, pese a las evidencias, Agata todavía esperaba el mila­gro de encontrar la casa y el terreno tal como los conserva­ba en el recuerdo, intocados, preservados. Confiaba en verlos surgir como un oasis en medio de aquella invasión de edificaciones.
Silvana se detuvo:
— ¿Todavía nada?
                              —Nada.                                     
                                         Avanzaron un poco más.                                             
 —Ahí está, ésa es su casa —dijo Silvana.    
Agata, sorprendida, miró y tardó o se negó a identificar­la. Hubiese querido decir que no, hubiese querido no reco­nocerla, porque de alguna penosa manera no era su casa. Pero era. Planta baja y primer piso, el balcón con baranda de hierro todo a lo largo del frente. Estaba entre dos cons­trucciones nuevas que la superaban en altura. El terreno con los almácigos y los árboles frutales había desapareci­do. Quedaba una estrecha lonja de tierra con una doble hi­lera de lajas: el camino de acceso. Lo bordeaban dos mu­ros bajos. Más allá de los muros, otras casas. A Agata todo le pareció pobre y triste. Había llegado. Se lo repitió men­talmente varias veces. Pero lo único que había en ella era desencanto. Tardó en reponerse, sintió el peso del cansan­cio y al mismo tiempo tuvo la sensación de que acababa de cometer un error, de que había visto lo que no debía y que ya no podría dar marcha atrás.
 —Sí—admitió—, es ésa.    
Pasó una moto detrás de ellas. Cuando se perdió volvió el silencio y después, intermitente, el sonido de la sierra mecánica. Agata avanzó unos pasos y se detuvo donde co­menzaban las lajas. Había un portón de rejas, de una sola hoja, estaba abierto.
— ¿Quiere que entremos? —preguntó Silvana.
—Quiero mirar un poco desde acá.
Silvana se colocó a su lado y durante un rato no hablaron.
                                  Agata dijo:                                                
—Esa casa la construyeron mis abuelos y mi padre.
—La empezaron mis abuelos, la siguió mi padre, poco a poco, ladrillo a ladrillo, habitación por habitación. Entonces reparó en que se encontraban a un par de me­tros de donde debería estar el nogal. Hasta ese momento había estado segura de que lo volvería a encontrar. En tan­tas pérdidas posibles, en tantas dudas, aquel árbol era una de las pocas cosas que había seguido viviendo en ella como una imagen indestructible.
—No está más—dijo.    
                           — ¿Qué?                            
—El nogal.
El lugar estaba ocupado por dos macetones con arbus­tos y detrás, apiladas, cuatro cubiertas de coche en desuso. Agata se acercó y estudió la tierra, como si todavía pudiese detectar algún rastro del tronco o las raíces. Después le­vantó la mirada hacia el cielo, hacia el ramaje inexistente.
Entraron y avanzaron despacio por el camino de lajas. Agata siempre buscando alrededor algo que le resultara fa­miliar. A cada paso se detenía y se esforzaba por reinstalar en aquel paisaje nuevo lo que se había perdido. Las vides, el ciruelo, el peral, el duraznero. Tenía recuerdos nítidos de aquellos árboles, podía volver a verlos sin esfuerzo y seña­lar con precisión los sitios que habían ocupado. Hubiese podido dibujar sus formas, los troncos, las ramas. Hubiese podido contar historias ligadas a cada árbol.
—Acá plantábamos las hortalizas, detrás había una franja para el pasto, mi marido lo cortaba y cuando estaba seco lo entrábamos al henil, para el invierno. Teníamos tres ovejas y un par de cabras. Allá estaba el estercolero. En el límite del terreno florecían las violetas.
Cuando se acercaron a la casa oyeron unos ladridos y se detuvieron. Después vieron al perro correr en el extremo de una cadena enganchada mediante un anillo a un alam­bre. El alambre iba de un poste a otro y el animal sólo po­día moverse entre esos dos puntos. Se lanzaba hacia ade­lante y parecía que fuera a estrangularse.
—Por suerte está atado —dijo Agata.
Siguieron avanzando y cuando llegaron al patio de tie­rra el perro estaba terminando de enloquecerse. La casa casi no había cambiado. Una ampliación —dos habitacio­nes en uno de los extremos— no modificaban el aspecto original. Las puertas, las ventanas, seguían en el mismo si­tio. Ágata se acercó, levantó una mano y se movió deslizándola por la pared. Llegó hasta la puerta y tocó la manija.
—Todavía está la pileta —dijo señalando un piletón cua­drado, un metro de altura, adosado a la pared exterior.
Se le cruzaron algunas imágenes. Sus hijos parados dentro del piletón en algún anochecer de verano, riendo y lavándose los pies después de andar descalzos todo el día. Mario con el torso desnudo, inclinado y echándose agua sobre el cuello y la cabeza con un jarro. Ella fregando ro­pa, limpiando la verdura.                                                                    
— ¿Habrá alguien?—dijo Silvana.                                             
Estaba por golpear cuando apareció una mujer en una ventana de la planta alta. Le gritó al perro y lo hizo callar.
— ¿A quién buscan? —preguntó la mujer.
—Sólo queríamos mirar la casa —dijo Silvana.
 —No está en venta.
—No somos compradoras. La señora vivió acá, hace mucho. Se fueron a América
—se volvió hacia Agata—.
                                             ¿Cuánto hace?                                                   
—Cuarenta años —dijo Ágata sin levantar la voz.
 —Hace cuarenta años —dijo Silvana a la mujer—. Esta es la primera vez que vuelve. Quería verla.
La mujer dudó, parecía desconfiar.                
 — ¿Podemos mirar?—insistió Silvana.      
                                   —Miren—dijo la mujer                                            
Siguieron hasta el extremo del patio.
—Acá había una puerta que daba al sótano, donde ha­cíamos el vino —dijo Agata—. La tapiaron.
Mientras se movía y hablaba no podía evitar sentir que la observaban desde la ventana. Aquella mujer estaba den­tro de la casa, era la dueña del lugar y de la situación. Aga­ta estaba afuera, abajo, mendigando. Ese patio había sido todavía suyo en el largo recuerdo y en la nostalgia. El reen­cuentro acababa de despojarla de todo derecho. Ahora sólo podía pedir como favor que le permitieran mitigar un mo­mento su necesidad, recorrer, tocar, tomar prestado.
—Ahí había una higuera y un galponcito donde mi pa­dre tenía la fragua, después lo usamos como depósito para la leña. Acá había una mesa y dos bancos de piedra. Arri­ba, una glicina.
La mujer seguía allá arriba, quieta en su puesto de pri­vilegio. Aquella presencia y aquella mirada pesaban sobre Agata como una humillación. Así era como las sentía. Ha­bía sufrido humillaciones en su vida: durante la niñez, en la adolescencia, cuando fue adulta, y siempre había esgri­mido frente a esas violencias alguna forma de defensa. In­dignación, rebeldía, también paciencia. Respuestas de las que quizá ni siquiera tuvo conciencia en su momento, pero que habían sido el sustento y el resguardo de su dignidad.
La opresión que ahora la dominaba era diferente y confu­sa, la dejaba desamparada, era como si una parte importante de su historia fuera borrada de golpe y dejase de exis­tir. Peor aún, como si no hubiese existido nunca. Estas evidencias no le producían dolor, era un sentimiento más oscuro, que le negaba hasta la posibilidad del dolor, que la anulaba, lanzándola lejos, a una zona de vacío.
                           Oyó la voz de Silvana:                                                           
    — ¿Quiere que le preguntemos algo?                             
                      — ¿Preguntar qué?
—Lo que usted quiera saber.
—Cuánto hace que vive acá —dijo Ágata a media voz. 
 Silvana repitió en voz alta:
  — ¿Cuánto hace que viven acá?
—Ocho años —dijo la mujer—. La casa la compró mi suegro, después vinimos a vivir nosotros.
— ¿Cuánto hace que su suegro la compró? La mujer calculó y dijo distraídamente que haría unos quince años.
— ¿Se acuerda quiénes eran los dueños anteriores? —se animó Agata.
La mujer hizo memoria y encontró el nombre de los viejos propietarios. Agata dedujo que después de la partida y la venta por poder desde Argentina, la casa había pasado al menos por tres manos.
— ¿Y antes de ellos?                     
—Tanto no sé —contestó la mujer.                             
Esto último lo dijo con un tono de impaciencia en la voz y dejó entrever que ya no tenía ganas de seguir infor­mando acerca de su historia con la casa, ni de escuchar lo que esas dos mujeres pretendían contarle. Quizá tuviese cosas que hacer y le estaban haciendo perder tiempo.
— ¿La habrán modificado mucho adentro? —dijo Agata. Silvana transmitió la pregunta.
—Algunas modificaciones se hicieron —dijo la mujer.
Separó los codos del alféizar, se enderezó y pareció que iba a retirarse, aunque volvió a la misma posición, tal vez porque la situación, después de todo, le despertaba curiosi­dad o también para controlar que las dos intrusas se retira­ran finalmente de su patio.
— ¿Quiere preguntarle algo más? —dijo Silvana.   
—No, nada más.
—Déme la cámara.
Agata abrió la cartera y se la dio. Silvana la mostró y preguntó:
— ¿Podemos sacar una foto?
—Saquen —dijo la mujer encogiéndose de hombros.  
Silvana se volvió hacia Agata:
— ¿Quiere?
Agata no contestó porque ahora la propuesta acababa de desconcertarla. ¿Qué significado tenía? Estaba ahí, ve­nida de lejos, extraviada en la luz de la tarde, en ese sitio que le había pertenecido, donde había vivido y trabajado y sufrido y sido feliz, donde había tenido sus primeros en­cuentros con Mario, donde había visto crecer a sus hijos. Estaba ahí y carecía de voluntad. Su expectativa de años se había diluido. Oía una voz preguntarle si quería sacarse una foto y ésa parecía ser la única compensación que le quedaba, una última limosna.
— ¿Quiere? —volvió a preguntar Silvana.
—Bueno —dijo Agata.    
Silvana retrocedió unos pasos, abrió el estuche, levantó la cámara y enfocó a Agata.
—Avance un paso.   
Agata obedeció.     
                             —Quieta.                                
Agata se puso rígida y se sintió como una nena. El mis­mo pudor, la misma vergüenza de una nena a la que le sa­can una foto por primera vez. Silvana apretó el disparador.
—No se mueva. Otra. Silvana cambió de posición.
—Que salga también la pileta —dijo Agata.
—Sale todo —dijo Silvana—. Ya está.
La mujer seguía mirándolas con su actitud indiferente.
—Bien, nos vamos —dijo Silvana.
La mujer asintió con la cabeza. Se despidieron y se en­caminaron hacia la salida.
—Podría habernos invitado a entrar —dijo Silvana.
Apenas pasada la casa, en un costado, había un revoltijo de materiales en desuso: maderas, postes, un rollo de alambre tejido oxidado. Agata tuvo un sobresalto.
—Ahí estaba el gallinero.
Se acercó:
—A lo mejor es el mismo alambre. Siguieron por el camino de lajas. Cuando estaban lle­gando al portón Agata se detuvo y se dio vuelta.
—Antes de irnos mi hijo enterró una caja de lata —dijo.
— ¿Una caja?
                                            —Con sus juguetes adentro.                                                   
                                                          —Un tesoro.                                                                     
                            —Eso decía él.                                   
                     —Igual que los piratas.                        
—Decía que algún día volvería a buscarlo.
— ¿Dónde lo enterró?      
—Justo acá, cerca de donde estaba el nogal.
                                          —Sería bueno desenterrarlo.                                              
—Pasó tanto tiempo, ya no debe quedar nada.
Cruzaron el límite de la propiedad, estuvieron nueva­mente en la calle y a Agata le vino a la memoria la mañana de su partida. Le parecía que ahora, más que aquella vez, salía de esa casa para siempre.




 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.







Martes, 12 de Febrero de 2008
La cocaína y la ciencia*



*Por Adrián Paenza


Algunas preguntas:
¿Cuánta cocaína se consume por día en la Argentina?
¿Cómo varía por ciudad?
¿Qué diferencia hay en el consumo, entre los días laborables y fines de semana?
¿Cómo incide el poder adquisitivo?
¿Cuánto dinero involucrado hay?
¿Cómo varía con el tiempo?
Podría seguir, pero prefiero parar acá, aunque le pido que sea generoso por un par de párrafos hasta que pueda mostrar cómo la ciencia y una idea revolucionaria pudieron y pueden cooperar.
No fue casual que hubiera elegido la cocaína. De hecho, me voy a apoyar en un estudio que se conoció en el año 2005 en Italia, siguió en Suiza en el 2006 y se extendió a una parte de España (Barcelona y Catalunya) en el 2007.
Era un camino inexplorado hasta acá y tan ingenioso como riesgoso para poder contestar las preguntas que figuran más arriba..., pero valió la pena.
En realidad, cualquier gobierno necesitaría poder contestar esas preguntas, si le interesa tener un relevamiento de lo que está pasando en la sociedad y de esa forma poder cuidar la salud de los ciudadanos y establecer políticas preventivas en consecuencia.
Un grupo de investigadores italianos, liderados por Ettore Zuccato, del Instituto de Farmacología de Milán, utilizó un procedimiento inédito: decidieron medir los niveles de una sustancia llamada benzoilecognina (a la que voy a llamar BE a lo largo de este artículo) que es eliminada a través de la orina solamente por aquellas personas que son consumidoras de cocaína.
Lo extraordinario es que midieron los niveles de BE en dos lugares muy particulares:
a) En las aguas del río Po (el más caudaloso e importante de Italia).
b) En cuatro piletones hacia donde confluyen las aguas residuales (cloacales) domésticas de más de cinco millones de italianos que viven cerca de Milán.
Lo que encontraron los impactó: en cuatro mediciones distintas, las aguas superficiales del río Po llevaban el equivalente de ¡4 kilos de cocaína diaria! Esto les permitió extrapolar los datos y concluir que se consumían en esa zona ¡40.000 dosis diarias! o, lo que es lo mismo, siete dosis por cada 1000 personas por día.
Afinando el estudio y considerando que la droga tiene un impacto mayor entre los jóvenes de edades que van entre los 15 y los 34 años, los resultados son más asombrosos: 27 dosis por día por cada 1000 personas de ese grupo.
Los datos oficiales del año 2001 decían que en ese grupo el consumo era de aproximadamente 15.000 dosis ¡por mes! Ellos afirman que el consumo linda con las 40.000 dosis por día.
Como todo estudio serio, necesita de confirmaciones por otras vías, o verificaciones por otros grupos para darle validez. Entonces, luego de medir las aguas del río Po, se abocaron al estudio de lo que sucedía en los piletones..., y ya sin tanta sorpresa descubrieron que todo cerraba, todo era consistente.
Más aún: para corroborar que la metodología (y los lugares) que eligieron para medir eran los adecuados, tomaron un grupo de drogas que los médicos prescriben habitualmente.
Seleccionaron las 30 más usadas (ibuprofeno, ansiolíticos, calmantes, anti-histamínicos, anti-depresivos, anti-inflamatorios, etc.) y estudiaron los niveles que aparecían en las mismas aguas en donde habían testeado la existencia de BE.
Los niveles que obtuvieron en todos los casos para todas las otras drogas eran los esperables.
La conclusión resultaba obvia: “Si funciona con las drogas ‘legales’, debería funcionar con las otras también”.
El informe incluye también un –mínimo– análisis del negocio involucrado. Haciendo cuentas muy groseras, si hay un consumo de 4 kg diarios de cocaína, implica un total de 1500 kg por año, lo que a un valor (en la calle, en Italia, en ese momento) de 100 dólares por cada ¡gramo! resulta en un total de 150 millones de dólares..., y sólo en la gente involucrada en el área de estudio.
El estudio tuvo impacto en Europa en forma inmediata. Lo repitieron en distintas ciudades, pero quiero detenerme en dos lugares en particular:
a) En una pequeña ciudad en Suiza (Saint-Moritz), un lugar dedicado –casi con exclusividad– a esquiar, con una población estable estimada en alrededor de 5600 habitantes, pero que está siempre “repleta de turistas”. Allí detectaron que se consumían 1400 dosis de cocaína ¡por día!
b) En Barcelona y alrededores, un área que abarca a 3.200.000 personas. Ahí el resultado es más impactante aún: se consumen ¡más de 73.000 dosis de cocaína por día! Concluyen los autores que estos datos casi duplican los que se obtuvieron no sólo en Milán, sino también en Valencia. Y otro dato interesante: el consumo también se duplica durante los fines de semana y los días feriados.
Es obvio que el BE encontrado en todas las mediciones tiene que ser menor que el que mide el consumo real, aunque más no sea porque más allá de recolectar la orina de las aguas cloacales, hay mucha gente que no necesariamente vive en condiciones que incluyan un baño. Por lo tanto, es difícil medir lo que se pierde. Es más: si hay imprecisiones en la medición, es por defecto y no por exceso.
Estos son sólo algunos ejemplos.
El impacto que produce el estudio es obvio. No hace falta ser muy ingenioso para darse cuenta de que esto permite hacer un relevamiento de la realidad sin necesidad de invadir la privacidad de nadie y en forma totalmente anónima. Lea de nuevo: no viola la privacidad de nadie y es absolutamente anónimo. ¿Les interesará igual a aquellos a los que sólo les importa punir, perseguir, castigar, especialmente si se trata de gente “pobre”?
Al mismo tiempo, permite entender un poco mejor la realidad que nos rodea y obrar en consecuencia. Pero, por supuesto, hay que tener la voluntad de hacerlo y reconocerle a la ciencia (y a los científicos) el lugar que les corresponde dentro de esta misma sociedad.


* Carlos D’Andrea, matemático argentino, doctorado en la UBA, ex profesor en la Universidad de California en Berkeley y actualmente profesor en la Universidad de Barcelona, es coautor intelectual de este artículo.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-98798-2008-02-12.html


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EN PEQUEÑOS LENGUAJES PRIVADOS...

Publicado en General el 10 de Febrero, 2008, 10:06 por EDITOR INVENTIVAsocial
Del no tener lo que se tenía*



Cuando yo todavía tenía
"toda la vida por delante"

a la muerte no la tenía
tan
cocoritamente
por detrás.


*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar




EN PEQUEÑOS LENGUAJES PRIVADOS...




SIN ESPERAR A LA EDICION TRADICIONAL EN LAS PAGINAS DE UN LIBRO, AHORA MUCHA POESIA SE ESCRIBE Y PUBLICA EN LOS BLOGS

Los poetas jóvenes encontraron en Internet una puerta abierta al público


Es una vuelta a la antigua tradición oral y comunitaria de la poesía, dicen los escritores. Hablan de su experiencia y destacan que la red informática es un bienvenido puente entre autores y lectores.


*Por:  Gisela Antonuccio
Fuente: ESPECIAL PARA CLARIN
 
 
Desconocieron la indulgencia en todas las décadas, como si ésa fuera una gracia para la que su casta nació exceptuada. Desde 1920 a hoy, las distintas generaciones de poetas persiguieron la luz para sus obras a través de un mismo motor: obstinación. Creaban sus revistas, convocaban a encuentros de lectura y fundaban editoriales, aun con el riesgo o fracaso que encerraban. El decenio que corre no es la excepción. Como sus predecesores, los nuevos poetas buscan caminos alternativos y copian muchos de aquellos recursos para hacer circular sus textos. Pero un detalle los distancia. Para la nueva generación, el libro asoma en su horizonte como un soporte lejano, inalcanzable y hasta casi prescindible.
En esto de descartar el libro como posibilidad, Internet apareció como la herramienta para reparar esa carencia. Desde ahí tienden puentes a través de blogs. También encuentran en el arte una variante. Fanzines, trípticos pintados a manos y creaciones en origami son algunos de los soportes en que "viaja" su poesía, que distribuyen en librerías, bares, centros culturales o en las lecturas en recitales públicos. Claro que esa elección en algunos casos es una opción, en otras, una resignación. "El libro tiene una cantidad de lectores potenciales muy grande, que se apaga en una librería donde hay muchos libros o cuando algunos de ellos tienen un aparato promocional atrás", dice Hernán Lucas (Bs.As, 1974), quien pertenece al grupo de los poetas-libreros (es dueño de la librería Aquilea) . Y aunque acaba de editar su segundo libro de poesía, Prosa del cedido por el otro (Paradiso), sostiene: "Hay otros ámbitos más pequeños donde el texto llega de un modo más directo".
A esos ámbitos se refiere Selva Dipasquale (Bs.As, 1968), quien modera un blog (lainfanciadelprocedimiento.blogspot.com) y acaba de publicar Meditaciones en el bosque (Ediciones en danza). "Hay pocas posibilidades de publicar, entonces los autores nos gestionamos los propios libros, nos pagamos las publicaciones y la poesía toma la forma de blogs. Pero además la poesía tiene el componente de la oralidad, y por eso tiene la posibilidad de circular en ciclos".
La oralidad es un aspecto que ayuda a "salvarla", dice Nurit Kasztelan (Bs.As., 1982). Para ella, "la poesía tiene una instancia declamatoria que existe desde la antigüedad, hay algo adicional que se transmite con la voz y en eso de ver al poeta y escucharlo recitando". En 2007 publicó Movimientos incorpóreos (Huesos de Jibia) y coordina ciclos de lecturas en un blog (lamanzanaenelgusano.blogspot.com).
En poesía, el libro no siempre funciona como garantía, temen algunos. Germán Weissi, uno de los editores del fanzine "Color Pastel" (colorpastel.blogspot.com), dice: "Al libro hay que llegar, y llega quien lo busca y lo quiere. La gente no va a curiosear a ver qué encuentra en poesía". Para Weissi, por eso, "los blogs sirven para promocionar al autor y estimular a que sea buscado en las librerías". Además Weissi es creador de "Proveedora de Droga" (ediciones-pdd.blogspot.com), una editorial independiente de poesía y arte plegable, que funciona también en Barcelona a través de editorial Ozono.
El libro es una meta difusa también para Clara Muschietti (Bs.As., 1978), quien participó de la clínica de poesía coordinada por Fabián Casas en el Centro Cultural Rojas, aunque en 2007 publicó La campeona de nado (Irojo) y escribe en un blog (bailaregados.blogspot.com). "El blog tiene inmediatez y es un fogueo para los textos, por que a través de los comentarios podés recibir devoluciones. Por ahora me sirve. Escribir pensando en publicar es algo que no se me ocurre".
Para Sebastián Hernaiz (Bs.As.,1981), de la revista digital de arte y literatura "elinterpretador.net", las páginas de los blogs "son como la publicidad en los baños, una alternativa más. Los ciclos de lectura ganaron publicidad gracias a Internet". Pero pareciera que no es el libro como objeto lo que está en crisis, sino un entramado más complejo. "Las editoriales desaparecieron como generadoras de bienes simbólicos. Están en manos de tecnócratas y los editores son fantoches que trabajan desde una oficina pensando qué se puede vender", opina Walter Cassara, poeta y responsable de la editorial Huesos de Jibia, que además de editar a nuevos autores realiza una tarea de rescate de poetas como Eugenio Montale.
En esa dirección aporta Mori Ponsowy (Bs.As.,1967), licenciada en Filosofía (Bs.As.), master of Fine Arts in Creative Writing (Boston), con varias distinciones como Enemigos Afuera -Premio Nacional 1999- y publicaciones. Ella fundó la revista "La mujer de mi vida", que cerró hace poco. "El mercado también se devora al individuo, nos convierte en personas anónimas y cada uno quiere ser especial, hacerse oír; las tecnologías son un medio y están ahí". Pero una cosa es la producción y otra la edición, separa Carlos Aldazabal (Salta, 1974), docente y fundador de la editorial El Suri Porfiado (elsuriporfiado.blogspot.com), nacida con el objetivo de publicar voces nuevas y también aquellas poco difundidas, como Bernardo Canal Feijoó y Juan Carlos Bustriazo Ortiz. "Uno escribe a pesar de que no circule y tenga los canales de circulación cerrados. Si se nació en un provincia, la cuestión es más difícil. Hay que luchar para entrar en Buenos Aires y ser reconocido como poeta argentino, sino uno se queda sólo como poeta patagónico", ejemplifica. Y agrega, "frente al abandono de las editoriales, la poesía asume distintos caminos de distribución. Es tarea de los poetas encontrar un público".
Claro que Internet también genera dudas. Para Cassara, "está muy bien como medio de difusión, pero no tiene nada que ver con la literatura. Produce la hiperdemocratización de la escritura y eso es fantástico, pero no creo que cambie la situación de la literatura". Ocurre que, por momentos, la poesía pareciera ser "endogámica", como apunta Kasztelan, "hay un prejuicio de que la poesía requiere un tipo de atención especializada". También, acota Muschietti, "se suele pensar que la poesía es algo que sólo empieza con un ¡Oh!". Ponsowy apunta que "la poesía sigue siendo para una elite, no sé si mejor o peor. Ni siquiera los narradores argentinos leen poesía, y no vamos a decir que es porque sean menos sensibles. Es una cuestión de pequeños grupos. A veces en una lectura de poesía no entiendo ni la mitad de lo que oigo, y el auditorio aplaude y me siento tremendamente minusválida. Aprendí que tal vez también quienes me leen a mí no me han entendido, aplauden quizás por contagio o por urbanidad. Así la poesía se convierte en pequeños lenguajes privados".


José Luis Mangieri, una leyenda viva

Se llama José Luis Mangieri, nació en Buenos Aires en 1924 y es casi un mito viviente entre poetas y editores. Para él la poesía será siempre "el género literario de la resistencia". Mangieri lo aprendió desde que en 1964 fundó y dirigió junto a Carlos Brocato una famosa revista y editorial, "La Rosa Blindada", que "tenía una tirada de 5.000 ejemplares y la sacábamos cuando podíamos". Recuerda la época en que "hacíamos grandes recitales en sindicatos a los que acudía un gran público, después eso se fue opacando". La última dictadura dejó "secuelas que están subyacentes en la actualidad, lo que pasó fue un vendaval". Cree que hoy "el espacio entre poetas es más íntimo, no tienen demasiado interés en salir afuera". Frente a los blogs, Mangieri cree que "el libro sigue siendo un instrumento de trabajo y va a existir siempre, jamás será reemplazado". Igual que la poesía dice, recordando la frase de Rimbaud "mirad la vida". Es que "la poesía resiste la mediocridad del medio ambiente, es futuro".


*FUENTE:
http://www.clarin.com/diario/2008/02/10/sociedad/s-04415.htm



CULTURA
Historias de resistencia cultural

Todas las épocas encontraron a los poetas "resistiendo", porque su mensaje incomodaba al poder político de turno, porque las editoriales les daban la espalda, o porque el público lector -presionado por otras urgencias más vitales- ignoraba su existencia. A riesgo de una injusta síntesis, la década de 1920 fue la de los grupos "Florida" (Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo) y "Boedo" (Elías Castelnuovo, Antonio Zamora), donde los poetas se congregaban para exponer sus ideas y obras. En los años 40 confluyeron en "Canto", una "revista de combate por la poesía" -así decía- que tuvo apenas dos números, dirigida por Miguel Angel Gómez y donde colaboraba Olga Orozco. Su sucesora fue "Huella", dirigida por José María Castiñeira de Dios. La década del 50 encontró a los poetas agrupados en "El Pan Duro", que organizaba recitales públicos de poesía en clubes de barrio, con escritores como Héctor Negro y José Luis Mangieri.
Esa práctica se extendió hasta los 60, con Juana Bignozzi, Juan Gelman y Raúl González Tuñón. Mucho se hizo en dos sellos creados por Mangieri, "La Rosa Blindada" y "Tierra Firme". La dictadura de los años 70 arrasó con las ideas y vidas de muchos poetas, entre ellos Miguel An gel Bustos. En los años 80 se recompusieron de la barbarie y algunos confluyeron en "Diario de Poesía", dirigido por Jorge Aulicino. La globalización de los 90 y la consolidación de grupos editoriales los descubrió sin la ilusión de Primer Mundo y con proyectos autogestionados, como Fabián Casas y Martín Gambarotta.


*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2008/02/10/sociedad/s-04502.htm
 







 La tierra incomparable*


 (fragmento)

*de Antonio Dal Masetto




 NUEVE

Agata tomó los medicamentos, hizo la cama y recordó que tenía toda la mañana para sí. Eran las primeras horas desde su llegada en que podía relajarse y reordenar sus ideas. Bajó, saludó a Sor Teresa, que estaba pasando la lus­tradora al piso del comedor, se detuvo en el patio para mi­rar el cielo, cruzó el portón y salió del colegio.
Bordeó un largo muro donde crecían las enredaderas y se asomó a un declive con olivos cargados de aceitunas ne­gras. Un camino de tierra serpenteaba hacia el valle. Había una gran franja de neblina al fondo, muy densa, que tapa­ba la base de los montes pero dejaba ver la línea de las ci­mas oscuras. Era un paisaje aéreo, entre azulado y gris, con siluetas de árboles y torres. A la derecha de los olivos, en la mitad de una loma coronada por una capilla y el campanario, vio un grupo de ovejas fijas y el temblor de algunas columnas de humo. A la izquierda, una casa de paredes color salmón y tejas oscurecidas por el tiempo. Detrás de la casa se extendía la curva suave de una parcela de tierra arada. Se oían ladridos de perros, algún pájaro, y de tanto en tanto resonaban, lejos, cerca, los disparos de los cazadores. Era una hora tan serena y Agata se sentía tan bien después de esos días de sobresaltos que en ella no ha­bía más que paz. Miraba todo y trataba de contarse a sí misma lo que veía, tal vez para disfrutar aún más de ese momento, tal vez para la memoria futura. Comenzó a ba­jar hacia el valle fantasmal, registrando lo que descubría a ambos costados del camino: un castaño, un nogal, robles, viñedos. De cuando en cuando detenía la marcha y pensa­ba en otros valles, los de su pueblo, a los que mañana vol­vería. Sentía que en ese camino ya se insinuaba el reencuentro, comenzaba a manifestarse, a hacerse visible, aquello que todavía no podía ser visto. Todo lo que su mi­rada ávida registraba despertaba un sentimiento de aproximación. Había temido —por eso se había empeñado en que su nieta dibujara aquel mapa— que hubiese desapare­cido todo, que ya no encontraría nada. Pero ahora sabía que estas cosas la estarían esperando. Arbustos, hojas se­cas, mechones de pasto, piedras, flores silvestres, insectos. Cada detalle del paisaje era un anticipo de aproximación.
Siguió bajando. Más allá de un terreno sin árboles co­menzaba un bosque. También la oscuridad que nacía con la espesura le trajo recuerdos y la acercó a otros tiempos. Eran imágenes simples y claras, y volvían con la fuerza de entonces. Agata sentía que con sus ochenta años renacían en ella los ojos de la niña que había sido, que su manera de mirar, en esa mañana otoñal, era la misma, que todavía es­taba capacitada para asombrarse y descubrir y temer. Ha­bía unas hileras de parras cargadas de uva negra. Una zan­ja separaba a la viña del camino. Agata buscó un lugar donde poder cruzar. Bajó con cuidado, tomándose de un arbusto, trepó al otro lado, llegó hasta la vid y arrancó dos granos de uva de un racimo. Se los colocó entre los labios y los apretó para que el jugo se le derramara en la boca. Reconoció el gusto dulce y fuerte. Era la primera uva que probaba desde su regreso. Recordó las vides del terreno de su casa, su padre vendimiando, Mario vendimiando, y des­pués el sótano, la uva en la tina y el olor a mosto. Caminó hasta la zanja para subir al camino, pero dio media vuelta, regresó y arrancó el racimo entero. Entonces, de nuevo, acudió a ella un lejano sabor de cosa joven: el placer del robo. Pero esa sensación no le venía desde una experiencia suya, en Trani, sino de la imagen de sus hijos sorprendidos robando frutas en las quintas vecinas, por el solo gusto de hacerlo, ya que tenían sus propios frutales. Alcanzó el ca­mino y siguió hasta el final de la cuesta. Vio otra casa, un gato echado junto a la puerta, un hombre que arrancaba panojas de maíz. Oyó y luego descubrió un avión en direc­ción a Fiumicino. Las columnas de humo de los rastrojos seguían elevándose y se perdían arriba, en la neblina tenue que comenzaba a abrirse, iluminada desde atrás, desde adentro, por el primer sol. Cuando Agata terminó con la uva arrojó al pasto el racimo vacío y emprendió el regreso.
Después llegó rápido el mediodía, el almuerzo y el viaje a Roma con Sor Verónica. Le entregaron el pasaporte. Pa­saron por la compañía de aviación. Fueron a la estación de trenes y sacaron pasaje. Partiría a las diez de la mañana. Regresaron cuando comenzaba a oscurecer.
Agata se acostó temprano. Se despertó en la mitad de la noche y se sentó en la cama. Miró la hora, calculó el tiem­po que faltaba para el amanecer y permaneció así, escu­chando, inquieta y alerta, como si algo no previsto tuviese que ocurrir. Las certezas que le había brindado aquel pa­seo por la mañana se diluían en este silencio nocturno. Ahora en su mente no había más que dudas. Desfilaban preguntas rápidas y confusas, nada concreto, nada claro, intuiciones, chispazos, como si en la cabeza le explotasen permanentes juegos de artificio cuyas figuras no termina­ban de conformarse. Le llegaron imágenes de una mujer que era ella recorriendo las calles del pueblo, pedaleando en su bicicleta, entrando y saliendo de la fábrica. ¿Qué subsistía en común entre la que partió y esta que volvía? Tal vez nada, ya. Tal vez sólo el lazo establecido por la me­moria engañosa. La memoria que había ido modificándose y agigantándose y traicionándose. Ahora la noche era la única barrera que separaba lo que había sido de lo que se­ría. Y Agata no estaba de un lado ni del otro, estaba en la noche y en la barrera. Y, mientras durase, todos sus años permanecerían agolpados contra ese muro de oscuridad, hasta que el canto de los gallos y la primera luz los liberara de esa tensión y también ellos irrumpieran en la explosión del nuevo día. Entonces el pasado se encolumnaría con el presente y, cuando se sentara en el tren, cuando el tren arrancara, entraría realmente en la última etapa del regre­so, y las horas la llevarían rápido a la estación de Trani, donde comenzaría a develarse el gran interrogante, donde la esperaban caras que tal vez no reconocería.
Agata pensaba en estas cosas, se dejaba llevar por una idea y por otra, en ella no había más que entrega y un estu­por manso. Después se deslizó bajo la manta y se durmió. Cuando abrió de nuevo los ojos todavía estaba oscuro, pe­ro una claridad imprecisa revelaba el rectángulo de la ven­tana. Bajó de la cama, se asomó y vio el cielo que comen­zaba a teñirse sobre los montes del otro lado del valle.



DIEZ

Resultó que dos monjas viajaban a Ferrara esa misma mañana. Sor Teresa se las presentó.
—Nuestro tren sale poco después que el suyo —le dije­ron—, venga con nosotras, de paso dividimos el costo del taxi.
Agata se despidió de Sor Verónica en el portón de entra­da, agradeció y quedaron en que le avisaría antes de su regreso deTrani.
Cuando llegaron a Termini, mientras una de las mon­jas buscaba un carrito para las valijas, la otra hizo cuen­tas, le pidió su parte a Agata y le abonó al chofer. A Aga­ta no le quedaron claros los números y tuvo la impresión de que había terminado pagando la totalidad del importe del viaje.
Cruzaron el hall de la estación donde había una activi­dad de hormiguero. También ahí andaban gitanas mero­deando. Pero sobre todo le llamaron la atención grupos de­tenidos acá y allá, la mayoría africanos, indolentes, charlando, las mujeres con sus ropas coloridas. Era la misma gente que había visto en las calles y de la que le había hablado Sor Verónica. Al pasar, Agata alcanzaba a oír sus idiomas extraños y pensó una vez más en la foto del diario y en el barco a la deriva.
Las monjas la llevaron hasta el tren, buscaron su vagón, subieron con ella, ubicaron su compartimiento, le desea­ron buen viaje y se fueron. Ya había varias personas senta­das y Agata, para no molestar, dejó la valija en el pasillo, a la vista, y fue a ocupar su lugar. La acompañaban una pa­reja mayor, una muchacha de lentes y un muchacho con los auriculares puestos, que mantenía los ojos cerrados y no cesaba de carraspear.
—Señora —le dijo la mujer—, no deje la valija afuera, andan bandas de ladrones recorriendo los trenes, se lle­van todo.
La ayudó a entrarla y a colocarla en el portaequipaje. La muchacha se levantó y dio una mano. El muchacho si­guió con los ojos cerrados y carraspeando. El hombre ob­servó el operativo sin moverse, tenía una muleta parada a su lado.
—Ahí está más segura —dijo el hombre sonriendo con complicidad—, más vale prevenir.
Agata devolvió la sonrisa y se sentó. En las paredes, atornillados, había cuadritos con paisajes y fotos de monu­mentos. Se notaba que la calefacción estaba funcionando. El asiento era cómodo. Por el pasillo pasaron tres tipos.
—A esos tres los conozco, viajo siempre por acá, son la­drones —dijo la mujer.
Contó que unos meses atrás, un señor muy amable y co­rrectamente vestido, que la había ayudado a colocarse el tapado al llegar a destino, le había robado una cadenita de plata.
—Qué rapidez. Todavía me estoy preguntando cómo hizo para quitármela sin que me diera cuenta. A mí siempre me daba trabajo ese cierre.
—Son artistas del mal —dijo el hombre.
Ambos eran cordiales, habladores y curiosos. Le die­ron charla también a la muchacha de lentes, le pregunta­ron de dónde era y adonde iba, se quejaron de los trenes, de los horarios, de la seguridad. La muchacha era vende­dora en una casa de ropas, en Milán. La mujer dijo que conocía la firma, el marido y ella habían nacido y vivido siempre en Milán, aunque ahora pasaban parte del año en una casa en la campaña. Hablaron de modas, de telas y de precios.
En la puerta del compartimiento apareció un mucha­cho, muy flaco y pálido. Pidió que lo ayudaran, contó que había extraviado su dinero o tal vez había sido robado, no estaba seguro, vivía en Verona, necesitaba reunir para el pasaje y así poder volver a casa.
—El discurso es muy lindo —dijo la mujer—, pero de­bería aplicar esa capacidad y esa energía en cosas útiles.
El muchacho no le hizo caso y siguió hablando. La mu­chacha de lentes, después de escucharlo un rato, sacó unas monedas y se las dio.
— ¿Por qué le da? Toda esa charla es una mentira —dijo indignada la mujer.
—También es posible que esté diciendo la verdad.
—Es un invento, esa historia la escucho todos los días.
—Ni él se va a enriquecer con esas monedas ni yo me vuelvo más pobre.
—Usted sabe bien que piden para su dosis de droga.
— Puede ser—dijo la muchacha y se encogió de hombros. Se ganó la antipatía del matrimonio mayor que ya no le volvió a hablar. La mujer se dirigió a Agata:
— ¿Sabe cómo lo hacen en algunos casos? En una calle oscura hay una pared con un agujero. El drogadicto se arremanga y mete el brazo. En la mano tiene la plata para la dosis. Del otro lado está el vendedor que lo inyecta. No se hablan. Así es más seguro. El que está afuera ni siquiera ve lo que le están metiendo en las venas. Pasa el brazo por el agujero y después se va. ¿Qué le parece?
Mientras hablaba miraba de reojo a la muchacha. —Así está la juventud —concluyó el marido. La muchacha se recogió el pelo y se lo aseguró con una hebilla, limpió los anteojos en la camisa, se cruzó de pier­nas y abrió un libro. Pasaba rápido las páginas y, mientras leía, sus labios no cesaban de moverse.
A último momento llegó una mujer gorda y jadeante, pidió permiso, se desplomó en su lugar junto a la ventani­lla, resopló un par de veces, sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente y por la boca.
El tren arrancó con suavidad, sin ruido, sin que nada lo anunciara, y se deslizó fuera de la estación. El hombre aca­baba de controlar su reloj y comentó para todos que, tra­tándose de un rápido, si no llegaba a horario tenían dere­cho a pedir el reembolso del importe del pasaje. El muchacho de los auriculares seguía carraspeando y la mu­jer gorda se puso a leer una revista de fotonovelas. De vez en cuando tosía, se ponía más roja, se quedaba sin aire. Te­nía una botella de agua mineral y tomaba para aliviarse. Se durmió con la revista sobre las rodillas. Un minuto des­pués abrió los ojos, siguió leyendo, dio vuelta una hoja y volvió a dormirse con la boca abierta. Soltó un ronquido y eso la despertó de nuevo, pidió disculpas, se durmió, otro ronquido y otra disculpa. Por el acento se notaba que era del sur. Se quejó de que no se sentía bien, estaba viajando de Napóles a Florencia, no había comido nada desde el día anterior, sólo tomaba agua, pero también el agua le caía mal, se ahogaba. El matrimonio la escuchaba con una ex­presión que revelaba más censura que interés. La gorda abrió el bolso, sacó un paquete de galletitas y las devoró mientras seguía concentrada en la fotonovela. Terminó con el paquete, se levantó, fue al pasillo y se puso a fumar un cigarrillo tras otro. La mujer de Milán giró hacia Agata e hizo un gesto que significaba: "¿Qué se puede esperar de esta gente?".
Agata veía por la ventanilla la huida de casas y edificios y se dijo que por fin estaba en viaje. Pensó que ninguno de sus acompañantes podía sospechar lo que significaba para ella. Le hubiese gustado compartir con alguien ese mo­mento. La ciudad quedó atrás y comenzó una campiña on­dulada. Agata entrecerró los ojos y prestó atención. Lo que percibía era un ronroneo monótono, como un acunarse, y de pronto un salto y luego otra vez el deslizamiento y el ba­lanceo suave. Pese a los párpados cerrados percibía cómo pasaban golpes de luz y de sombra. Siguió un rumor sor­do, como el de una masa de agua avanzando y creciendo desde lejos y que no terminaba de estrellarse. Después hu­bo un gran sacudón y una mancha fugaz contra la ventani­lla: un tren en sentido contrario. Agata abrió los ojos y le pareció que la velocidad había aumentado todavía más, y que esa aceleración superaba las posibilidades del tren y la resistencia de su estructura. Ahora se bamboleaba, tembla­ba y la expresión devorar kilómetros se volvió para Agata una sensación física. El tren devoraba, devoraba, era una flecha, un bólido lanzado por una pendiente, obligado a una aceleración cada vez mayor. Tal vez ya no estuviese ad­herido al suelo, tal vez hubiese vencido la fuerza de grave­dad. Ágata, mientras veía el paisaje girar veloz del otro la­do de la ventanilla, sentía crecer en ella la excitación, pero también una gran serenidad. Acurrucada en su asiento, entregada a esta experiencia nueva que venía a visitarla, es­peraba.
Y después, cuando la velocidad parecía alcanzar su gra­do máximo, lo que Agata percibió fue un silbido fino y sos­tenido, un hilo metálico vibrando detrás de los demás rui­dos. El silbido creció, tapó el resto y se convirtió en silencio. Entonces ingresaron en una zona donde el vértigo de la ca­rrera fue reemplazado por la quietud. Ya no velocidad sino quietud. El tren se deslizaba sin sonido, sin sacudidas, y Agata tuvo la impresión de que flotaban en ese día otoñal, eran como un viento desplazándose sobre una gran superficie en calma.
Y a partir de ahí sintió que las cosas ocurrían al revés, que no era ella la que avanzaba, sino que todo venía a su encuentro. Ella permanecía inmóvil en algún lugar, junto a un vidrio detrás del cual corría el mundo. Vio pasar pue­blos apiñados en las cimas de las colinas, iglesias, campa­narios, castillos, muros almenados, valles, ríos correntosos, puentes, caminos que se perdían, una bandada de patos sobrevolando una laguna, saltos de agua, álamos, abedu­les, un rebaño de cabras trepando hacia la cima de un monte donde se erguía una fortaleza, viñedos, manchas de colores, verdes, ocres, amarillos, rojos, estaciones, trenes, andenes, mujeres y hombres junto a sus valijas, vías que se bifurcaban, barreras y señales, carteles con nombres fami­liares y otros desconocidos, torres de agua, columnas de electricidad, acueductos, edificios, ropa tendida en las ven­tanas, desarmaderos de autos, una planta de caquis carga­da de frutos, rectángulos perfectos de campos cultivados, ramas retorcidas surgiendo de la neblina, gente encorvada trabajando la tierra, fardos, de pasto, una hilera de árboles altísimos sobre el fondo gris, casas sólidas y aisladas en la llanura, bosques, nubes, un gran perro ladrando en un balcón, fábricas, máquinas excavadoras, camiones, grúas, si­los, tractores, chimeneas humeantes, un jardín lleno de flo­res, pájaros oscuros en un cielo que amenazaba tormenta, nuevamente montañas.
Allá afuera las cosas seguían llegando y huyendo. Toda­vía formaban parte de la vigilia, de la espera. Paciente, Agata las miraba pasar. Sabía que en el extremo de esa lar­ga cinta, en alguna parte, estaba también la estación de su pueblo, y que en cualquier momento vendría por fin a bus­carla.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.







Chapaleo...*


En el mundo cuadrado de la alberca piscina se entretejen, afuera del lenguaje, la fronda medianera y el musgo bajolagua,
Espejeo en contraola,
Como aroma y memoria en melodía...

Mis bateleros pies persiguen descansancio
Y yamismo lo alcanzan y consiguen
En el fresco estupor que se desbasta en cielo,
Y traen hacia mis dentros la loción de las brisas azules del tiempo en flor...

Yo remo a pies, sentado, como si remara en lo inmanente, en lo perenne, en lo absoluto. Absoluído, sí, absuelto, yo, digamos: absoltado...

Me digo: yo remo como reman las árboles.
Y las luces de la  luz se portan como las chicharras, brotando allá, trepando linde, entonces
Traduciéndose, para que las dueñas de casa, en fin pero sin fin,
Hagan lo que hacen, metiéndoseme dentro,
Ellas, mi descansancio, mi estímulo: ¡adelante,
Poeta!, mientras yo,
Todaviaún sonriendo,

Chapaleo...


(*)


Semi Poema

Por el vasto silencio, amanece.
El mundo hace como si latiera...

Miro las frondas: pájaros puntuales
Hacen su ruído azul, desflorando al rocío...

Ahoraquimismo, en los relojes, hay solamente cuadrantes de agua.
Sin nombre, los objetos, en toda vía y aún...

La gente en la calle va casi sin máscara.
Vehículos bostezos de fierro.
Habrá sol: si hay nubes, tras las nubes...

Bajo las frondas puedo cantar almado
Imaginando asuntos e ilusiones.
Así es cómo me calzo la carne de durar...

Han seguido el silencio y el amanecer
Siempre
               De sol
                            El día...

Lo que late es mi corazón:
He equivocado, para prepararme a convivir
Los penosos errores  cotidianos...

Las ventanas me reflejan: resulta pues que marcho sonriendo...

Lo celebro,
Porque estoy convencido...

Es que la vida me ha enfermado de luz...



(*)

Sigue habiendo una vez...

Ha mejorado mucho sus gorjeos, el niño que juega en ese patio...

Se despide de todas las cosas, las halla de nuevo, y gorjea afinado a las brisas, sembrando, él también, en los meses sin R para las abejas y las mariposas por venir, sobre la lengua de verdeos que siempre hay...

En ese patio, jugábamos rayuela. Ahora, gorjea un niño...

La luz del sábado pasea su mañana despacito, para no molestarlo. Para mejor nutrirlo: se sabe que su fantasía es de luz...

Los parientes creen que él los saluda y él los deja creer...

Hay  una fronda del misterio milagreando en torno.
Y la vida repite que no tiene menester de palabra...

Yo saludo, cantando y sonriendo, al gorjeo de ese patio...



(*)


Sabor de uvas
Esfera haciafuera
Bellota simisma en radiación
Volviente como brisa de agua clara
Frescura cálida
Tierna memoria de una melodía
Luz dentro la piel...

La melodía es de ahoramismo:
Quedaríamos afuera, si usáramos lenguaje...

Pero hemos saboreado las uvas..

Hoy habemos azul...


(*)


Las corolas transpiran sequedad, nimbadas por las breas de calor que, por el cielo, convocan y logran la comparescencia de la lluvia...

El verano no quiere cerrar, y hace travesuras rondando y rodeando y rindiendo a la siesta el siempre nuevo estupor de su perenne infancia...

Toda la luz se domicilia ahora en el silencio que toca, por dentro las corolas, al germen tranquilo de las semillas seguras y serenas...

Pronto llegará lluvia a consistir, como cuando la que ansiamos nos entra por las inexistentes puertas agradecidas...



*de Horacio C. Rossi, en la terraza…  terrazio@ciudad.com.ar




*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 10 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores peruanos Ernesto López Mindreau, Octavio Polar y Federico Gerdes. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Pizarro (Argentina) y la música de fondo será de La Posta (Agentina). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44      A-5020 Salzburg     AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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PENSAD EN NOSOTROS CON INDULGENCIA...

Publicado en General el 9 de Febrero, 2008, 13:34 por EDITOR INVENTIVAsocial


 TENGA CUIDADO, AMIGO*


          eso que tiene a tiro es la humanidad
           en la persona de alguien
           cualquiera

           tenga el mayor cuidado
           siempre
           porque lo humano es tan fuerte y tan frágil
           es enfermable sufre fijesé
           es herible se puede mutilar
           tan sensible al amor en cualquiera de sus formas
           tan vulnerable al desamor tan pájaro

           tenga cuidado la vida es tan breve
           pero el humano mire es extinguible

           tenga tacto en el trato
                               con esa delicada criaturita
           puede matar al angel dentro de mí o de usted
           puede helar para siempre la sonrisa
           puede arruinar al niño dentro del hombre
           puede arruinar al hombre dentro del niño
           vea
           puede romper tan fácilmente un alma
           y es tan difícil después reparar

           tenga cuidado incluso antes que nada
           con usted mismo a solas para sí
           en el espejo en el lecho del sueño
           en el trabajo en el recreo mire

           en la última cena en el bautismo
           tenga piedad al ver su torpe modo
           su gran error su más querido vicio
           al oir su mentira o su verdad
           la hora de su puño o de su canto
           tenga cuidado siempre

           cada humano conduce a un amor
           no tengas dudas
            y cada odio conduce a un infierno

           no le prohibo odiar ni me prohibo
           también eso es humano
           sólo me pido y le encomiendo amigo
                                  mucho cuidado con esa materia



     *de Rubén Vedovaldi.
-Enviado para compartir por Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar




PENSAD EN NOSOTROS CON INDULGENCIA...






Sábado, 09 de Febrero de 2008
Del Boca y Sarkozy*



*Por Sandra Russo


"Si vuelves, lo anulo todo." Quién sabe si efectivamente el presidente francés Nicolas Sarkozy envió ese mensaje de texto a su ex mujer Cecilia.
Quién sabe si estaría, en ese caso, dispuesto a anular todo, o si lo envió a conciencia de que Cecilia, que ya está en otra cosa (bah, con otro hombre) no volvería, y fue un gesto más de la exagerada cortesía francesa. Quién sabe si no fue un pedido de Cecilia, humillada por su vertiginoso reemplazo.
Quién sabe si Sarkozy se empeña en mostrar a Carla Bruni porque no logra superar el abandono de Cecilia. ¿Cómo saberlo? Esto es lo que tienen las noticias sobre la vida privada de la gente pública. Pueden circular impunemente, porque aunque los protagonistas hagan declaraciones y se exhiban haciendo esto o aquello, uno nunca puede acceder a la verdad. ¿Cuál es la verdad verdadera de las vidas privadas? Probablemente ni el propio Sarkozy pueda explicar el desmadre que armó con su victoria política, su divorcio, su noviazgo y su nuevo casamiento. Hasta ahora, todo indica que se dejó llevar. Como estrategia política, su actuación es deplorable: perder 13 puntos de popularidad en un par de semanas es una proeza kamikaze.
- - -
Cuando los historiadores franceses Philippe Aries y Georges Duby dieron forma a la Historia de la vida privada invirtieron el punto de vista desde el que se podía leer la historia. De los hechos puntuales, las batallas y las fechas, pasaron a investigar mentalidades. Qué comía un campesino medieval, cuál era el destino de las mujeres solteras en el Renacimiento, qué distribución tenían las primeras casas burguesas, en fin: cómo se vive, con quién, en qué términos, supuso un giro teórico: el interés pasó de lo público a lo privado, porque lo privado es una fuente inagotable de información acerca de las mentalidades de época. Y las mentalidades, o las subjetividades, como se las llama en las ciencias sociales, están moldeadas
por estándares políticos.
Lo político y lo público estuvieron muchos siglos pegoteados. Pero ya tenemos claro que tanto lo público como lo privado dependen de lo político.
Si Sarkozy está bajando vertiginosamente en las preferencias de los franceses, es porque los franceses han leído, en el colapso sentimental del presidente, banalidad, exageración, descontrol de esfínteres políticos.
- - -
La Historia de la vida privada permitió, en su momento, descubrir un universo que había sido evitado por otras historiografías. El mérito de Duby y sus discípulos fue comprender y hacer comprender que los actos privados se desarrollan en un marco social que acepta o repele determinadas conductas.
Lo que nos hace felices o infelices, lo que nos distrae o lo que nos aburre, lo que nos ilusiona o lo que nos desilusiona es como una papa frita marcada: los individuos no hacemos más que volver a ponerla en aceite hirviendo.
Tanto lo público como lo privado están marcados por un imaginario simbólico del que participamos sencillamente, sin hacer nada. El solo hecho de vivir hoy, y no hace cincuenta años o dentro de diez años, nos hace los que somos.
Y hoy somos sujetos ávidos de la vida privada de los otros. No es una mirada de historiadores, claro. Es una hojeada casi lasciva sobre los aspectos más intrincados de las vidas privadas ajenas. Lo que hacen o lo que no hacen los otros nos habla de nuestras propias vidas.
- - -
Andrea del Boca interrumpió esta semana su programa La mamá del año para llorar y contar su drama personal. Así titularon los diarios y anunciaron los noticieros: "su drama personal". La hija que tuvo con alguien con quien nunca formó pareja estaba de vacaciones con el padre en un lugar impreciso, y Andrea derramó en cámara esas lágrimas redondas que le salen por esos ojos que han vertido a lo largo de tantos años falsas lágrimas. Andrea del Boca no conduce ese programa por azar. Ella misma es la mamá del año todos los años, porque ése es el papel que representa desde que entró en guerra con el padre de su hija. ¿Cómo saber si es la verdad la que ella cuenta, si es posible que sea apenas una parte de la verdad, la que ella opta por hacer pública?
Otra vez y otro escenario para el eterno dilema de lo privado: fascina lo que se sabe a medias, lo que es pasible de ser adaptado al propio relato, lo que obliga, a los millones de interesados, a tomar un grotesco partido entre uno u otro. Es literalmente imposible saber la verdad. Lo que hay es en todo
caso una representación de la verdad, una parte de la verdad, una astilla de la verdad. Porque lo privado no es privado en tanto es exhibido, y porque lo que se exhibe es editado por los propios protagonistas. Lo privado al estilo Del Boca o Sarkozy tiene bastante poco de privado. Casi no tiene nada. Hay
personajes públicos que se autoacuchillan para mostrar sus vísceras. A los espectadores les encantan las vísceras. Se alimentan de ellas.
- - -
Sin embargo, estos dos casos difieren en un punto trascendente: Del Boca llora, Sarkozy ríe. La opinión pública rehén de las vísceras ajenas es proclive a la empatía con los que lloran. Los que ríen dan que pensar. Desde que empezó su romance con el presidente francés, Carla Bruni ríe junto a él.
No le resulta fácil a esa opinión pública digerir la exhibición de la felicidad, aunque nadie tenga la menor idea de lo que realmente pasa. Como fuere, el mensaje de texto que fue publicado en todo el mundo le debe haber congelado la sonrisa a la ex modelo italiana. El mensaje no la ubica en el lugar de mujer irresistible, sino de premio consuelo. Y aunque nunca se sepa si Sarkozy sigue enamorado o no de Cecilia, lo que a Bruni la debe haber sobresaltado es que el mensaje se haga público. De esa trampa no se sale. Si algo se ventila tanto, sale el olor a azahar, pero también el olor a desperdicios.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-98660-2008-02-09.html







 La tierra incomparable*


 (fragmento)


*de Antonio Dal Masetto



  OCHO


A partir del día siguiente empezó un largo peregrinaje por reparticiones y oficinas. Sor Verónica la acompañó a todas partes. Primero hicieron la denuncia en la policía. Un oficial elegante y simpático les anticipó que difícilmen­te recuperaría el pasaporte.
-En otras épocas los carteristas se deshacían de los do­cumentos robados y los depositaban en los buzones del co­rreo. Dentro de todo era un gesto amable -comentó son­riendo-, pero ahora los pasaportes son codiciados; hay quienes se dedican a falsificarlos y hacen su negocio.
En la compañía de aviación les aseguraron que no ha­bría problemas para el viaje de regreso y que le entregarían un nuevo pasaje cuando Agata presentara alguna docu­mentación o un certificado de que la estaba tramitando.
El primer escollo apareció cuando solicitaron el pasa­porte nuevo. El trámite, les dijeron, duraría dos meses. Sor Verónica se indignó:
- ¿Cómo dos meses? Esta mujer no se queda tanto tiempo en Italia, no puede moverse, no puede retirar plata del Banco, tiene que viajar a su pueblo.
—Entendemos, entendemos —le contestaron—, pero es así, hay que esperar.
Sor Verónica —esto ya lo había percibido Agata desde el primer momento— era una mujer enérgica y
 no se daba por vencida con facilidad. Comenzó a llamar a personas conocidas pidiendo consejos y recomendaciones. Vieron mucha gente en esos días. Partían a la mañana hacia el centro de Roma, acudían a entrevistas, llenaban planillas, iniciaban nuevos trámites.
—Lo vamos a conseguir rápido —decía Sor Verónica—, no se preocupe, éstos son muy testarudos, pero yo soy más testaruda que ellos.
De todos modos las cosas no resultaban fáciles. Siem­pre había una demora, un detalle que faltaba, una cita que se postergaba. A Agata no le quedaba otra posibilidad que dejarse llevar, esperar y confiar. Dependía de los otros, de empleados, de funcionarios, del azar. Estaba ahí, en Roma, a punto de alcanzar su lugar, a punto de tocarlo, pero no podía avanzar. No entendía este impedimento, no se resig­naba. Y había momentos, por la noche, al acostarse, en que sentía como si le hubiese caído encima una desgracia
y la vencía la desesperación. Le vinieron a la memoria sus reflexiones en el avión acerca de la necesidad de una ma­yor lentitud en ese acercamiento a las cosas del pasado.
Pensó, con ironía, que el deseo de un regreso demorado, que estableciera un equilibrio después de la larga ausencia, ahora se estaba cumpliendo de algún modo, pero contra su voluntad y a un precio muy amargo. Llamó un par de veces a Trani, habló con Su sobrina, le explicó. Elvira le dijo:
—Te esperamos, te estamos esperando.
En esos días, muchas cosas habían terminado por re­sultarle hostiles y odiosas. Las calles, la gente, inclusive la habitación donde dormía. Y también Sor Teresa y Sor Angélica, con las cuales tenía contacto a diario, que estaban todo el tiempo pidiéndole pequeñas donaciones, limosnas. Siempre había  una razón nueva: un aniversario, un santo, una adquisición para el convento.                                       
—Somos pobres, dependemos de la caridad de las al­mas bondadosas —le decían.
Eran sumas mínimas, pero a Agata la irritaba ese acoso, pensaba que jamás nadie le había transmitido la sensación de la codicia como aquellas dos mujeres que supuestamen­te habían renunciado a tantas cosas del mundo. Después reflexionaba y se decía que sus juicios eran injustos, que estaba midiendo todo a través de la lente de la frustración y la impotencia de esos días.
Durante una de las tantas antesalas, mientras esperaba que Sor Verónica volviera a aparecer de una nueva entre­vista, Agata se puso a hojear un diario y le llamó la aten­ción el título de una nota y la foto que la ilustraba. La nota relataba la odisea de un barco de fugitivos de Somalia, un carguero con 4.500 prófugos, entre ellos 400 niños, que viajaba a la deriva tratando de ser recibido en algún puerto y era rechazado por todos los países. Desde el barco partían desesperados pedidos de auxilio. Se les habían acabado los víveres; el clima era tórrido durante el día y las noches heladas; los vómitos, diarreas y enfermedades de todo tipo estaban convirtiendo el barco en un hospital flotante. En la foto se veía a la gente apiñada en cubierta sosteniendo
letreros que decían: "Ayuda por favor". Y una larga banda blanca con una inscripción que el diario traducía así: "Allá impera la ley de la jungla, nosotros nos hemos convertido en gacelas y sólo nos queda huir".
Agata trataba de descifrar, en la foto borrosa, las expre­siones de las caras. Pensó en su barco, en Génova, en la gente que la había acompañado en aquel viaje hacia América.
En las idas y venidas con Sor Verónica había conocido algo de la ciudad. Había visto grandes avenidas, palacios, iglesias, monumentos, fuentes, testimonios de glorias y es­plendores pasados. Turistas moviéndose como rebaños de­trás de los guías. Grupos ociosos en las plazas, en los cru­ces de calles, bajo las arcadas. Sor Verónica le explicó que la ciudad estaba llena de gente sin trabajo y sin lugar don­de vivir. Gente que huía del hambre, de las persecuciones y las guerras. Venían de África, de Europa Oriental, de todas partes. Algunos habían ingresado legalmente, pero muchos lo habían hecho de manera clandestina y carecían de do­cumentación. Cada vez eran más.
—Los hambrientos de la tierra buscan pan y trabajo donde hay —dijo la monja.
En aquellos grupos los más identificables eran los ne­gros. Ágata los miraba al pasar, pensaba que esa gente es­taba lejos de su país, que había perdido todo, que no tenía patria. Estas ideas suscitaban en ella un sentimiento de pe­na y de solidaridad. De alguna manera se sentía como ellos, atrapada, perdida en esa ciudad. Volvía a pensar en la foto del diario y en su barco de hacía cuarenta años.
—Ahí tiene —decía Sor Verónica cuando se detenían en un semáforo y un muchacho acudía corriendo y enjabona­ba el parabrisas—, éstos se ganan la vida limpiando vidrios de los coches. Otros venden chucherías por la calle. Hay quienes trafican droga y mujeres que se prostituyen. Hay de todo en esta Roma nuestra.
En una oportunidad fueron a una librería de textos reli­giosos donde Sor Verónica debía retirar unas revistas. El negocio estaba frente a una plazoleta, con una fuente y una escultura mitad humana y mitad pez soplando en una caracola de la que surgía un gran chorro de agua. Sobre la vereda, contra la pared, a unos metros, había un grupo de gitanas jóvenes. Una llevaba un bebé en brazos. Agata se quedó mirando la fuente.
—Entro un segundo —dijo Sor Verónica—, cuidado con las gitanas, agarre fuerte su cartera.
—No hay nada adentro —dijo Ágata.
Quedó sola y vio cómo las gitanas parecían confabular y después salían de su indolencia y se movilizaban en grupo hacia un turista solitario. El turista llevaba la cá­mara fotográfica colgando del cuello y avanzaba leyendo una guía. La muchacha que cargaba el bebé lo encaró. En la mano extendida, como si llevara una bandeja, sostenía un rectángulo de cartón del tamaño de un diario y lo co­locó contra el pecho del turista. El hombre dio un paso atrás y la muchacha siguió acosándolo con el cartón, mientras le hablaba. Las otras —cinco, seis—, giraban al­rededor, hablándole también. El turista, sorprendido, intentaba salir del encierro y, para sacarse a las mujeres de encima, movía los brazos como si estuviese espantando moscas. Por fin las gitanas parecieron dejarlo en paz, se separaron de él y comenzaron a alejarse. Entonces apare­ció otro hombre que se abalanzó sobre una de ellas y la tomó de un brazo. Lucharon, la gitana se defendía y gri­taba. Las otras chillaban y trataban de liberarla, tironean­do e interponiéndose. El hombre resbaló, se cayó y la muchacha estuvo a punto de escapar, pero él logró aferrarla de la pollera y volvió a incorporarse. Mientras tanto no cesaba de gritar:
Le robaron. A usted le robaron.
El turista miraba interesado la escena, pero no se daba por aludido. Una mujer, que se había detenido y estaba pa­rada a su lado, le repitió:
—Le robaron a usted, señor.
Recién entonces el turista se tocó los bolsillos, se lanzó sobre la muchacha y la aprisionó del otro brazo. Ni siquie­ra entre los dos lograban reducirla. Cruzando la calle había una camioneta de la policía estacionada, con un gendarme sentado al volante y el otro de pie, apoyado contra la puer­ta. Habían estado ahí todo el tiempo. Observaban la escena pero era como si no la vieran. Fue necesario que el turista y el otro gritaran varias veces hacia ellos para que final­mente uno decidiera movilizarse. Cruzó lentamente y se detuvo a un par de metros de los dos hombres y la gitana. La muchacha mantenía los puños contra el pecho, defen­diendo un bulto que ocultaba debajo de la ropa. El policía dijo algo. Ella le contestó. El policía volvió a hablar. Enton­ces la muchacha metió la mano bajo la camiseta, sacó un sobre de cuero, se lo entregó al turista, se soltó y fue a reu­nirse con su grupo. El turista abrió el sobre, controló y em­pezó a gritar que faltaba una chequera. El policía ya había vuelto a la camioneta y esta vez ni siquiera se molestó en mirarlo. Las gitanas estaban a cincuenta metros, se alejaban sin apuro, hablaban entre ellas, se daban vuelta de tanto en tanto, seguían gesticulando y aparentemente insultando. Desaparecieron en el primer cruce de calles.
Salió Sor Verónica y Agata le contó. La monja dijo que era cosa de todos los días. Le explicó que el pedazo de car­tón contra el pecho de la víctima cumplía una función importante, impedía que pudiese mirar para abajo, y mien­tras tanto las otras gitanas le vaciaban los bolsillos.
— ¿Y la policía? —preguntó Ágata.
—Están cansados. Denuncias de robos tienen a cada rato. A las gitanas no las pueden retener, son siempre menores de edad, carecen de documentos, no tienen domici­lio. Así que dejan hacer.
A la mañana siguiente, cerca del mediodía, Sor Veróni­ca fue a buscar a Ágata a su habitación y le informó:
—Vengo de hablar con un ministro.
Contó que el ministro escuchó la historia de Ágata con mucha atención y, atento e indignado, dijo que Italia no podía ser tan injusta con una de sus hijas que regresaba después de tantos años y que ya mismo se encargaría de solucionar el problema. Hizo un llamado en su presencia, dio órdenes, le entregó a Sor Verónica una tarjeta con su firma y le indicó que concurrieran a cierta oficina esa mis­ma tarde:
—Acá tengo la tarjeta. Creo que esta vez lo consegui­mos.
Hubo que llenar más papeles. Estuvieron un par de ho­ras paseando del tercer piso del ministerio al quinto, del quinto al segundo, nuevamente al tercero. Agata firmó y volvió a firmar.
—Pueden retirar el pasaporte mañana, después de me­diodía —dijo el último empleado que las atendió.
Cuando salieron de aquel edificio y se encaminaron ha­cia el estacionamiento, Agata todavía no lograba conven­cerse de que la pesadilla estuviese a punto de finalizar. Sor Verónica estaba de buen humor.
— ¿Vio que todo se arregla? —dijo—. Deberíamos feste­jarlo. ¿Le gustan los helados?
Tomemos uno, lo merecemos.
Se sentaron bajo una sombrilla, en el cruce de dos ave­nidas donde desfilaban incesantes los coches y las peque­ñas motos. Al fondo se veía una gran cúpula y la curva verde de una colina. Ágata saboreaba despacio su helado y las imágenes de la ciudad le parecieron amables por primera vez.
 Regresaron al colegio e hizo otro llamado a su pueblo.
—Te esperamos —dijo Elvira.
Todavía faltaba esa noche, un día y otra noche, antes de que pudiera tomar su tren a Trani.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.






A LOS HOMBRES FUTUROS*



*Bertolt Brecht


1


Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
Revela insensibilidad. El que ríe
Es que no ha oído aún la noticia terrible,
Aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos estos en que
Hablar sobre árboles es casi un crimen
Porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
¿Lo encontrarán sus amigos
Cuando lo necesiten?

Es cierto que aún me gano la vida.
Pero, creedme, es pura casualidad. Nada
De lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara, estaría perdido.)
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
Si al hambriento le quito lo que como
Y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
Apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
Sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia,
Dar bien por mal,
No satisfacer los deseos y hasta
Olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

2


Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
Cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
Y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.

Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
Y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
Se sentían más tranquilos sin mí. Lo sabía
Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas. La meta
Estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
Fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
Que me fue concedido en la tierra.

3


Vosotros, que surgiréis del marasmo
En el que nosotros nos hemos hundido,
Cuando habléis de nuestras debilidades,
Pensad también en los tiempos sombríos
De los que os habéis escapado.
Cambiábamos de país como de zapatos
A través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
Donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
Que también el odio contra la bajeza desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
Pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
Que queríamos preparar el camino para la amabilidad
No pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
En que el hombre sea amigo del hombre,
Pensad en nosotros
Con indulgencia.





ESA SONRISA QUE SIEMPRE NOS HACE NIÑOS*


                                 
*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy  leoquevedom@hotmail.com



Tuve seis hijos, hoy todos mayores, pero en ellos sigo viendo sus sonrisas de la cuna y de los primeros años. Cuando visito los supermercados y subo al avión se reproduce en las caritas de los bebés en sus cochecitos, esa línea curva de ternura todavía sin dientes. Es el símbolo de la inocencia del humano y la reserva que la Naturaleza ofrece cada día para refrescarnos lo que fuimos.
En medio de las guerras, de los gritos de las sirenas de la muerte, de la lucha por vivir, de tantas caras de odio por no pensar igual, esa línea de la boca que una vez fue la alegría de tías y abuelos, casi ha desaparecido.
Nos hemos vuelto intransigentes y de acero como las caras de Nikita, la rubia detective y la de los comandos de contraguerrilla. Hemos barnizado con gris el ceño y nuestros actos son casi de autómatas que marchamos por la calle al lado de hermanos que ni miramos cómo están.
Se ha perdido el eslabón que las neuronas marcaron en el ser humano para otorgarnos el distintivo de reír. Los adultos sobreviven a pesar de sus vecinos, de sus compañeros de trabajo, de las hambres y desdichas y de los que luchan por un pedazo de tierra o de carne. Prefieren apretar sus labios en lugar de regalar una sonrisa de solidaridad. Como si la sonrisa fuera mercancía muy costosa y difícil de trazar.
Nos hace falta volver a mirar los niños, recordar que lo fuimos y retomar el rescoldo de inocencia que hay en nuestro yo interior para pulsar el sonido de reír. ¿Quién no añora las fotos de niño, las pilatunas de los cuatro a los diez años, la felicidad de destapar un regalo y estallar en esa emoción que alegra el alma ? ¿A qué niño no le fascina meterse en el canto de su madre para refugiarse y sentir que no hay lugar más cálido y seguro? ¿Qué muchachito no era feliz saliendo de compras o de paseo de la mano o en los hombros de papá, mostrando a todos con la fila de dientes su felicidad? ¿No hay hoy un sustituto en la esposa, en los hijos o en los nietos que nos haga volver a vivir esa sensación?
Ser niño fue el regalo que la vida nos envolvió en la valija del cuerpo que hoy tenemos. Allí permanece con una etiqueta de "frágil" y "tratar con cuidado". ¿Por qué no lo destapamos para volver a ser traviesos, desinhibidos, espontáneos y locuaces? ¿Ya no usamos la imaginación para oír ruidos inexistentes, para encontrar detrás del sofá al "perdido", para dar volteretas por el piso, ya no podemos gozar comiendo helado, disfrutar la golosina que venden en la esquina? ¿Estamos tan limitados por los medios, que hemos perdido la sabrosura que el mundo de hoy ofrece en su menú?
¿Estamos tan dentro de la solemnidad de ser adultos que los músculos faciales olvidaron sonreír?
¿Cuándo volveremos a pintar nuestra boca con la risa? El mundo sería mejor para nosotros y para los demás. Ese signo de amistad abre puertas aunque estén apuntaladas por dentro. No hay necesidad de palabras o pociones de magia, la sonrisa es el "ábrete sésamo" de los cuentos de hadas de hace años. Quien piensa agradar y entreabre siquiera sus labios, sin pronunciar fórmula alguna, ya ha roto la piedra de entrada del corazón más duro.




*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 10 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores peruanos Ernesto López Mindreau, Octavio Polar y Federico Gerdes. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Pizarro (Argentina) y la música de fondo será de La Posta (Agentina). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44      A-5020 Salzburg     AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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PASÓ COMO UNA RÁFAGA...

Publicado en General el 8 de Febrero, 2008, 13:15 por EDITOR INVENTIVAsocial

Alguien lo encontró*



En un bolso humilde
Con el viento del olvido
él diviso un espacio
De curiosidad en su interior
Con ojitos azules
Casi recién abiertos
Un bebe con su cordón
Aún sin cerrar
Estaba cautivo...

Una mujer lo dejó
En la calle, en un barrio
En el silencio de su soledad
Y su vientre dilatado
No pudo acariciarlo
Ni quiso cobijarlo
Lo dejó en ese bolso
Solito y limpio
A la deriva de un salvador...

Alguien lo encontró
Entre sorpresa y milagro
Grito:
Es un varón y tan pequeño
Gracias a la vida
Alguien lo encontró.-



*de Azul. azulaki@hotmail.com




PASÓ COMO UNA RÁFAGA...






 La tierra incomparable*


 (fragmento)


*de Antonio Dal Masetto



  CUATRO


  La última semana pasó como una ráfaga. Y llegó la mañana en que Julio fue a buscar la valija al dormitorio de Agata y la colocó en el baúl del coche. Mientras sa­lían hacia la ruta que los llevaría a Buenos Aires y luego al aeropuerto, Agata recordó el lejano día de su llegada a ese lugar. Recordó la primeras imágenes, en la esta­ción, cuando el tren se detuvo después de avanzar du­rante horas a través de una llanura siempre igual: el an­dén gris, grandes galpones de chapa, un hombre de a caballo junto a las vías. Después, el coche de alquiler en el que habían cruzado el pueblo desconocido, chato y de aspecto triste en la bruma invernal. Recordó las casas bajas, los árboles, los negocios, los carteles escritos en el idioma nuevo, la manera ansiosa en que ella miraba a través de las ventanillas cerradas y el tono en que su hi­jo Guido, que iba sentado a su lado, le había pregunta­do: "¿Te gusta?".
Poco a poco se había ido acostumbrando al pueblo.
Ahora lo estaba cruzando en otro coche, por la misma avenida. Habían pasado cuarenta años, partía. Después de tanto tiempo, volvía a mirar esas calles con los ojos asom­brados y la distancia de una extranjera.




CINCO


En el aeropuerto estaban todos: Elsa, Julio, Silvia, San­dro, Guido y sus hijos Juliana y Adriano. Despacharon la valija. Sandro sacó fotos. Le pasó la máquina a Juliana y quiso posar solo con Ágata. La abrazaba y hacía muecas hacia la cámara. Agata sonreía. Los cuatro nietos no para­ban de bromear. Elsa y Guido estaban serios. El más emo­cionado parecía ser Julio que, aunque reía, tenía los ojos húmedos. Se oyó una voz por los parlantes y Guido dijo:
—Llegó la hora.
Después de los besos, los abrazos y las últimas reco­mendaciones, Agata sorteó el control, anduvo un trecho corto, se dio vuelta, levantó el brazo, siguió y se enfrentó con una escalera mecánica. Le tenía miedo a las escaleras mecánicas. A veces, cuando iba a la Capital, Guido, sólo para bromear un poco, había tratado de convencerla de que subiera por alguna pero ella siempre se negaba. Ahora se quedó ahí, indecisa ante ese primer e inesperado obstá­culo. Giró la cabeza, como buscando ayuda. Vio a su fami­lia entre la gente, del otro lado de la valla, y le pareció que también ellos estaban desconcertados y se consultaban unos a otros. Le hacían señas, intentaban decirle algo, pero ella no entendía qué. Alguien, una mujer, la tomó del brazo y la impulsó a dar el paso inicial. Agata se animó, adelantó un pie con temor, la escalera se la llevó, sintió que se iba de espaldas, pero la desconocida la sostuvo. Instalada en el escalón, se mantuvo rígida, sin moverse, preocupada por su estabilidad y por cómo saldría al llegar arriba. La mano anónima la sujetó del codo y la sacó de aquel suplicio. De nuevo sobre piso firme, Agata miró hacia abajo buscando a los suyos, pero ya no pudo verlos. Siguió a los demás pa­sajeros e ingresó en un gran salón con sillones. El techo era alto y el rumor de las voces sonaba como un zumbido. A través de los ventanales se veían la pista y los aviones. Ágata averiguó y le dijeron que todavía faltaba un rato para embarcar. Se sentó en uno de los sillones, juntó las ma­nos sobre las rodillas y se puso a esperar. Sintió que detrás de ella se había cerrado una barrera y que ahora sí estaba sola y desconectada de todo.
Hubo movimiento en el salón, Agata se levantó, pregun­tó, se colocó en la cola, traspuso una puerta, ingresó en un gran tubo, contestó el saludo de una muchacha uniforma­da y sonriente, y estuvo en el interior del avión. Con su pa­saje en la mano trató de avanzar por el pasillo, después se detuvo, perdida en la confusión de los pasajeros que no terminaban de acomodarse. Una azafata la rescató y la guió. La ubicó en una de las filas de asientos centrales, en­tre dos mujeres. Agata agradeció, se disculpó con las veci­nas, logró instalarse y entonces se sintió más tranquila y se dedicó a mirar alrededor. A través de la ventanilla veía un ala, la pista y, lejos, una línea de árboles, oscuros en la últi­ma luz de la tarde.
Después el avión comenzó a moverse y a Agata le pareció estar dentro de una de las tantas películas que había visto en la televisión. La voz del capitán saludando a los pasajeros, los gestos de la azafata acompañando las ins­trucciones del monitor, las prevenciones en caso de des­compensación, las salidas de emergencia. Agata intentó co­locarse el cinturón de seguridad y su vecina de la izquierda, viendo que no acertaba, le enseñó cómo funcio­naba:
—Para quitárselo sólo tiene que apretar acá.
Agata se lo abrochó y desabrochó varias veces para ase­gurarse de que había entendido el mecanismo.
El avión seguía desplazándose lento, pareció detenerse, hubo un repentino ruido de turbinas, volvió a moverse, fue tomando velocidad, más velocidad, del otro lado del vidrio el paisaje desapareció, adentro hubo como un gran respiro y Agata supo que estaban volando.
La vecina de la derecha era una mujer sesentona que, ni bien tomaron altura, comenzó a hostigar a la azafata con pedidos raros y a quejarse. Le hablaba con autoridad y, le pareció a Agata, también con desprecio. Se notaba que era una experta en viajes en avión. Dijo refiriéndose a las aza­fatas:
—Son unas incompetentes.
La convidó con un caramelo, le contó que tenía algunas hectáreas de campo en la provincia de Córdoba y que via­jaba todos los años a Italia para visitar a un hermano inter­nado en un asilo de ancianos. Después se colocó los auri­culares y entrecerró los ojos.
La otra mujer, la de la izquierda, se llamaba Isabel. Era amable. Le preguntó a Agata si viajaba sola. Agata le expli­có que volvía a su tierra por primera vez. A la mujer le pa­reció un acontecimiento extraordinario y giró hacia el hombre sentado a su lado para informarle. El hombre se mostró tan asombrado e interesado como la mujer. Le die­ron charla y también ellos terminaron preguntando qué se sentía al regresar después de tanto tiempo. Igual que otras veces en las últimas semanas, Agata sonrió y contestó:
—No sé, todavía no sé.
Las azafatas repartieron unas medias con plantilla y Agata no supo qué hacer con ellas. Vio que su vecina Isabel se quitaba los zapatos y se las calzaba:           
—El viaje es largo, así se está mejor.                          
La vecina de la derecha, en cambio, dijo:
—Yo no me saco los zapatos, porque los pies se hinchan y después es peor.
Agata lo pensó, se descalzó, se agachó y trató de colo­carse esas pantuflas. Isabel la ayudó. Agata quedó satisfe­cha y dijo:
—Son cómodas.
Comenzaron a servir la cena y la mujer de la derecha pidió algo que no había y volvió a quejarse. Se inclinó ha­cia Agata:
—Mírelas empujando ese carrito. ¿Usted haría ese tra­bajo? Son nada más que siervas bien uniformadas.
Agata no tenía hambre; probó un bocado de cada ban­deja, por curiosidad. Llegó a la conclusión de que no le gustaba nada, ni siquiera el pan. Terminada la cena hubo un poco de agitación, los pasajeros iban y venían, algunos conversaban parados en los pasillos. Isabel le enseñó a re­clinar el asiento, a colocarse los auriculares y a manejar los botones del pequeño tablero del apoyabrazos. Agata jugó con esos botones: música clásica, música moderna, una voz hablando en italiano, otra en inglés. En el cielo, en el avión, estaba aprendiendo muchas cosas nuevas. Pensó en todo lo que tendría para contar cuando regresara. Des­pués, el movimiento se fue aplacando, la luz se atenuó y llegó un momento en que el pasaje entero parecía haberse dormido. Sólo quedó ese rumor difuso en el que estaban sumergidos y el ojo del monitor que marcaba la tempera­tura exterior, la hora del punto de origen y de destino, la al­tura y la velocidad. Una pequeña silueta de avión iba des­plazándose sobre un mapa, marcando la ruta: Montevideo, Porto Alegre, San Pablo.
Agata no quería dormir. En ella persistía el mismo sen­timiento de estupor que la había asaltado en el salón del aeropuerto, antes del embarque. Miraba las nucas, los cuerpos abandonados en la claridad mortecina, los ojos ce­rrados, y sentía que, igual que ella, dormidos o despiertos, ahora cada uno estaba solo, perdido en una dimensión ex­traña. Sentía que el avión era un lugar neutro, de tránsito, un paréntesis donde el tiempo había dejado de existir. To­do quedaba postergado. Ahora no había más que espera. Y le parecía que esa espera podía durar horas o meses. Sus­pendida entre el punto de partida y el de llegada, Agata tra­taba de ordenar sus ideas y convencerse de que realmente estaba volviendo.
Había colocado la cartera en el piso, entre sus pies. La tomó, sacó su pasaporte y lo abrió. Ver su nombre fue re­cuperar una señal donde apoyarse. Lo leyó varias veces y cerró los ojos. El eco mental de su nombre era una repeti­ción que se le imponía sin que la buscara, sin que la provo­cara, y resonaba como una afirmación. Creyó saber que en esa zona blanca, en ese vacío donde se encontraba, era lo único que en realidad le quedaba. Se aferró a él como a un ancla. Tuvo la percepción, física, palpable, de que, sujeta a ese asiento, entregada, pequeña, frágil, ella era, como nun­ca, la concentración de su historia. Desde los muchos años que precedían ese momento, su historia venía a visitarla y se instalaba ahí, en ese ámbito monótono, en algún punto del cielo. Su historia entera, viva en su sangre y en sus hue­sos, apresada y retenida como se encierra fuertemente algo en un puño.
No quería dormir. Estaba fascinada por el monitor don­de la pequeña silueta alada seguía ganando espacio con mínimos desplazamientos intermitentes. Acababan de de­jar atrás Río de Janeiro.
El avión comenzó a temblar. Se oyó la voz de la azafata pidiendo que se ajustaran los cinturones y en el pasaje hu­bo una silenciosa agitación. Ahora estaban despiertos, atentos a los sacudones. Se percibía la lucha de la gran ca­ja metálica contra la embestida de las fuerzas que la ataca­ban. Era como si el avión avanzara a los tumbos por un ca­mino poceado, azotado por una furibunda granizada. Aquello duró un tiempo largo. Volvió la calma y Ágata se concentró una vez más en el mapa del monitor. De tanto en tanto la silueta avanzaba al­gunos milímetros. En algún momento tocó, cruzó y luego superó la línea que marcaba el límite de la zona de tierra, y pasó del color verde al gran espacio azul del océano. En­tonces a Agata la invadió una sensación de vértigo, como si acabara de saltar al vacío, y sintió que ahora sí había comenzado la etapa decisiva, la travesía. Pensó que estaba viajando hacia el pasado a diez mil metros de altura y a mil kilómetros por hora.
Tuvo un recuerdo. Le vino a la memoria la primera radio que compraron, después de su llegada a la Argentina. Fue un gran acontecimiento, una forma de descubrir y conocer ese mundo nuevo. Pero también una posibilidad, así lo pensaron, de volver a conectarse con aquel otro que habían abandonado. Reunidos alrededor del aparato, Mario y los chicos sintonizaban onda corta y movían el dial adelante y atrás tratando de encontrar alguna estación italiana. Cada noche, después de cenar, se dedicaban a esa  búsqueda. Sólo habían logrado escuchar ruidos, a veces otros idiomas, pero nunca el suyo. En aquellos tiempos no recibían noticias más que por alguna carta espaciada, no sabían nada de lo que sucedía del otro lado del océano. Después, con el correr de los años, hubo muchos cambios. Últimamente, la televisión brindaba espectáculos, discur­sos, deportes, festivales, simultáneamente con las emisio­nes en su tierra. Agata se había acostumbrado y había dis­frutado de esas maravillas de la técnica. Pero ahora, en el momento del regreso, descubría que el avión era otra cosa. Descubría que la velocidad le estaba robando algo impor­tante. Le impedía desandar y recuperar. La privaba de la posibilidad de un regreso lento, donde todo se revirtiera, y se produjese el acercamiento a su mundo perdido en los términos y en el tiempo en que se había producido el aleja­miento. Aquel viaje en barco, aquel desprendimiento, ha­bía durado veinte días. Después, la ausencia, cuarenta años. Y ahora bastaban unas pocas horas de avión para re­gresar de un salto al punto de partida. A Agata esto le so­naba como una traición.



SEIS


Agata volvió a cerrar los ojos y, consciente de estar sus­pendida en la noche, alta, bajo las estrellas, viajando hacia el este, trató de recordar la otra travesía, en sentido contra­rio, allá abajo, por ese océano ahora invisible. También aquella vez, durante meses, la única meta había sido partir.
Un mediodía soleado están en Génova, ella y sus dos hijos, Elsa y Guido, viendo el mar por primera vez, reco­rriendo el puerto, deteniéndose ante los puestos que ven­den ostras y pescado frito, visitando el muelle donde está amarrado el barco que abordarán al día siguiente. El nom­bre del barco es Buenos Aires. Todavía deben presentarse para un último control, en un edificio claro, con un escudo sobre la puerta y un gran patio al frente. El patio está col­mado de gente que, como ellos, espera ser llamada. Hay un árbol de nísperos. Guido trepa, arranca y arroja los frutos. Otros chicos, abajo, los reciben. Esa noche duermen en una pieza de hotel cuya ventana da a los techos y más allá se ven las luces del puerto. Ya es el día siguiente. Se levan­tan temprano. Con los bultos despachados, los últimos trámites realizados, los papeles en regla, consumen el tiempo que les queda caminando por las calles cercanas, sin ale­jarse, regresando cada tanto al muelle donde embarcarán alrededor del mediodía. Mucho antes de la hora en que han sido citados, todos los que van a partir están reunidos cerca del barco. Por fin llega el momento. Después de tre­par por la pasarela y ser guiados hasta los camarotes, los que emigran vuelven rápido a cubierta y permanecen aso­mados a la borda. El barco se separa lentamente del mue­lle y es como si todos y todo —ellos, el aire, el cielo— con­tuvieran el aliento y alrededor se hiciera un gran silencio. Sin embargo hay mucho ruido. Una banda de música los despide desde tierra. El muelle se les escapa, se van, se ale­jan. Muchos lloran, mujeres y hombres. Los gritos de des­pedida intentan sobreponerse a la música y a la distancia que se agranda: adiós, hasta pronto, escriban, un beso a mi hermana. Casi de inmediato suena una campana y los ca­mareros avisan que deben bajar al comedor para almorzar. Agata tiene la impresión de que se trata de una maniobra planeada para arrancarlos de la cubierta, para establecer una barrera y mitigar la conmoción de la partida. Cuando vuelven a subir ya no ven más que agua y una costa lejana a la derecha. "Eso debe ser Francia", dice alguien. En una de las valijas Agata guardó una bolsita con tierra del jardín de su casa de Trani. Pero todavía no es tiempo de recordar. Por ahora sigue apresada en el mismo silencio que la en­volvió al dejar el muelle, un estupor que anula toda posibi­lidad de reflexión. "Aquella debe ser la costa de España", dice alguien más tarde. Hay gente de todas partes, del sur y del norte de Italia. Los camarotes de los del norte están se­parados de los del sur. Las mujeres están separadas de los hombres, aun los matrimonios. Saben que en la parte de arriba del barco está la primera clase. Tienen prohibido el acceso a esa zona. Llegan a Las Palmas, única parada an­tes de la gran travesía. Algunos botes flanquean el barco y lo acompañan cuando entra a puerto. Desde los botes, chi­cos negros piden que les tiren comida. "Italianos buenos, italianos buenos", les gritan. Los marineros advierten a los emigrantes que no arrojen nada, está prohibido. Pasan al­gunas horas en tierra, recorren los puestos donde se ven­den juguetes, especialmente muñecas. Aprovechan para mandar las primeras cartas, las primeras postales. Un ro­mano descuidado arroja al buzón, junto con las cartas, el sobre donde guarda el pasaporte y toda su documentación. Es domingo y no hay dónde acudir para que abran el bu­zón. El barco partirá a la hora establecida. El pasaje está asomado a la borda. A último momento, cuando los mari­neros ya están por retirar la pasarela, ven llegar al romano en un taxi, agitando sus papeles. Algunos aplauden y otros le dan la mano y lo felicitan. Después siguen días y días donde sólo hay cielo y agua. El barco avanza, es firme, se­guro, los alberga. Agata se somete a esa tregua. La comida es abundante. Después de los años de guerra, de las priva­ciones, del miedo, de las muertes, es bueno abandonarse. No hay mucho para hacer: ordenar las cuchetas y lavar la ropa por la mañana, sentarse en cubierta por la tarde, charlar: a mí me espera mi marido, a mí un tío, a mí un hermano, a mí nadie. Se van estableciendo grupos. Los hombres juegan a las cartas. A Agata nunca le ha pasado permanecer tanto tiempo ociosa, nunca le han servido el desayuno, el almuerzo, la cena. Se siente tratada como una señora rica. Uno de los emigrantes se descompuso desde que zarparon, no abandona la cucheta, no puede comer, vomita, no soporta el barco. Lo trasladan a la enfermería y no lo vuelven a ver. El capitán se encariña con Elsa, y algu­nas veces la lleva a almorzar con él, a la mesa de los oficiales. En Buenos Aires lo espera una hija que tiene la misma edad de Elsa, y para quien compró una gran muñeca en Las Palmas. Dos frailes suelen sentarse con Agata. Uno es un hombre maduro, gordo y rojo. El otro es jovencito, muy flaco, transparente. El fraile gordo lo reprende porque nunca quiere comer. "No obedece", le dice a Agata. El des­tino de los frailes es un lugar llamado Santiago del Estero. El fraile gordo habla mucho con Guido, le enseña palabras en latín, le regala un libro, comenta que es un chico inteli­gente. Le propone a Agata llevárselo con él, lo hará estu­diar, le dará una carrera, lo ayudará a labrarse un buen porvenir. Agata sonríe y no dice nada. De tanto en tanto el fraile reitera la propuesta. Para salir del paso, Agata le con­testa que para esas cosas se necesita la autorización del pa­dre, habrá que hablar con él cuando lleguen a Buenos Ai­res. Todavía no es tiempo de plantearse interrogantes con respecto al futuro. Un día es igual a otro. El barco avanza, ellos se dejan llevar. Hay un napolitano que se la pasa can­tando, contando cuentos y haciendo juegos de malabarismo. Entretiene a todos. Hay una mujer gorda y joven, con una nena de un año, que no tiene equipaje, ni siquiera una valija, sólo un atado de ropa, no sabe escribir ni leer, habla un dialecto incomprensible, el cura de su aldea se encargó de los trámites para que pudiese viajar a reunirse con el marido. Las que comparten su camarote luchan para que mantenga su lugar limpio, para que por lo menos lave a la criatura. Ella se sienta en cubierta con su hija en brazos y habla con quien tiene más cerca, al parecer cuenta su his­toria. Los otros la escuchan, aunque muchos no entienden lo que dice. Alguien le hizo una broma al napolitano: le ro­bó un zapato. El napolitano está parado en cubierta con un pie descalzo. Anda así desde hace varios días porque no tiene otro par. Habla en voz alta, acusa, está dolorido y furioso. Los demás lo miran desde lejos, divertidos y expec­tantes. Por fin el napolitano se quita el zapato que le que­da, lo levanta sobre su cabeza, lo muestra y después lo arroja al mar. En ese momento, venido desde alguna parte, el otro zapato cruza el aire y cae a sus pies. El napolitano lo levanta y lo tira también por encima de la borda. "Aho­ra", grita, "tendré que desembarcar descalzo". Son trage­dias mínimas, ocurren y se diluyen sin alterar la monotonía y la tregua que el barco impone. Mientras permanezcan en él los que emigran todavía están libres de recuerdos y de ilusiones. Una mujer joven, véneta, coquetea con los hom­bres y sobre todo con un marinero. El marinero aprovecha un momento en que está sola y se le mete en el camarote. La mujer grita. El marinero va a parar al calabozo. Dicen que será procesado. Hay un egipcio que siempre anda dan­do vueltas entre los diferentes grupos. Invita a una nena de ocho años a acompañarlo con el pretexto de buscar cara­melos en su camarote. Un camarero, que fue boxeador, lo intercepta en el pasillo y le da una paliza. Devuelve la nena a su madre y le recomienda que no la deje sola. Hay una pelea entre dos hombres por algo que fue robado y esa no­che el capitán pronuncia un discurso. El barco sigue sur­cando el océano. Todo postergado, todo en suspenso. Cru­zan el Ecuador y hay una fiesta. El hombre que había enfermado al partir sigue mal, dicen que tal vez no llegue vivo a destino. Una mañana, alguien, parado junto a Ágata en cubierta, señala una línea oscura, una sombra apenas visible en el horizonte: América. La tregua está a punto de extinguirse. A partir de entonces es como si despertaran de un letargo. Comienza a notarse la impaciencia, los diálo­gos cambian. Se habla de mantenerse en contacto, se intercambian direcciones: "Escríbame, yo le escribiré". Por fin, una noche, una costa cercana, luces. El barco se detiene y deben esperar hasta el amanecer para entrar a puerto. Hay un control sanitario. Los médicos determinan que uno de los emigrantes, un calabrés, padece una enfermedad infec­ciosa: no lo dejarán bajar, se comenta que lo mandarán de vuelta. El hombre llora, suplica. A todos les da pena el calabrés que será repatriado. Es lo último que comparten los que van a desembarcar.




SIETE



El avión aterrizó en el aeropuerto de Fiumicino a las diez y veinte de la mañana. Cuando las ruedas tocaron la pista y comenzó a carretear, el pasaje aplaudió. La mujer de la izquierda le preguntó a Agata si alguien la estaba es­perando y ella contestó que sí. Mientras avanzaba lenta por el pasillo, frenada por los pasajeros que no terminaban de sacar sus bolsos de las gavetas, sintió impaciencia por primera vez. Se asomó a la escalerilla, miró el cielo y pensó que era cielo italiano. Vio una bandera ondear sobre un edificio. Bajó con cuidado, sosteniéndose de la baranda y siguió a los demás. A pocos metros los esperaba un ómnibus del aeropuerto. Anduvieron unos minutos y Agata vio aviones mucho más grandes que el suyo. Bajaron del ómnibus y, mientras todos se dirigían hacia el interior de un edificio, Ágata se detuvo y miró alrededor buscando un lugar donde hubiera tierra. En el avión había pensado que, al llegar, lo primero que haría era tomar un puñado de tierra, tocarla. Pero ahora sólo veía asfalto y cemento.
      Apuró el paso y entró detrás de los demás. Tuvo que ha­cer cola y cuando el empleado le formuló una pregunta se dio cuenta de que eran las primeras palabras que iba a pronunciar en su país y en su idioma. Contestó con énfasis excesivo y el hombre le dirigió una mirada rápida y extra­ñada. Después supo que ya estaba todo listo, que no habría más trámites. Fue a esperar que en la cinta apareciera su valija. Había mucho ruido y desorden alrededor, los chan­gadores ofrecían sus servicios a los gritos, el cigarrillo col­gado en el costado de la boca, y Agata pensó que ese lugar no se diferenciaba en nada del otro aeropuerto, el que ha­bía dejado catorce horas antes. Llegó la valija, la arrastró fuera de la cinta y alguien la ayudó a colocarla sobre un carrito. Agata caminó a lo largo de una valla detrás de la cual estaban los que esperaban a los pasajeros. Para salir tuvo que sortear parejas y grupos que se abrazaban y obs­truían el paso. Buscó con la mirada a Sor Verónica, pero no la vio. Aparecieron dos monjas y Agata fue a su encuen­tro, pero la esquivaron y siguieron de largo. Permaneció en medio de la gente, girando la cabeza hacia un lado y hacia otro. Alguien se la llevó por delante, la hizo trastabillar y oyó una voz que le pedía disculpas. Vio a un hombre joven, trajeado, que se alejaba con paso rápido.
Empujó el carrito para apartarse de aquella confusión y eligió un sitio donde pudiera estar tranquila, pero que re­sultara visible para quien viniera a buscarla. Se arrimó a una pared y se puso a esperar. Había grandes pantallas que anunciaban las llegadas y las partidas de los vuelos. Buscó el suyo y lo encontró. Se dijo: "Estoy en Italia". Pero no era más que un pensamiento, todavía no lograba sentir que fuese cierto. Cuando veía acercarse una mujer sola la mira­ba fijo: "Tal vez Sor Verónica no pudo venir y envió a al­guien". Detectó varias caras conocidas del avión, que se alejaban hacia la salida. Escuchaba fragmentos de conver­saciones de la gente que pasaba. Se puso a leer todos los letreros publicitarios y los carteles indicadores. Pasaron largos minutos y comenzó a invadirla un sentimiento de desamparo: había regresado a su país, no había nadie es­perándola, estaba sola en ese gran aeropuerto. Se dijo que debía tranquilizarse, tenía la dirección del colegio, si nadie aparecía tomaría un taxi. "Tal vez hubo un error con la fe­cha y el horario". Colgada del brazo derecho llevaba la car­tera y encima el tapado. Los cambió al brazo izquierdo. Advirtió que la cartera estaba abierta y la cerró. Oyó una voz que la llamaba y ahí estaba Sor Verónica que la besaba y se disculpaba por la demora.
—El tráfico —dijo la monja—. En Roma es terrible. ¿Solamente trae esta valija? Vamos, es por acá.
Sor Verónica se hizo cargo del carrito y arrancó con pa­so rápido. No paraba de preguntarle sobre el viaje, el pue­blo, el colegio, Elsa, las otras profesoras. Ágata contestaba con monosílabos mientras se esforzaba por mantenerse a la par de esa mujer llena de energía. Salieron al aire libre, dejaron el carrito, la monja cargó con la valija y bajaron una escalera.
—Venga, conseguí que me dejaran estacionar cerca, pe­ro sólo por unos minutos.
Llegaron al coche, al final de una rampa de cemento, y entonces Ágata vio un cantero con un árbol en el medio y flores alrededor. El primer impulso fue acercarse y recoger un puñado de tierra. Pero luego sintió pudor y se contuvo. La monja metió la valija en el baúl, abrió la puerta del co­che y le dijo:
 —Suba, ya vuelvo.
  Se alejó unos metros y habló con un policía, seguramente el que le había permitido estacionar. Agata no subió al coche. Fue hasta el cantero, se agachó, hundió los dedos en la tierra, levantó un puñado, lo observó, lo palpó, lo apretó en el puño. Entonces fue como si desde ella algo partiera y se proyectara hacia el pasado, hacia los años pa­sados, hacia lo que ella había sido desde aquella partida en el barco, y después de recorrer y abarcar todo eso, ese algo regresara y un círculo se cerrara, ahí, en ese punto de con­vergencia que era ella, Agata, con la mano extendida, en cuclillas frente a las flores rojas del cantero. Oyó la voz de Sor Verónica que le decía:
— ¿Vamos?
Giró la cabeza y vio a la monja sentada al volante. Dejó deslizar la tierra entre los dedos, se enderezó y su­bió al coche. En el camino Sor Verónica le explicó que el colegio es­taba en las afueras de Roma, que no entrarían en la ciu­dad, la rodearían por una autopista.
                        — ¿Cuándo piensa viajar a su pueblo?                                
                             —Cuanto antes —dijo Agata.                               
—Bien —dijo la monja—, hoy se quedará con nosotras, mientras tanto veremos los horarios de los trenes.
Agata miraba por la ventanilla, veía los letreros de seña­lización con flechas apuntando al sur y al norte, leía los nombres: Civitavecchia, Benevento, Palermo, Siena, Perugia, Arezzo. Pensaba que por uno de esos caminos se llega­ría a Trani.
El colegio estaba sobre una loma. Sor Verónica la acompañó hasta su habitación, en el primer piso.
—Póngase cómoda, descanse, yo me encargo de averi­guar los horarios.
La habitación era pequeña y austera, olía a limpio, en las paredes no había más que un crucifijo oscuro. Golpea­ron la puerta. Ágata abrió y se encontró con una monja
menuda, muy arrugada, que se presentó como Sor Teresa. Le preguntó si deseaba algo, le dijo que todavía estaba a tiempo para almorzar. Rápidamente le informó que el pre­cio de la habitación incluía el desayuno, pero no el almuerzo ni la cena, que debían ser pagados aparte.
— ¿Cuántos días piensa quedarse? —preguntó.
Agata contestó que tal vez partiría al día siguiente y que no deseaba almorzar, sólo quería descansar.
Cuando quedó sola fue a la ventana, vio árboles y te­chos y el declive del terreno que bajaba hacia el valle. Sin­tió deseos de salir y mirar todo aquello de cerca. Se dijo que habría tiempo y se puso a ordenar sus cosas. Abrió la cartera, buscó el sobre con el pasaje y el pasaporte y no lo encontró. Tampoco estaba la billetera. Vació el contenido sobre la cama, revisó los bolsillos del tapado. Entonces se acordó del empujón en el aeropuerto. Parada en el medio de la habitación, paralizada, percibió al mismo tiempo el silencio que la rodeaba y el vacío que se producía en su ca­beza. Permaneció así, sin saber qué hacer. Finalmente bajó, bordeó un patio con flores y una fuen­te en el centro, se metió en un largo pasillo y desembocó en una sala en penumbras sin cruzarse con nadie. Se aso­mó a la única puerta entreabierta: daba a la capilla. Sor Te­resa estaba arrodillada en el último banco, la vio y se levantó.                                                                                                                   
— ¿Qué necesita?
—Hablar con Sor Verónica.
—En este momento no está.
—Es urgente.
—Tuvo que salir, vuelve en una hora. 
—Me robaron.
— ¿Qué le robaron?
—Los documentos.
                                                                — ¿Dónde?                                                               
Agata explicó como pudo. La monja llamó a otra, Sor Angélica, y después apareció una tercera. Le preguntaron si llevaba dinero en la cartera. Les dijo que muy poco, lo suficiente como para moverse los primeros días, el resto lo tenía guardado en un bolsillo que su hija le había cosido en el interior del vestido, y también había enviado una par­te por intermedio del Banco.
—Entonces no es tan grave.
—Pero estoy sin documentos —dijo Agata—, ¿qué hago ahora?
—Le extenderán otros. Los documentos se recuperan, la plata no.
Entre las tres la tranquilizaron, le dijeron que no se preocupara, que todo se arreglaría, que esperara a Sor Ve­rónica y ya verían qué se podía hacer. Comentaron que así era Italia ahora.
—A mí, hace una semana, me robaron en un ómnibus. 
    —No vaya sola por la calle, nunca lleve cosas de valor.  
    Le ofrecieron una silla, le trajeron un vaso de agua, la siguieron consolando.
—Pobre señora —dijo una.
—Pobre mundo —dijo otra.
—Tenga —dijo Sor Teresa, y le dio una estampita de la Virgen—, la va a ayudar.
Agata la tomó y volvió a su habitación. Revisó una vez más la cartera y los bolsillos, abrió la valija. Se sentó en la cama y se puso a pensar en el recibimiento que le había dado su tierra.




*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.








Los amigos son una costumbre solar*

-a Cacho Agú, con un abrazo.


los amigos son una costumbre solar,
la segura semilla de la flor del silencio,
el más que mejor rito de la cotidianía,
la bendición perfecta por la que estamos vivos...

son la espuma del viento que celebro cantando
porque allí el transcurso del tiempo se florece
rindiendo su primicia de bienvenido abrazo
en riego imprescindible de certidumbre en mano...

los amigos son fieles aún cuando la ausencia
nos regala su turno de extrañamiento humano,
y aprendemos respeto paciente por los días
hasta que otra vez alguien nos convida a acercarnos...

se nos allega otro, con su nombre y su historia,
y pactamos de nuevo convivir un nosotros,
y seguimos creciendo nuestro común destino
dentro un inmenso límite de lluvia entre los árboles...

¡y qué bueno es juntar la lluvia y los amigos!:
la bruma buena cuya lleganza es descansancio,
como el mate aromando ante la compañía
de la absorta candela y las letras que besa la poesía...

los amigos nos dejan nombrados, sin olvido:
los de siempre, los nuevos, los a llegar mañana,
en franca y encendida fiesta honda y sincera
que nos nutre de puro milagro del misterio...

cuando el azul velero de la luz nos recoge
quedan siendo lo único que de verdad tuvimos...




*de Horacio C. Rossi.  terrazio@ciudad.com.ar









Viernes, 08 de Febrero de 2008
UNA CUESTION TRANSITORIA*
 


*Por Eugenio Previgliano


Si algo me queda en la memoria de esta última copa del mundo en Francia es el recuerdo del partido Francia vs. Inglaterra con todos los supporteurs franceses cantando La Marsellesa. También me queda el penoso recuerdo de haberme visto obligado a dejarle a Carmen en Barcelona toda mi ropa de invierno y muchos libros por leer para no pagar una exorbitante multa por exceso de equipaje.
Sin embargo también los argentinos tenemos un bello himno, relegado en parte al abandono por obra de Julio A. Roca, quien junto con sus ministros sancionó un decreto que suprime algunas estrofas del Himno Nacional Argentino. Es interesante recordar algunos de sus considerandos, por ejemplo aquel que predica "contiene frases de propósito transitorio". Me resulta dudoso que tenga propósito transitorio enunciar que:
"Se levanta a la faz de la tierra /Una nueva y gloriosa nación/Coronada su sien de laureles/Y a sus plantas rendido un Leon"
¿Qué oscuros motivos hay para que el Pueblo de la Nación Argentina no entone estas bellas y sensuales estrofas cada vez que deseamos poner de manifiesto los tremendos lazos que nos unen?
Las afirmaciones del presidente Julio Argentino Roca y sus ministros incluyen que esas frases "han perdido su carácter de actualidad". Conviene, para mejor comprensión de esta idea, transcribir otras frases que a juicio de Roca habían perdido actualidad para el 30 de Marzo de 1900:
"A vosotros se atreve ¡Argentinos! /El orgullo del vil invasor, /Vuestros campos ya pisa contando /Tantas glorias hollar vencedor./Mas los bravos que unidos juraron /Su feliz libertad sostener./A esos tigres sedientos de sangre /Fuertes pechos sabrán oponer"
El delicioso poema épico de López y Planes, conocido antes como Canción Patriótica y estrenado en una elegante soirée en lo de Mariquita Sánchez de Thompson, fue sancionado como Himno Nacional Argentino por la Asamblea Constituyente de 1913, la misma que abolió la tortura -ideal que quien sabe si habrá perdido vigencia- y la esclavitud -¿otro anacronismo?- estableciendo una fecha para la libertad de vientres.
En orden a la transitoriedad, supongo que en esta categoría podría tal vez poner el sentimiento de despojo al dejar mis libros y abrigos en manos de Carmen, mi prima catalana, deslumbrado como estaba por la vuelta a la Patria, a mis hijos y a mis bellas actividades entre amigos criollos.
Pero si estas ideas pueden parecer curiosas, no menos difícil de comprender es que en los considerandos de su decreto, Roca y sus adláteres argumentaran que las frases olvidadas del himno, cuya transitoriedad es difícil de pensar, "mortifican el patriotismo del pueblo español y no son compatibles con las relaciones internacionales de amistad, unión y concordia que hoy -30 de Marzo de 1900- ligan a la Nación Argentina con España. ¿es que nos han pedido desde entonces disculpas por el crimen del colonialismo? ¿qué significa exactamente iberoamericano? ¿italohispanoamericano? Ocurre sin embargo que Carmen no ha estimado pasajera mi inquietud y ha trabajado sin sosiego y se ha puesto en gastos para enviar por correo no sólo el paquete con mis cosas sino una vasta colección de exquisitos regalos para toda la familia y yo, que soy algo distraído, demoré varios días en ir a retirar ese paquete y creo que hace apenas un par de días que repartí los regalos teniendo pendiente todavía notificarle del éxito de su generosa empresa ¿qué clase de disculpas debería pedirle después de este ingrato silencio? ¿Alcanzará con pedirle disculpas publicamente?
Justamente fue en Barcelona, quizás la menos española de las capitales de la península donde se empezó a gestar el acercamiento entre peninsulares y criollos: autoridades y pueblo saludaron con fervor el arribo de la Fragata Sarmiento el año 1900 y Roca, en un rapto de pasajero entusiasmo habló de mandar a Roque Sáenz Peña de Ministro a España para recomponer los lazos de amistad y colaboración.
Hay en él -dicen los considerandos del decreto de Roca hablando del Himno Nacional- estrofas que responden perfectamente al concepto que tienen las naciones respecto de sus himnos en tiempos de paz... las que pueden y deben preferirse para ser cantadas en festividades oficiales. ¿No preferiría el lector cantar en una final contra, por ejemplo, Brasil, esas estrofas anatemizadas del himno a tener que esperar los laureles para manifestar su fervor?
En estos días aún en la península sigue la discusión respecto de su canción patria, restaurada como tal durante la dictadura de Franco para la cual el Comité Olímpico Español anda buscando una letra razonable. En 2003 una banda australiana tocó la canción patria de la república durante una competencia deportiva y generó un escándalo de dimensiones: no parece el himno español muy asentado a los ojos extranjeros y quien sabe cuántos serán capaces de preocuparse en la madre patria -hay una sola- por la bella letra de nuestro himno.
Sin embargo tanto en la vida de las personas cuanto en la de los pueblos hay cosas efímeras y otras más profundas, misteriosamente resilientes: ¿en cuál categoría poner mi conflicto casi irresoluble con la generosa Carmen? ¿y las estrofas que faltan del himno donde las pondremos?



-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-12240-2008-02-08.html





*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 10 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores peruanos Ernesto López Mindreau, Octavio Polar y Federico Gerdes. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Pizarro (Argentina) y la música de fondo será de La Posta (Agentina). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44      A-5020 Salzburg     AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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EN EL INTERIOR DE UNA OSTRA SILENCIOSA...

Publicado en General el 5 de Enero, 2008, 19:50 por EDITOR INVENTIVAsocial

A M O R    I N C A*

(leyenda)



El Inca enamorado tiene a su amor enferma.
Su gente se acongoja, decae, trabaja triste.
El hechizo rebusca remedio en  sol y en luna.
Y el universo ayuda con todo lo que existe…

La hierba presentida está cerca del frío:
Establece su sitio sobre una tierra plana.
Se afianza en tintineos que hablan de imposibles:
Pero no hay imposible que no muera mañana…

Los augures señalan el punto: es en la Pampa:
Queda pasande el Chaku… queda pasando el Kuyu…
No se oye allí el bramido que llaman Yguazú:
Queda fuera del límite del gran Tahuantisuyu…

Y alla se lanza el Inca. Va solo y va desnudo:
No es nada más que un hombre que loco va de amor.
Y va sin atributos. También va desarmado:
Porque en su impulso lleva el primordial furor

Que tienen las vertientes desde los ventisqueros,
Que tienen oro y plata en panza del crisol,
Y que tiene el gran Cóndor, que es estirpe y prosapia
De este hombre puro y solo, encarnación del Sol…

Más probable es por Kuyu, través las piedras grandes:
Y piedras grandes cruza: va blanqueado de nieve,
Y va envuelto en guanaco: poncho, chamal, ojotas.
Cuando canta, el sol brilla. Y, cuando llora, llueve…

Porque canta en el brío de ir llegando a destino:
Un viaje de mil cielos comienza por un paso…
Porque llorando explora su condición de hombre
Que no domina lo que no alcanza con su brazo…

Chile, atrás…más piedras, más grandes… adelanta…
Las lunas y los soles, las nubes y los fríos…
En las grutas pintadas lee la ruta precisa.
Y en un socavón halla aguas guardando estío…

Y fue un hombre de tántos que atravesó la piedra
Por los secretos lechos de recóndito estiaje…
Y fue una joya más, en su tumba, el secreto
Sobre dónde se encuentran los plácidos pasajes…

Era eco impresionante del solo Amor su vida.
Su esfuerzo era el perfecto modelo del actuar
Que todo hombre se debe, si se sabe en camino:
Pura, simple y sencilla consecuencia de  Amar…

Y ya del otro lado – a un paso, la planicie –
La ribera del río se le torna escabrosa:
La piedra, que en camino de amor le ha acompañado,
Al llegar a este punto se torna veleidosa…

El amor no entorpece al amor, y, allá abajo,
Ruge el cariño enorme del río, destrabado…
Materia incompatible son el hombre y el agua:
Y la alegría se ocluye en canto acobardado…

Humano hasta el delirio, este Sol devenido
En mero mortal hombre, siente contraer su carne…
Y dice, con voz queda, entorpecidamente:
“Si debo dar mi cuerpo, no temo suicidarme”…

Por toda rogativa, erguido se endereza:
Tiene en su ser la urgencia de un plan insatisfecho...
Y, erguido, se encomienda, en petición y ofrenda…
Y, en el último instante, clama por un derecho

Que, como Dios, le toca, que , como hombre, merece…
Y así, directamente, toda linde transpuesta,
Clama al cielo infinito, el sumo sacerdote…
Y la montaña fuerza, también, una respuesta…

Exigida hasta el límite su conducta de Hombre
Y probada hasta el tope su condición de Dios:
El uno, ha proseguido, contra toda esperanza…
El otro, alzó su hacha en nombre de los dos….

Mérito suficiente, abocarse a tarea
Inménsamente ardua, dificultad mayor,
Y no negar desgaste ni derrochar poderes,
Y, aún al último instante, desechar el temor…

En forma de borrasca se decidió en el cielo
Lo que procedería al magno apelamiento:
Lluvia aterrorizante lo iluminó en sus lampos.
Inmune al viento blanco. De pie, ante el firmamento…

Bandera del amor. Parado. Erguido. Incólumne.
Hombre reconquistando su condición de Dios,
Que, en actitud mayúscula, une el cielo y la tierra
Que, congregada en coro, le sostiene la voz…

Decidir es rasgar un velo con la idea
Que, rauda, avanza hacia su concresión:
Así rasgó la nube sus negras vestiduras:
La ultimísima gota fue donada en canción…

En un cántico bravo de amores deslindados,
En fántástico evite de las contradicciones,
La magna arquitectura dispuso un voladizo
Que sobreviviría a humanas construcciones…

Y fue así: cayendo, estando, rebotándose…
Sonora nebulosa se estableció en el aire…
Y el hombre, al sentirse en algo así ocurriendo,
Dejó fluir sus brazos y manos al desgaire…

Su corazón fiestero le danza agradecido,
Y así carnavalea al pie del gran talud…
En su paso camina cón él toda su raza…
Bajo sus pies le nace la certeza del sud…

La luz, como al principio, parió la piedra madre,
Recorrida en calores por amarillas aguas…
Consolidó su imperio avanzando hacia el centro…
Y el beso fue un eléctrico choque de piraguas…

Inventando instrumentos musicales, enormes:
Tambores y sonajas y flautas esplendieron…
La luz, desmigajada, giraba en sus colores…
Y, así, se repetían los tiempos que se fueron….

Y, tras la más fantástica mineral orgía,
El que se trajo un puente desde el cielo, lo cruza,
Y, al hacerlo, regala al pastor un camino
Que deriva, al naciente, ramaje de medusa…

A un paso, la planicie. A otro paso, la Pampa…
Se le rinde serrana la feroz cordillera…
Y ya vislumbra al yuyo que recorta su estampa,
Porque bravo y erguido, como él, ya le espera…

Lo arranca. Y es un triunfo cómo atruena el silencio…
Lo enarbola. Y le crece con él su áurea estatura…
Un azul victorioso, a su vera, da el cielo…
Indecibles obsequios  en su alto oído murmura…

Los hijos de la tierra que le escoltan el paso
Le marcan, con su misma majestad, el regreso:
Su poncho se iza y se alza envuelto en viento Zonda,
Que en vilo le levanta su enamorado peso…

Emocionado, corre hacia las grandes piedras…
De un magnifico salto sortea el vario talud…
Y, un día, allá en su tierra de sol y luna y cielo,
El Waskarán lo abraza, en grito de salud…

(coda)

Cierta invasión, un día, rompe la paz. Y avanza…

Sangre del Inca corre por la gran carretera…

Se empluma y alza vuelo, a la Luz, vuelto cóndor…

Hasta que, con él, vuelva, la Vida, un día cualquiera…




*de Horacio C. Rossi. terrazio@ciudad.com.ar
(1975 – 2008)





EN EL INTERIOR DE UNA OSTRA SILENCIOSA...





Sábado, 05 de Enero de 2008
PANORAMA ECONOMICO
El caparazón*




*Por Alfredo Zaiat. azaiat@pagina12.com.ar



Las crónicas exhiben una temporada exuberante, con playas colmadas, ocupación hotelera y alquileres de vivienda a pleno, comercios llenos de consumidores ávidos por gastar y una movida de verano a lo largo y ancho del país camino a romper record de facturación y de turistas. Durante las fiestas las imágenes también se presentaron de excepción, con shoppings y locales en los principales centros comerciales urbanos atendiendo un frenesí de consumo extraordinario. En las sociedades de consumo, las modernas y
occidentales, estos meses de excesos son habituales y decodificados como síntomas de vitalidad. Incluso son indicadores que esperan ansiosos los operadores y analistas bursátiles para auscultar la salud de la economía y así decidir apuestas especulativas sobre activos financieros. Frente al antecedente de muchos fines de año traumáticos y crisis recurrentes a lo largo de varias décadas, ese tipo de expresiones de una comunidad opulenta genera en algunos una distorsión sobre el cuadro general de bienestar de la cofradía, mientras que en otros les provoca cierto rechazo al no comprender cómo es posible semejante exposición de prosperidad. Resulta más sencillo alejarse de ambas posiciones prejuiciosas y descubrir que así funciona una sociedad dual, que se exterioriza con vigor por el escenario de estabilidad y crecimiento, ya que en períodos de crisis ese festín de consumo precipitado es reprimido u ocultado. En momentos de auge, además, en un bienvenido proceso de reparación de bienestar, se van sumando pasajeros a ese tranvía de satisfacción que brinda el trueque de dinero por bienes y diversión pasajera.
La política se va construyendo con símbolos y actos que los van convalidando. La presencia de Cristina Fernández de Kirchner, después de Navidad y antes de Fin de Año, en la villa La Cava, de San Isidro, rescató la existencia de esa sociedad dual. En un pequeño espacio territorial convive, en palabras suyas, "la inmensa riqueza y la infinita pobreza". En San Isidro se desarrolló en décadas de políticas económicas del ajuste el suntuoso barrio La Horqueta y la miserable villa La Cava, constituyéndose
así en un distrito emblemático de una sociedad dual. La Presidenta prometió que buscará medidas para quebrar ese caparazón que divide dos mundos, uno pegado al lado de otro, con el objetivo de desterrar a una sociedad a la que no le ahorró definiciones: dual, injusta, hiriente e injuriante.
Plantear ese objetivo resulta un importante avance, tanto por su enunciación como por el lugar elegido para hacerlo. De esa forma se va edificando consenso social para abordar esa asignatura pendiente, que para ciertas clases medias adormecidas por la recuperación económica y en un clima relajado y de entusiasmo veraniego se generan condiciones que orientan a minimizar esa tarea. En esa construcción, el discurso y la vocación son un potente movilizador y factor de ruptura, aspectos necesarios y que merecen aprobación. Pero lo más difícil de esa meta no es la palabra, sino el diseño de un modelo que permita rescatar de la pobreza a millones y, fundamentalmente, disminuir la vulnerabilidad que tiene un amplio sector de la población de regresar a ese estado de exclusión social, por ejemplo con un golpe inflacionario en los alimentos.
El proceso de crecimiento a tasas chinas como estrategia para disminuir la pobreza que caracterizó al gobierno de Néstor Kirchner tuvo relativo éxito, al descender del record de 57,5 al umbral del 30,0 por ciento de las personas con ingresos insuficientes para comprar una canasta básica de alimentos y servicios. Esos porcentajes permiten observar la magnitud de la crisis por la que atravesó el país, pero a la vez revelan que el espectacular comportamiento de las principales variables macroeconómicas no
ha podido regresar a niveles previos a la convertibilidad al indicador de pobreza. Apostar a una estrategia similar en la gestión de Cristina Fernández de Kirchner se presenta con elevadas probabilidades de concluir con resultados decepcionantes. Se requiere de políticas un poco más complejas, lo que no implica sofisticación tecnocrática. Acciones focalizadas en cuestiones que se han convertido en nudos de generación y consolidación de pobreza.
El interesante blog homoeconomicus propone la lectura de un documento que colabora para analizar esos problemas. En Reducción de la pobreza y mercado de trabajo en Argentina post-convertibilidad se afirma que "la continuidad en el proceso de mejoramiento de las condiciones del mercado de trabajo
resulta una condición necesaria para seguir avanzando en la reducción de los niveles de pobreza que viene experimentando el país desde 2003". Sin embargo, las investigadoras Roxana Maurizio, Bárbara Perrot y Soledad Villafañe responsables de ese paper señalan que "si bien dicha reducción ha sido muy significativa, los niveles de privación continúan siendo elevados".
Apuntan que, además de un régimen macroeconómico que continúe generando un volumen importante de empleos y, especialmente, de calidad, "es necesario continuar y profundizar la política de ingresos y la política social por parte del gobierno nacional". Esa troika de expertas propone "continuar con el apuntalamiento del crecimiento de los salarios a través de la mejora del salario mínimo y de las jubilaciones". Pero a la vez destacan que "es necesario reforzar la política de transferencia hacia los hogares más necesitados dado que las mejoras que se vienen registrando en materia laboral probablemente no sean suficientes".
En relación con un posible diseño de políticas sociales, Maurizio, Perrot y Villafañe definen, en base a la evidencia obtenida del análisis de la Encuesta Permanente de Hogares, que la mayor incidencia de la pobreza y dificultad para salir de esa situación se encuentra en los hogares con presencia de menores, con jefe desocupado o con una persona inactiva mayor de 65 años que no percibe jubilación. Sugieren, entonces, para abordar cada uno de esos casos un paquete que incluya un aporte monetario a los hogares
con hijos menores que no perciben asignaciones familiares, un subsidio por desempleo y una asignación no contributiva a los mayores sin jubilación ni pensión.
Además de esa estrategia focalizada a los grupos más vulnerables, una de las claves en la actual etapa para abordar la cuestión de la pobreza se juega en dos frentes dentro del mercado laboral. Con la continuidad de la estabilidad económica, fuerte crecimiento del Producto y, fundamentalmente, precios de alimentos contenidos, la discusión salarial y la informalidad laboral pasan a ser centrales. En un voluminoso informe del Banco Interamericano de Desarrollo, ¿Los de afuera? Patrones cambiantes de exclusión en América Latina y el Caribe, se confirma no sólo para Argentina, sino para toda la
región, la elevada correlación entre los empleos de baja remuneración (en negro) y las personas afectadas por la pobreza. "La evolución de la pobreza responde, en gran medida, al desempeño del mercado laboral y, en particular, a la evolución de los salarios".
Por ese motivo, cuando se discuten salarios con la pretensión de ponerles límites, o cuando se despide o se amenaza con echar alegremente a miles de trabajadores del Estado con contratos precarios (en este caso, en la ciudad de Buenos Aires), o cuando el empleo en negro sigue en niveles elevadísimos pese a los anuncios de fiscalización y de crecimiento del empleo en blanco, o cuando el salario del informal se ubica varios escalones por debajo del formal creando así la categoría de trabajador pobre, se está interviniendo en la problemática de la pobreza. Y no precisamente para romper el duro caparazón de la sociedad dual.



*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-97072-2008-01-05.html







Empantanado*




En 1984, seguramente en apuros, Gabriel García Márquez publicó un artículo en el que se preguntaba cómo se escribe una novela. Su testimonio dejaba entrever un trasfondo de angustia: no hay escritor -al menos de cuantos se tenga noticia- que no se haya encontrado alguna vez con la temible sospecha
de que ha perdido el don de la palabra.
Mientras escribía las primeras páginas de A sus plantas rendido un león, me hice mil veces la misma pregunta: ¿Cómo demonios se hace para escribir algo que merezca llamarse literatura?
Los pánicos revelados por García Márquez me daban vueltas en la cabeza.
Entonces me di cuenta de que en mi desasosiego yo estaba haciendo lo mismo que hacen todos los escritores ( aunque uno cree ser el único y se avergüenza ) cuando la novela -o simplemente una idea- se empantana: correr a la biblioteca y buscar el auxilio del libro más amado. El escritor impotente saca, por ejemplo, Tifón, de Conrad, y empieza a recorrer al azar las páginas del capitán MacWhirr. Pero, claro, Conrad fue marino y ha vivido todo lo que cuenta. No sirve como modelo. Entonces uno toma a Simenon, La escalera de hierro, sin ir más lejos, y al cabo de unos pocos capítulos se da cuenta de que no pasa gran cosa, de que la historia fluye y se acumula como la arena de los relojes. El personaje es un pobre tipo, seguramente uno de los más estupendos pobres tipos descritos en este siglo, pero tampoco eso es lo que uno está intentando hacer.
A ver, probemos con uno nuestro, Julio Cortázar, Rayuela, o más simplemente, Final de juego. No, nada que hacer: el hombre tiene una música propia, intransferible, tan mezcla de jazz y de tango que uno se queda atrapado en el relato y olvida su propia novela trunca. No hay caso. No hay libro ajeno que sirva.
Entonces el escritor vacío va y prueba con los libros propios, si es que ya tiene alguno.
Peor todavía. Cada vez que uno repasa algo ya publicado se tropieza con la dificultad de reconocer que alguna vez fue mejor, o bien de que nunca fue lo suficientemente bueno como para que valga la pena seguir adelante.
Conozco muchos escritores -en realidad la mayoría- que trabajan con un plan previo. Manuel Puig me contó un día que nunca se sentaba a escribir hasta que no sabía lo que iba a ocurrir en la novela paso a paso, capítulo a capítulo, con un comienzo y un final insustituibles. Otros toman apuntes. En servilletas de papel, en blocks que esconden en los bolsillos del saco, al dorso de la última carta de la amante, o sobre un rollo de papel higiénico.
En general, me dice Antonio Dal Masetto, los apuntes sirven. Como yo estaba impresionado por la precisión del montaje de Siempre es difícil volver a casa, le pregunté cómo había trabajado para lograrlo.
Fue así: una noche se sentó a la mesa con una damajuana de vino y una caja de zapatós vacía. Sacó o copió todos los apuntes que había juntado en los fondos de los bolsillos, en los bordes de las sábanas y hasta en las paredes del departamento y dispuso cuatro pilas, como si fueran naipes. En una puso
todos los apuntes que, se le ocurría, cabrían al personaje A; en otra los del B, en la siguiente los del C y en la última los del D. Planchó pacientemente los papeles con el dorso de la mano, los enrolló como un
matambre y ató cada uno con un trozo de piolín. Después los metió en la caja de zapatos y la guardó en un armario hasta que le vinieran ganas de escribir. El día que la pereza lo abandonó, metió la mano en la caja y empezó a sacar los rollos al azar. Personaje que salía, personaje que entraba en acción. "Es un método como cualquier otro", me dijo al final y sacó del bolsillo los arrugados apuntes que está juntando para su próximo libro.
Scott Fitzgerald, en cambio, era un hombre meticuloso y la prueba está en el apéndice de El último magnate. Como Raymond Chandler, el gran Scott reescribía cada capítulo hasta el hartazgo y supongo que ésa fue una de las causas para que los dos se dieran a la bebida con tanto fervor.
En cambio, Erskine Caldwell, a quien me acerqué en París para agradecerle algunos de mis mejores momentos de soledad, era bastante desprolijo y los más inolvidables momentos de El camino del tabaco se deben al fino olfato con el que captaba el idioma y los gestos de los granjeros del sur.
De joven, Scott Fitzgerald despreciaba lo que Caldwell hacía, pero terminó admirándolo. Lo cierto es que el autor de La chacrita de Dios nunca tuvo problemas para sentarse a trabajar y allí quedan más de cincuenta libros -de lo mejor a lo peor- que lo prueban.
Quien resultó un verdadero caso de empantanamiento fue Samuel Dashiell Hammett. Ya en 1931 tuvo que encerrarse en el hotel que regenteaba Nathanael West para poder entregar a tiempo El hombre flaco, que le habían pagado por anticipado. Después se empacó como una mula y en treinta años sólo
 consiguió escribir una docena de páginas.
Yo no sé si a Juan Rulfo le pasó algo similar. Escribió un libro de cuentos, El llano en llamas, y una novela, Pedro Páramo, que son obras maestras. Luego, durante tres décadas guardó silencio. En un bar de Berlín, hacia 1980, Rulfo me dijo que estaba escribiendo algunos cuentos. Pero muchos sospechábamos que se burlaba de nosotros y sobre todo de Octavio Paz, su blanco preferido.
Rulfo no creaba expectativas sobre obras futuras y esto fue aprovechado por los editores que se hacían un deber en no pagarle sus derechos de autor. Yo le propuse en otro bar, el Suárez de Buenos Aires, que hiciéramos circular la voz de que estaba terminando una novela. Automáticamente, sus editores del mundo entero correrían a pagarle los derechos atrasados para tener alguna posibilidad de publicar la nueva novela que, sin duda, sería un acontecimiento para las letras del continente. Sin embargo, Juan Rulfo sólo parecía preocupado, ese día, por comprar toneladas de aspirinas fabricadas en la Argentina, porque, me decía, las de México son malas y escasas.
Creo que he leído Pedro Páramo veinte veces y mi admiración por Rulfo no tiene límites. Sé que él gustaba de mis novelas, pero cada vez que me pongo a escribir pienso que si Rulfo había dejado de hacerlo debía ser porque creía que no valía la pena. Y si pensaba eso, ¿qué diablos hago yo frente a
la máquina de escribir?
Más tarde, sentado frente a doscientas páginas llenas de ruidosos guerrilleros que parecían ir al fracaso, ante un cónsul argentino que la cancillería olvidó en un lugar perdido del África, me preguntaba cada día qué hacer ahora, de qué manera seguir mañana, cómo terminaría esa historia que escribía a ciegas llevado de la mano de un puñado de personajes que parecían divertirse como si vivieran por su cuenta.
Tarde o temprano, a casi todos los escritores nos persigue el síndrome de Dashiell Hammett. Salvo que no se tenga el menor sentido autocrítico y uno decida que todo lo escrito bien escrito está, van a parar a la basura decenas o cientos de páginas que uno sabe irrescatables aun para los amigos más fieles. Y con cada página se va un pedazo de corazón. No porque la literatura esté perdiendo algo: simplemente porque para escribir cualquier cosa que tenga algún sentido hay que encorvar la espalda y entabacarse,
 y vomitar el café recalentado de la madrugada. Y cada vez que algo va al cesto de los papeles y uno puso en la máquina otra página en blanco con la esperanza de que el ángel iluminador pase ante sus ojos, vuelve a aparecer el fantasma de Dashiell Hammett.
Por supuesto, hay escritores que no se empantanan jamás. Son, casi siempre, los más prolíficos y vanidosos. No hay en ellos la menor duda sobre las bondades de lo que acaban de enviar a su editor. Conozco a varios. En general, le entregan a uno el original de una novela (o de un cuento, o de un poema), con un gesto severo y esta frase en los labios: "Estoy seguro de que te va a gustar."
Sin embargo, mi breve experiencia de novelista me dice que no hay manera de convencer a todo el mundo de que lo que uno hace está destinado a la posteridad.
Cuando le envié Triste, solitario y final a Julio Cortázar, recibí una de las más bellas cartas de elogio que he tenido en mi vida. Al mismo tiempo la leyó Juan Carlos Onetti, quien me la devolvió con el gesto adusto que siempre llevaba puesto y mientras viajábamos en un ascensor, me comentó, despectivo: "Esa cosa va a andar muy bien en Estados Unidos."
Onetti fue uno de los más grandes escritores de este continente y una de las personas menos sociables del oficio. En 1979, en Barcelona, presentó esa obra cumbre que es Dejemos hablar al viento. El salón estaba colmado de público que asistía a una mesa redonda para oír hablar al maestro. Era hora de salir a hacer cada uno un discurso sobre ya no recuerdo qué tema, cuando nos informaron que estaba prohibido fumar en la sala. Allí nomás, Onetti se plantó. Sin un cigarrillo en los labios él no podía hablar. Como a mí me sucedía algo similar, apoyé su rebeldía y estuvimos media hora negociando en vano mientras la gente batía palmas para recordarnos que estaban allí.
 El bombero de la sala, como buen catalán, no quiso dar el brazo a torcer y entonces yo disimulé un cenicero entre el saco y la camisa y le avisé a Onetti -que se había atrincherado en un rincón- que bien podíamos desafiar a la fuerza pública. El asunto lo entusiasmó y cuando apareció en la sala la
gente lo aplaudió tanto que encendimos diez cigarrillos cada uno sin que el bombero pudiera impedirlo. Lo que más turbaba al catalán era que alguien hubiera colocado un cenicero sobre la mesa y con ello legitimara nuestra transgresión. Desde entonces, Onetti aceptaba tomar el teléfono cuando lo llamaba, una vez por año, o cuando estaba de paso por Madrid. A veces pienso que hasta me tenía alguna simpatía porque habíamos bebido juntos y compartimos el amor por Chandler y por los diluidos suburbios de
 Montevideo y Buenos Aires.
Pues bien, Juan Carlos Onetti era de esos escritores que se empacan pero insisten. En aquel 1979 me dijo que estaba escribiendo una novela de cien capítulos cortos y que nunca el trabajo le había salido tan rápido y tan bueno; sin embargo, esa novela se quedó empantanada en alguna parte y Onetti la cambió por Cuando entonces, esa maravilla. Como él tenía una envidiable capacidad para matar personajes y resucitarlos cuando se le da la gana, no hay manera de tomarlo como modelo. Igual que a Borges, sólo se puede admirarlo, nunca usarlo de referencia.
Jorge Musto, otro uruguayo, me reprochó por carta que yo, como jurado, no hubiera votado por su novela en un concurso que ganó en La Habana en 1977.
Luego trabamos relación y me contó su manera de escribir: Musto nunca pasa a otra página antes de haber dejado terminada, impecable, la que está escribiendo. Si comete un error de máquina tira el papel y vuelve a empezar.
Entonces entendí por qué su novela no me había invitado a premiarla. Tengo para mí que la escritura tiene un ritmo y una respiración que sólo se sostienen cuando el autor se desliza por ella como por sobre una correntada.
Es imposible detenerse a contemplar el río sin que a uno se lo lleve el agua. Hay que nadar sin pausa y corregir la dirección a medida que se dan brazadas. Por supuesto, hay que ir hacia la costa sin perder el estilo: "Deben pelearse los personajes, no las palabras", ha dicho García Márquez y tiene razón.
Ese maravilloso mecanismo de relojería que es Crónica de una muerte anunciada fue escrito a una página por día, sudando, metiéndose en la piel de Santiago Nasar y en los odios de sus asesinos. Es posible que el "mierda", al final de El coronel no tiene quien le escriba, haya demandado años de maduración.
Lo cierto es que cuando García Márquez se quedó empantanado, me di un susto mayúsculo y me gustó leer aquel artículo en el que pedía auxilio cuando él sabía, como sabemos todos, que no hay Dios ni poderoso señor sobre la tierra capaz de sacarlo a uno de semejante atolladero.
Es frecuente, también, que el escritor se sienta acabado después de cada libro. Le pasaba a Scott y creo que le pasaba a Italo Calvino como también me pasa a mí.
Cuando lo conocí, Calvino acababa de terminar Si una noche de invierno un viajero, y aún no sabía que había hecho un libro magistral. Recuerdo que me animé a preguntarle si estaba conforme con la novela, e hizo un gesto de duda sincera. Como Calvino era de poco hablar y yo tenía veneración por él, siempre que lo visitaba me guardaba las preguntas que hubiera querido hacerle. Me pasa lo mismo con casi toda la gente que hace lo que yo soy incapaz de hacer. Creo que con Juan Gelman he hablado muy poco de
 poesía porque me intimidaba su talento. Lo mismo me ha ocurrido con Bioy Casares.
Con Giovanni Arpino hemos visto fútbol y hemos tomado copas sin mencionar su novela La monja joven. Cuando me animé a decirle al brasileño Joao Ubaldo Ribeiro todo el placer que me había dado leer Sargento Getulio me contestó que en Brasil hay otro escritor joven mejor que él y que se llama Mario
Souza, el autor de Mad María.
Los brasileños son un capítulo aparte. Se quieren mucho entre ellos y eso los distingue del resto de los mortales, pero sobre todo de los argentinos.
Cuando conocí a Souza, me dijo que Ribeiro es el mejor de todos ellos y hasta Jorge Amado y Nélida Piñón proclaman que lo suyo es tan bueno como lo que hacía Guimaraes Rosa. Tengo para mí que los brasileños no se empantanan nunca. Porque de eso se trataba al principio, de los escritores que alguna vez nos hemos quedado mirando por la ventana esperando a que Dios provea. En mi caso son siempre los gatos quienes me traen las buenas noticias. Es una constante y una certeza en mi vida y algún día escribiré sobre ellos.
Así como Triste, solitario y final existe gracias a un gato, otro -blanco y negro- llegó ese año a sacarme del apuro cuando no sabía dónde ir con el cónsul que Pasquini Durán me había revelado en una charla de madrugada.
El verano de 1985, mientras estaba en aprietos, dejaba a cada rato la máquina para ir a darle de comer a la araña que vive en el resquicio de la puerta de mi escritorio. Eso me distraía de mi empantanamiento y me gustaba verla salir a buscar su alimento deslizándose sobre la transparente tela que rodea su cueva. A cada momento me decía que iba a aplastarla, pero algo, una burda superstición, me detenía.
Luego, en pleno invierno, salía a pasear por el marco de la puerta, satisfecha porque le sobraba comida para llegar a la primavera. En ese momento, yo estaba escribiendo la página doscientos de mi historia y ya me llevaba bien con los personajes. Entonces les avisé a los gatos que esa araña no se tocaba, porque tenía que acompañarme en ese cuarto hasta que la novela estuviera terminada y le encontráramos un buen título.



*de Osvaldo Soriano.
 "Piratas, fantasmas y dinosaurios"  Editorial Norma. Bs As. 1996.







Sábado, 05 de Enero de 2008
2001: odisea del futuro
Von Däniken*



*Por Pablo Capanna


Si bien para los argentinos la sola mención del 2001 trae pésimos recuerdos, hay que pensar que alguna vez ese año estuvo en el futuro y cargó con todas las esperanzas que encerraba el mítico 2000.
También fue el título de una gran película de Stanley Kubrick: 2001. Odisea del espacio. Para muchos es casi un paradigma, y si alguien lo duda basta ver cómo todos desde entonces copiaron su escenografía, limitándose a añadirle apenas algunos truquitos tecnológicos.
Es probable que todos la hayan visto. Si no, podemos confiar en los canales de cable, que cada tanto la pasan tres veces por día, y luego la archivan durante años. En los videoclubes, está entre los "clásicos", pero es mucho más que una película vieja.
2001 se basaba en un cuento de Arthur Clarke escrito unos veinte años antes, pero nos sacudía desde el comienzo con una escena que parecía impugnar a Darwin y a la Biblia por igual. Nuestros remotos antepasados, que se veían mucho más simiescos que cualquier australopiteco conocido, se topaban con un
misterioso monolito negro. Las radiaciones que emitía los volvían súbitamente inteligentes, aunque su primera invención era un palo, para partirles la cabeza a sus adversarios. De ahí, el film saltaba a un futuro imaginario donde se suponía que seguirían estando la URSS y Panam.
Aunque al público no le importara saberlo, la fórmula no era original: mucho de teosofía, un toque de Robert Ardrey, un guiño a Nietzsche y un refrito de ciencia ficción bastante antigua.
Eran las ideas que había puesto en circulación Planète, una exitosa revista francesa que había crecido a la zaga de un best-seller, El retorno de los brujos (1960).
La película de Kubrick se estrenó en 1968, un año atípico. En mayo los estudiantes habían hecho arder París con la primera revolución posmoderna y la guerra en Vietnam ya no tenía retorno. El film de Kubrick no salía de la nada; explotaba estéticamente algunas ideas que flotaban en el ambiente, a
un lado y otro de la Cortina de Hierro.
Ese mismo año, el hotelero suizo Erich von Däniken logró publicar, no sin dificultad, un libro que luego sería el eje de un enorme negocio y el inicio de una moda irresistible. Recuerdos del futuro pasó por el mundo como un ciclón, creció hasta mover fortunas y agotó sus fuerzas sólo para pasarle la posta a la New Age.
En perspectiva histórica, el fenómeno aparece como la avanzada de un movimiento que trivializó e instaló las creencias "ocultas" en el favor popular, gracias a un formidable marketing que supo encontrar el momento más propicio.
Podría haber sido una moda como el cubo de Rubik, el aro hawaiano o la manía por los dinosaurios. Pero tenía algo más, que se ha encargado de investigar el antropólogo francés Viktor Stoczkowski. Su libro (Hombres, dioses y extraterrestres, 1999) excede el tema estrictamente histórico, para plantear algunas provocativas tesis sobre ciencia, seudociencia e ideología.

LOS DIOSES DEL ESPACIO
El mito ("teoría", para sus adeptos) de los astronautas del pasado es un conspicuo fenómeno cultural que creció vigorosamente a mediados del siglo pasado de la mano de las obras de von Däniken y sus epígonos. A diferencia de modas más efímeras como El código Da Vinci, logró mantenerse vigente durante varias décadas, y sería ingenuo pensar que se haya extinguido.
Simplemente ha sido metabolizado junto con el mito ovni y otros efectos no deseados de la ciencia ficción, para ingresar en el imaginario colectivo.
Muchos creen que es una teoría científica.
Stoczkowski resume su evolución en una clásica curva de campana, en la cual se limita a graficar los títulos originales publicados cada año, sin incluir las reediciones, traducciones y piraterías, que son legión.
La moda arranca en 1954, con el libro de un tal G.H. Williamson. En 1960, cuando ya aparecen cuatro libros más, recibe el empujón decisivo de Planète.
En 1963 hay cuatro nuevas obras, y para 1968, cuando hace su irrupción Von Däniken, ya se publican once. En 1974 alcanza un pico de 25 novedades, que fueron decreciendo desde entonces (18 en 1975 y cinco en 1980) y se mantiene con las reediciones.
Recuerdos del futuro, el primer libro de Von Däniken, apareció en alemán y en seguida fue traducido a varios idiomas. Llegó a ser popular en la India, Turquía e Irán, para no hablar de la Argentina. En 1973 cuando la televisión norteamericana adelantó escenas del documental, en dos días se vendieron 250.000 libros. Hubo 44 reediciones en Estados Unidos, seguidas por otros 20 textos que el suizo escribió entre 1968 y 1997. No hay estadísticas confiables sobre las ventas, que los editores ocultaban al fisco, pero el propio Von Däniken admitía en 1997 que llevaba vendidos 54.000.000 de ejemplares. El éxito del suizo fue compartido por el italiano Peter Kolosimo y el francés Robert Charroux (1909-1978). Se cree que Charroux, un empleado de correos que había comenzado escribiendo cuentos policiales y novelas "del
corazón", fue plagiado por Von Däniken. De hecho, un tercio de las tesis del suizo ya estaban en los libros publicados por Charroux entre 1963 y 1967, pero éste alcanzó a escribir veinte más.

LA RESACA DEL FUTURO
Es probable que la clave de este éxito fuera la promoción que hizo Planète de la "teoría de los astronautas prehistóricos" unos años antes de que Von Däniken la sistematizara y comenzara a facturar. Planète fue fundada en 1961 por el novelista Louis Pauwels y Jacques Bergier, un experto en la ciencia
ficción que se presentaba como "físico".
Llegó a tener un éxito increíble para cualquier revista cultural: en su mejor momento alcanzó a vender cien mil ejemplares. Fue una de las primeras "revistas de biblioteca", con una notable calidad gráfica, firmas prestigiosas, muy buen nivel periodístico y un formato muy imitado. Se editó en varios países, incluyendo la Argentina, y en pocos años llegó a montar un negocio que incluía turismo y educación. Produjo colecciones de libros de historia, religión y literatura. Organizó multitudinarias conferencias, paseos a la India o la NASA y costosos paquetes turísticos en las playas mediterráneas. Cuando ya estaba planeando fundar una universidad, en 1972 el público se cansó.
Planète puso en circulación todos los temas que luego explotarían Charroux y Von Däniken. Lo más curioso es que muchos de ellos los había tomado Bergier de fuentes rusas.
En esos años, los soviéticos auspiciaban esa literatura, en el marco de una campaña antirreligiosa dirigida al frente interno. Como se sabía muy poco de lo que pasaba en la URSS, en Occidente se le dio una importancia que no merecían. En esos años, el astrónomo Shklovskii explicaba en Komsomolskaia
Pravda que los satélites de Marte eran artificiales, el físico Agrest sostenía en Literatúrnaia Gazeta que en el Líbano prehistórico habían ocurrido explosiones nucleares, y el periodista Alexander Kazantzev hablaba de una nave espacial que se había estrellado en Siberia en 1908.
La "teoría" de los visitantes extraterrestres se apoyaba en una galería de "pruebas arqueológicas": las ruinas de Tiahuanaco y las pistas de Nazca, la isla de Pascua, las pinturas prehistóricas de Tassili, Sodoma y Gomorra, el "astronauta" de una pintura maya. También se hablaba de objetos de aluminio
en la China prehistórica, de naves espaciales en la India védica, de pilas eléctricas y lentes ópticas en el Irán medieval. Todo venía a demostrar que la Tierra había sido visitada por extraterrestres en el pasado más remoto y que el hombre había sido creado por ellos; en algunas versiones, lo habían creado por error.
Nada de esto era nuevo, salvo que ahora se explicaba por una tecnología superior, en lugar de la magia. Ya estaba casi todo en los libros de Madame Blavatski, de fines del siglo XIX. La idea de los perversos demiurgos que habían engendrado al hombre era mucho más antigua: estaba en los textos de los gnósticos, escritos allá por el siglo II.
A todos estos temas Von Däniken no vaciló en añadirles algunos probados fraudes, como las famosas "piedras de Ica", falsos grabados preincaicos donde aparecían dinosaurios, telescopios y trasplantes de órganos. La teoría se construía como una pirámide inversa. Partiendo de dos o tres tesis aceptadas sin vacilación, se acumulaban infinitas "pruebas" de origen inverificable. Si algo podía explicarse de otro modo, era apenas una excepción a la teoría. Curiosamente (o no tanto) Planète y Von Däniken despreciaban abiertamente a quienes creían en los ovnis. Eran otro target.
EL HOMBRE DE PALENQUE, MEXICO. GRABADO EN PIEDRA QUE SE REMONTA A 12 MIL
AÑOS ATRAS, DONDE LOS AFICIONADOS A LO ESOTERICO VEN UN ASTRONAUTA.

LOS REFUTADORES FRUSTRADOS
Por supuesto, no todos sucumbieron a la moda, pero la palabra de arqueólogos, historiadores, escépticos y racionalistas no alcanzó a contenerla: es sabido que los libros de astrología se venden más que los de
astronomía, por más amenos que sean éstos. El público veía a los refutadores como aguafiestas, sobre todo desde que los editores comenzaron a hablar de "dioses" en los títulos. Era algo que ni siquiera se le había ocurrido a Von Däniken.
Los expertos explicaron que Tiahuanaco había sido construida en tiempos del Imperio Romano; que la nave espacial del "astronauta" de Palenque era una mazorca estilizada y su casco era un quetzal; que los megalitos de la isla de Pascua ya estaban en una historieta de Oesterheld; que las pistas de Nazca habían sido trazadas con fines rituales.
Algunos fundaron una anti Planète llamada Janus, pero no hicieron más que imitar su formato. El escritor John Sladek recurrió al humor y en Los nuevos apócrifos (1973) anunció que los asirios ya conocían el timbre, como lo demostraban los pezones de una diosa.
El mundo académico se movilizó. Entre 1973 y 1980 la "teoría" fue objeto de trabajos colectivos y exhaustivos análisis de especialistas (Peter White, Henry Broch, Jean-Pierre Adam) y periodistas como Ronald Story. Ninguno de ellos logró conmover al lector. Quienes compraban esos libros eran
precisamente aquellos que ya estaban contra Von Däniken.
Para medir la magnitud del impacto cultural que tuvo el fenómeno, basta ver el prestigio de las firmas que movilizó. El historiador de las religiones Mircea Eliade y el filósofo Edgar Morin se vieron en el compromiso de juzgar el fenómeno sin irritar demasiado a los lectores. Eliade (que tenía un pasado esotérico) lo vio con optimismo y quiso explicarlo por el hartazgo que había provocado el pesimismo existencialista. Pero de hecho, el público que veía las películas más negras de Bergman y Antonioni era a veces el mismo que compraba los libros de Von Däniken. En esos años, hasta daban algún toque de progresismo.
Edgar Morin, que en algún momento terminó por escribir en Planète, bosquejó una explicación sociológica. Destacó el poder del marketing, la atractiva presentación y la fácil lectura. Identificó a un lector que aquí se hubiera llamado "mediopelo", a mitad de camino entre la universidad y la televisión.
La situación volvió a repetirse hace muy poco tiempo con El código Da Vinci, un negocio armado sobre la ignorancia histórica y bastante paranoia conspirativa. Muchos se preguntaron si valía la pena el esfuerzo que ponían los historiadores y hasta los guías de turismo por refutarlo, ante gente que
estaba dispuesta a creer ciegamente en algo que su propio autor presentaba como una novela.
El caso Von Däniken, siendo uno de los más duraderos, se volvió ejemplar porque logró hacerles perder la calma a los propios escépticos. Algunos esgrimieron un informe donde se acusaba al suizo de mitomanía y exhumaron causas penales por estafa. Aunque hubiera mucho de cierto en todo eso,
atribuirlo todo a la irracionalidad, la ignorancia o la locura es una explicación bastante simplista. Ni los autores ni los lectores de la "teoría" eran ignorantes, irracionales ni locos. Más de un gerente de
ventas con pocos escrúpulos envidiaría su astucia.
Stoczkowski aporta un factor más inquietante cuando señala la abundancia de contenidos racistas y antisemitas que hay en muchos de esos textos, especialmente los de Charroux, que se siguen reeditando hasta hoy. Para el antropólogo, estamos ante un suerte de "racionalidad restringida", que razona lógicamente a partir de premisas que solo satisfacen el deseo, y suele ser inmune aun a las refutaciones más contundentes.
Chesterton decía que los locos no son aquellos que han perdido la razón. Son esos que tienen uso de razón, pero como han perdido el criterio de realidad se sienten capaces de construir delirios sistemáticos. O de consumirlos, como en este caso.


*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1845-2008-01-05.html






Sábado, 05 de Enero de 2008
Pabellón de tinieblas*




*Por Miriam Cairo cairo367@hotmail.com


 

FIESTA, FIESTA
Se descolgó el mundo. Sus débiles membranas de pájaro sobreviviente de un diluvio, se desprendieron en una maniobra inepta de los ángeles, que con sus boquitas de murciélagos blancos llenaron el cielo de exclamaciones espantosas. Inmersos en los festejos de rigor, nosotros pensábamos que eran fuegos artificiales. Dios delegó la responsabilidad de los sermones a los que estaban más borrachos, pero la ebria locuacidad de los creyentes apenas alcanzaba para repetir una y otra vez "feliz año", "feliz año". Al diablo se le torcieron las mandíbulas comiendo nueces y retraído en la penumbra, él también nos dejaba caer, pero nosotros pensábamos que ese ardor en el estómago era porque el vitel thoné estaba vencido. En la caída, el mundo rasgaba con las uñas el telón del universo. En los oídos somnolientos de
dios, el derrumbe terreno era un pequeño rumor, apenas un acorde que se convierte en silencio. Sus murciélagos blancos jugaban a las escondidas.
Ninfas y sátiros celebraban orgías en honor al imperio pero nosotros pensábamos que era un happy hours de último momento.


KITSCH-KITSCH, BANG, BANG
Claudia Médicci, con un vestido de tul negro, surcado por una franja de encaje que no mostraba plenamente las aureolas tutelares de sus senos, me sorprendió en plena noche, jubilosa, mientras mis viejos vecinos partían en dos un enorme pan dulce, sobre la mesa improvisada en la vereda. Ella estaba
radiante, como toda estrella de televisión, sonriente y excitada convencida de que allí también, en mis sueños, había cámaras y espectadores detrás de la pantalla. Los químicos que suelen servirse en estas fiestas, fermentaron mi fárrago onírico y en el revoltijo de figuras, la mano bienhechora del sueño, intoxicada con lemon?champ agarró a la Médicci al voleo, que flotaba en su propia zona alucinada, con un baby-doll negro y tanga al tono. Yo no podía echarla, porque nunca he echado a nadie de mis sueños y menos aun en navidad, cuando una tiene la dicha de caer en una promiscuidad tan bien venida. La sonriente rubia fue interceptada en plena fantasía con galán de nombre Cacho y de apellido Castaña. Ella se mostraba nerviosa, mientras me describía el modelito que llevaba puesto. El atrás de la rosarina se expandía hacia los costados como un gran plato carnal del que podían comer los hombres y las mujeres de todo mi vecindario. El viento de la noche de los sueños, se comportaba como una ráfaga fílmica, precisa, que le sacudía el largo cabello de amazona tratado por Sanders y coloreado por Silkey.
Cuando ella se levantó el tul y dio la espalda, mostró a Cacho, en toda su plenitud, el universo postrero, excretador de flores, el cual meneaba al ritmo de una música que ella misma se provocaba. El viento jugaba con las extensiones que mutaban a un color rojizo a medida que el sueño avanzaba. El viento certero, dirigido a veces por Polaco, a veces por Armando Bo, le sostenía el vestidito impresentable enrollado en la cintura. Cacho y yo estábamos fascinados con ese jueguito de porno-inocencia. El redondo paquete de la mujer que antes conducía La Pavada, se revolvía bajo los tules del baby-doll, y Cacho, subyugado, fue tras ella, guiado por el hechizo de sus nalgas. El balance de fin de año es altamente positivo: mi capacidad alucinada va en ascenso. A mi fauna onírica he incorporado rutilantes seres de farándula. Pero mi fidelidad no se altera: el viejo desnudo que me esperaba fumando pacientemente en una azotea flotante, sin edificio, era como siempre Ezra Pound.


EL SILENCIO EROTICO
En sus rostros, la vocación de amor se anunciaba inminente. Tal como lo dijera el libro que leo todas las noches, la transparencia de esa vocación los hacía amados. Al igual que el narrador del libro que leo siempre, yo tampoco me sentí bastante autora para describir el modo en que esos dos se aferraban a la vida ni para transmitirle a mi lector por dónde eligieron éstos, canalizar sus solturas. Mientras ella buscaba el gel en la cartera, era fácil para mí seguir sus movimientos de mujer que dejaba de ser buena,
pero eso no duró mucho tiempo. Cuando ella volcó generosamente un borbotón de ungüento en la mano derecha y sobó la panoja cristalina, mis ojos de bestia relatora iban y venían, desesperados, por cada rincón de la selva. La transparente vocación de amor se acumuló en la mazorca nítida de él, desde
donde salía el nítido rumor de la nítida simiente. Ella, con un gesto insensible, despreocupado, pasó lo mano por la línea de su horizonte, delineó varias veces con el dedo la ranura gozadora. El transparente empuñó su nave ungida y como si fuera un crayón descomunal, dibujó con ella el surco de abajo hacia arriba primero, de arriba hacia abajo después, hasta que la aeronave halló la brecha resbaladiza y entró de lleno en la abertura del sol profundo. Ella con su dedo y él con su nave bien me habrían podido
señalar como impotente narradora porque en ese momento todo mi universo narrado desaparecía en el interior de una ostra silenciosa.

 

*Fuente: Rosario-12
 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11808-2008-01-05.html



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EN EL PAGO DE LOS DESEOS...

Publicado en General el 5 de Enero, 2008, 9:35 por EDITOR INVENTIVAsocial

CUENTAS FALSAS*




Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa;
En engañosa luna mi escultura reflejo,
Ellos rompen sus picos, martillando el espejo,
Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa,
Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa.

Amor de burla y frío
Mármol que el tedio barnizó de fuego,
O lirio que el rubor vistió de rosa,
Siempre lo dé, Dios mío...

O rosario fecundo,
Collar vivo que encierra
La garganta del mundo.

Cadena de la tierra,
Constelación caída.

O rosario imantado de serpientes,
Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios,
Que en tu sonrisa de cincuenta dientes
Con un gran beso se prendió mi vida:
Una rosa de labios.



*De Delmira Agustini.
-Fuente: http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm







EN EL PAGO DE LOS DESEOS...






Buscando el lugar de los Deseos*

 


*Por Maria Bar  mariabarleiva@yahoo.es



El otro día me encontré con Silvana y me contaba riéndose que por durante muchos años se había trasladado a Pago de los Deseos  - Departamento Saladas de la Provincia de Corrientes – por cuestiones laborales. Y a raíz de la difusión mediática[1] de las acciones privadas de 6 – seis - mujeres maestras, ella – riéndose - me decía cómo puede ser que nunca me invitaron! Los comentarios siguieron en esa línea y luego nos despedimos. Más allá de sonrisas conducentes a formas que alientan las fantasías sexuales, todo hecho merece ser contextualizado.
Entonces leo, conservando casi como un regalo de primavera, el 21 de Septiembre de éste año, el diario El Libertador [2] publica los resultados de la encuesta realizada por el INDEC en la Capital correntina, diciendo que La pobreza alcanza al 40,2% en la Provincia, aclarando que en el país éste mismo índice alcanza al 23,4 %. Reproduzco – parcialmente - la nota de dicho Informe: De cada diez correntinos que andan por la calle, cuatro de ellos son pobres. Es una de las formas de expresar el índice oficial que dio a conocer ayer el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), que señala que el 40,2 por ciento de la población de Corrientes vive en la pobreza, una cifra que casi duplica a la media nacional, ubicada en el 23,4 por ciento en el primer semestre del año.
Entonces me digo que tal vez no comprenda algunos mecanismos de la economía, pero me encuentro con otro Informe elaborado en base a datos publicados por el Ministerio de Economía de la Nación para el tercer trimestre del año 2007, que dice que: la región NEA es la que el mayor índice de endeudamiento registra en relación con los Recursos Totales que maneja. Asimismo disminuyó, porcentualmente la financiación privada, con respecto a la financiación pública.[3]
Pero además Javier Lindenboin en una entrevista que mantiene con Jorge Alperín en Pagina 12, [4] dice que la distribución del ingreso es el tema decisivo de la vida social, pero no logra ocupar ese lugar en el debate político. Continúa diciendo que eran muchos – y se incluye - los que habían realizado diagnósticos erróneos en la última década cuando sostenían que la pobreza y la desigualdad venían de la mano del desempleo. Sin embargo acota que ahora ha bajado significativamente el desempleo, pero se sigue siendo desiguales, y persiste la alta pobreza. Es  momento de preguntarse si el problema no deriva de otras cosas, a las cuales ayudó el desempleo. Por ejemplo, pensar cómo se retribuyen los actores económicos que participan en la creación de la riqueza. Ese es el motivo por el cual yo pongo tanto el acento en que discutir el reparto según la participación que cada uno tiene en la economía…
Lindemboin aclara que lo que se llama “distribución del ingreso” encierra, al menos, dos momentos, dos procesos:
-distribución primaria es la que asigna a los dos factores básicos
entre el empresario o propietario de la empresa y del capital,  La forma aparente es que el empresario le paga un salario producto de un acuerdo, un convenio, una resolución legal, etc. Pero, en el fondo, le paga de acuerdo a la productividad marginal que el trabajo tiene.
-el trabajador,
distribución secundaria, realizada a través de la intervención del Estado. Capta ingresos a través de impuestos, distintos tipos de impuestos, y los utiliza con criterios que en cada Estado varían…
…En el momento en que se producen los bienes, se determina qué parte le queda a cada uno bajo la forma institucional que en ese momento rija. Esa es la distribución primaria. Ahí se define cuánta gente tiene trabajo, pero gana poco, y cuánta gente se lleva el resto.
La cuestión es cómo acontece la vida económica en nuestra sociedad, tal que año tras año a los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para vivir, mientras que los que tienen la posibilidad de vivir de alguna forma de renta de capital están cada vez mejor. Eso es comprensible para algunos que tienen preocupación por estos temas, pero para el común de la gente no. Y muchas veces los medios tampoco ayudan a dilucidarlo. Todo eso lleva a que estas cosas no tengan prensa. A mí me llamaban muy a menudo los periodistas cuando las tasas de desempleo eran muy altas. Pero, cuando el desempleo empezó a caer, también cayó el interés de los medios en el tema y cada vez llamaron menos. ¿Por qué? Porque periodísticamente se supone que no es noticia de impacto que caiga el desempleo. Y no es por criticar al periodismo. Simplemente, hay cosas del funcionamiento de la sociedad que quedan fuera de la vista cotidiana.
Disculpen si uso productos o trabajos de otros, lo que sucede es que creo que la autoridad intelectual de Lindemboin merece traerlo. Y como para volver a los hechos convocantes de éste escrito, me resuenan las siguientes cuestiones:
a)  El profundo y delicado problema de la inequidad que genera la distribución del ingreso
b)  La cuestión es cómo acontece la vida económica en nuestra sociedad, tal que año tras año a los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para vivir, mientras que los que tienen la posibilidad de vivir de alguna forma de renta de capital están cada vez mejor.
Y tratando de regresar al tema generado desde un Paraje cuyo nombre promueve y alienta el disfrute, propio de todo deseo humano, me resonaba una noticia en relación al hecho: Los maridos de las maestras buscan al chofer que las llevaba a Pago de los Deseos[5], e inmediatamente me dije: ¿para qué? Y que las parejas de ésta mujeres me disculpen, pero me figuré un encuentro entre ellos, en el que cada marido enloquecedora y sucesivamente preguntaba al – ahora famoso - chofer de la combi, cuál había sido su fórmula. Lo que tal vez ni él, sepa. Pero por algo suceden los hechos y seguro tienen relación con el proceso de distribución primaria que explicaba Lindemboin, cuando se refería a la gente que trabaja, pero gana poco. Y ello permite deducir que a los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para vivir. Esto último no les alcanza para vivir no significa acaso guardar cotidianamente la rabia que produce no acceder a bienes materiales, culturales, recreativos, etc. Y sé – tratando de superar cortas y perversas especulaciones - que cuando se engloba en una frase bienes materiales, no se nombra explícitamente al hambre que muchas veces se siente al ir a dormir, o la imposibilidad de adquirir la zapatilla al hijo o una buena lencería sugerente y atractiva. También parece que cuando uno dice bienes culturales, no menciona directamente a los libros, películas, concurrencia a congresos, a la producción artística o deportiva, etc.  Da la impresión que sucede lo mismo cuando uno se refiere a los bienes recreativos, ya que generalmente no se habla cuanto de salud mental incorpora una familia entera cuando puede ir al mar, a la montaña, al menos 15 días en un año.
Nada de esto pueden hacer las familias pobres y pareciera que la insatisfacción, cotidiana y brutalmente naturalizada, van creando las condiciones que hacen desaparecer al deseo, en todos sus sentidos posibles.  
Se puede creer que todo ello va configurando los vacíos sociales, culturales, existenciales, etc., y el Tete Francisco Romero diría que da lugar al Culturicidio. Y más allá de los factores que van produciendo éstos hechos, el principal desafío es reconocerlos, contextualizarlos, vincularlos, etc., aportando alguna línea que permita interpretarlos.
Y hablando de contextos, puedo visualizar el Interior de Corrientes, que llama con sus indicadores, que reflejan también los deseos que se mueven alrededor de Corrientes, Provincia claramente desigual. En ésta provincia querida – y en particular éste año -  ha mostrado realidades feroces y en especial con historia de niños:
·      ese niño quien tal vez marcado por el deseo nacido en  una eventual influencia de la mano dura, no ha hecho otra cosa que matar a un compañero de clases. La vida de un semejante…o desigual?, aquí cerca en Ituzaingó.
·      lo ocurrido con y alrededor de Ramoncito, en Mercedes (que también nos muestra la morbosidad de ciertos medios de comunicación social,[6] cuando exhiben las fotos del cuerpo, que alguna vez fue requerido desde el deseo).   
·      Y Romina, niña de apenas 11 años, quien seguro se paseó por las barrancas que hicieron famosa a Empedrado, localidad que hoy cobra notoriedad por su cuerpo – depositario de un perverso deseo violado, tirado…
Alguien dirá que tres o cuatro hechos no representan a la totalidad, sin embargo creo algo se mueve en Corrientes, desde adentro, incluyendo a sus niños y a quienes los educan.
Siento que algo nuevo rompe viejas convenciones intelectuales que no nos permiten entender lo que está sucediendo al lado nuestro. Habría que trabajar denodadamente para construir solidaria y cotidianamente una Provincia menos desigual, lo que – seguro – no sólo nos salvará de la muerte, sino que habremos encontrado el lugar de los deseos.


Notas:
[1] http://www.minutouno.com/1/hoy/article/%C2%A1Qu%C3%A9-maestras!:-En-medio-del-esc%C3%A1ndalo-sexual-las-profesoras-infieles-defienden-su-intimidad%5Eid_62830.htm
[2] www.diarioellibertador.com.ar – Edición Digital Corrientes, Viernes 21 de Septiembre de 2007 – Año 4 Edición N ° 1672
[3] www.morarandu.com del 5 de diciembre de 2007
[4] http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-89615-2007-08-12.html http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-89615-2007-08-12.html
[5] http://www.corrientesonline.com/  del 22 de Diciembre del 2007
[6]  http://www.corrientesenelaire.com.ar/?galeria=265





CUENTAS DE MÁRMOL*


 
Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego,
Apagando mis sienes en frío y blanco ruego...

Engarzad en un gesto de palmera o de astro
Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro
Tallada a besos puros y bruñida en la edad;
Sereno, tal habiendo la luna por coraza;
Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
Y desde el tabernáculo de vuestra castidad,
Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma
Mi sombra besará vuestro manto de calma,
Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos;
Luego será mi carne en la vuestra perdida...
Luego será mi alma en la vuestra diluida...
Luego será la gloria... y, ¡seremos un dios!
-Amor de blanco y frío,
Amor de estatuas, lirios, astros, dioses...
¡Tú me lo des, Dios mío!



*De Delmira Agustini.
-Fuente: http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm






Geneviève*



En medio de la clase de física, cuando llegaba la primavera y el viento se calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes, el Flaco Martínez, que era el profesor más querido del colegio, tiraba la tiza sobre el escritorio descalabrado y decía: "Y ahora, a visitar la materia". Los alumnos sabíamos lo que quería decir. Los primeros aplausos y vivas venían de los bancos de atrás, de los mayores que repetían por tercera vez el año y estaban en edad de conscripción.
Guardábamos carpetas y libros y el Flaco Martínez levantaba las manos pidiendo silencio para que el director y el celador no nos oyeran. El director era un tipo bien trajeado que sabía manejar la sonrisa y el rigor; estaba al tanto, pero toleraba las escapadas porque temía el desgano de los mejores jugadores de fútbol en la gran final intercolegial de noviembre.
Era sabido que cada año apostaba su aguinaldo completo a favor de "sus muchachos". Con la llegada de la primavera florecía también su carácter jovial, tolerante, y la disciplina se relajaba y los exámenes eran menos imperativos y aquellos que nos sabíamos ya integrantes del equipo nos sentíamos con derecho a olvidar las matemáticas y la química para entrenar en la cancha vecina.
Entonces salíamos caminando despacio, casi arrastrando los pies para no darles envidia a los pibes de primer año que tenían matemáticas en el aula del zaguán, la puerta entreabierta porque ya no soplaba el viento del oeste y el silencio calmaba los nervios como un puñado de aspirinas. Por entonces las calles no estaban pavimentadas y un viejo camión regador pasaba dos veces por día para aquietar el polvo. Cuando el viento callaba, como aquella tarde, el pueblo chato y gris parecía cubrirse de ruidos que no conocíamos. El Flaco Martínez caminaba adelante, el pucho entre los labios, su pálida cara de tuberculoso afrontando un sol dañino. Era, creo, tan pobre como nosotros: llevaba siempre el mismo traje azul lustroso que planchaba extendiéndolo bajo el colchón de la pensión y se ponía cualquier corbata cortita a la que nunca le deshacía el nudo. Se decía que era timbero y mujeriego y que por eso lo habían transferido de un respetable colegio de Bahía Blanca a nuestro remoto establecimiento de varones solos, adonde sólo se llegaba por castigo o por aventura.
Éramos más de veinte en el curso, pero la asistencia nunca pasaba de doce o catorce; los mejores alumnos, serios y bien vestidos, y nosotros, los que teníamos el boletín lleno de amonestaciones pero jugábamos bien al fútbol.
No era fácil seguir al Flaco Martínez que tenía las piernas largas como mástiles. Subía la cuesta y encaraba por la ruta asfaltada que separaba a los malos de los buenos ciudadanos del pueblo. Al sol, su pelo largo al estilo de un bohemio pasado de moda se ponía rojo y todos nos dábamos cuenta de que la física le importaba tanto como a nosotros. Pero nadie, nunca, se animó a tutearlo. En los momentos más dramáticos de una partida de billar se le alcanzaba la tiza acompañándola de un "señor" que jamás sonó socarrón.
Aquélla no era su tierra y estaba claro que despreciaba cada grano de arena que respiraba o se le metía en los zapatos. Pero se había resignado a ella como los hombres solos se resignan a las noches interminables.
Bajando la cuesta, al otro lado de la ruta, se veían esparcidas las primeras casas cuadradas y el café con billares y barajas del turco Saúl Asir. A esa hora, las calles del barrio estaban desiertas y sólo los camiones cargados de manzanas pasaban dejando una polvareda que se quedaba flotando hasta que una brisa nos la apartaba del camino y el sol volvía a cocinar las acequias y los espinillos. En el bar, el Flaco Martínez se tomaba una sola ginebra y nos hacía vaciar los bolsillos. Como siempre, el Rengo Mores tenía apenas lo justo para pagarse la vuelta en ómnibus hasta Centenario, que quedaba entre las bardas, a cuarenta kilómetros. Casi todos vivíamos lejos y atravesábamos el río en colectivo, o en bicicleta, o colados en algún camión. Los que faltaban a clase se habían quedado pescando cerca del puente porque todavía no era tiempo de sacarse la ropa y tirarse a nadar.
Juntábamos el primer viernes de cada mes lo que ganábamos al truco, o en trabajos de ocasión. El Flaco Martínez reunía los billetes y hasta alguna moneda, agregaba lo suyo que no era mucho, y se iba a parlamentar con la gorda Zulema que era nuestra virgen protectora. La Zulema era dulce y sabia, paciente y comprensiva, y amaba su profesión como jamás he visto que otra mujer la amara. No conocía el egoísmo ni las pequeñas miserias que otros toman por virtudes. Su orgullo era la heladera eléctrica, la única de ese costado maldecido de la ribera, que había hecho traer en un vagón de encomiendas desde Buenos Aires. No es que alardeara de ella, ni que la mezquinara, pero nadie tenía derecho a abrirla sin su presencia y consentimiento.
Una noche de sopor en la que todos estuvimos de acuerdo en que llovería, la abrió delante de mí y del Negro Orellana. Aparte de una botella de refresco y una pechuga de pollo, había un largo collar de perlas de imitación y un paquete de cartas envueltas en una cinta rosa. Eran fantasmas del pasado y la Gorda Zulema quería que se conservaran frescos e intactos como un postre de chocolate.
Hubo otra noche en que yo estaba triste, un poco borracho e impotente, y ella me pasó la mano por la cabeza y me acarició los párpados y no me dijo las estúpidas palabras que tenían preparadas las otras mujeres del barrio. Me hizo sentar al borde de la cama, que era grande como una pista de baile, apoyó su cabeza contra mi espalda para que no nos viéramos las caras y me contó alguna cosa de su vida que nos hizo llorar a los dos mientras los otros clientes esperaban en el vestíbulo.
Supe esa noche que se llamaba Geneviève, que era francesa de verdad y no como otras, que arrastraban la erre para darse corte. Buscó las cartas en la heladera. Los sobres desteñidos de tinta violeta estaban escritos con una caligrafía varonil e imperativa. Un detalle añadía a la distancia un reproche velado: no conforme con escribir Neuquén, Argentine, el hombre agregaba inútilmente Patagonie, Amérique du Sud. El sobre traía ya una sospecha de selvas o desiertos. De fin del mundo.
Geneviève se había ocultado detrás de Zulema en Buenos Aires, donde había pasado algunos años de gloria mientras Europa se desangraba. Su contribución al esfuerzo de guerra de sus compatriotas había sido firme y decidida: hasta la liberación de París ningún hombre de nacionalidad alemana se tendió sobre sus sábanas.
La decadencia y las arrugas la trajeron a nuestro pueblo y secretamente sabía que su tierra ya estaba tan lejana como su juventud. Barajó los sobres como si fuera a repartir las cartas y en ellas estuviera escrito el destino, el de ella -que soñaba en vano con volver a ver el Mediterráneo- y el mío, que alguna vez me llevaría a su Francia natal.
No habló del hombre que se quedó en el puerto de Marsella: cuando la correspondencia dejó de llegar empaquetó el pasado y lo guardó en la heladera, como otras mujeres lo conservan el rictus amargo de los labios.
Pero aquella tarde de primavera en que llegamos con el Flaco Martínez, todavía no habíamos mirado la heladera por dentro ni habíamos llorado juntos. Zulema era gorda y opulenta y Federico Fellini hubiera gustado de ella. A su lado, el Flaco Martínez parecía una escoba abandonada junto a un camión cisterna. Hablaron un rato sin manosear dinero ni levantar la voz. Al otro lado de la calle nosotros esperábamos, ansiosos como si el Flaco estuviera por tirar un penal. Un movimiento de cabeza, una risa comprensiva de la Gorda Zulema y empezamos a saltar como si el Flaco hubiera hecho el gol.
Tirábamos los turnos a la suerte, revoleando dos monedas a la vez y el sistema era complicado porque la empresa era seria. Si alguien reclamaba prioridad por su dinero, el Flaco prometía hacerle explicar la fusión de ya no sé qué materia y el egoísta se calmaba. Después, al caer la tarde, con la lengua desatada por la emoción, íbamos a jugar al billar a lo del Turco y teníamos un hambre feroz y ni una moneda para un sándwich.
Cuando recuerdo aquellos años, cuando reviven las imágenes del Flaco Martínez y de la Gorda Zulema, imagino que el corresponsal de Marsella escribiría sus cartas temiendo que el corazón de su Geneviève se endureciera en aquel desierto hostil. Pues no. Es hora de que ese hombre obstinado, si vive todavía, lo sepa. Valía la pena esperarla. Aun esperarla en vano. En aquel paisaje en el que éramos extranjeros (es decir, inocentes), todo era irrealidad: no había elefantes que rodearan el valle, ni el avión negro de Perón llegó nunca. Las manzanas y las vidas florecían pero las ilusiones, como los relojes baratos que llevábamos en la muñeca, se entorpecían y luchaban por abrirse paso entre la arenisca que volaba desde el desierto.
Hace unos años, cuando fui por última vez, mis amigos de entonces me habían enterrado: corrió la noticia que me daba como descabezado en un accidente de tránsito. Fue curioso ver las caras azoradas frente a una aparición de ultratumba.
Por fin, cuando hicimos el recuento de vidas y muertes, de hazañas y cobardías, de sueños realizados y matrimonios hechos y deshechos, pregunté por el Flaco Martínez. "El Flaco también se murió -dijo alguien-; se fue al sur, a Santa Cruz, y lo agarró la pulmonía, pobre Flaco."
La Zulema era un recuerdo que se nombraba en voz baja. Muchos se habían construido un edificio personal que los abrigaba de un pasado de pobreza y la Gorda Zulema estaba sepultada en los cimientos. ¿Qué importancia podía tener entonces aquel primer viernes de cada mes, cuando era primavera y el viento se calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes?



*De Osvaldo Soriano.
-"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana, Bs. As. Edición de 1993.






SERPENTINA*



En mis sueños de amor, ¡yo soy serpiente!
Gliso y ondulo como una corriente;
Dos píldoras de insomnio y de hipnotismo
      Son mis ojos; la punta del encanto
Es mi lengua... ¡y atraigo como el llanto!
      Soy un pomo de abismo.

Mi cuerpo es una cinta de delicia,
Glisa y ondula como una caricia...

Y en mis sueños de odio, ¡soy serpiente!
Mi lengua es una venenosa fuente;
Mi testa es la luzbélica diadema,
Haz de la muerte, en un fatal soslayo
Son mis pupilas; y mi cuerpo en gema
      ¡Es la vaina del rayo!

Si así sueño mi carne, así es mi mente:
Un cuerpo largo, largo de serpiente
Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!



*De Delmira Agustini.
-Fuente: http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm






Sábado, 05 de Enero de 2008
Delincuencia, castigo y ética*



*Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania Federal


Aquí, en Alemania, prosiguió durante las fiestas la discusión sobre si hay democracia cuando se pagan millones de euros anuales a los ejecutivos de grandes empresas y al mismo tiempo hay casi cuatro millones de desocupados.
¿Es democracia ejercer el poder del dinero para crear el "más poder" que significa la propiedad? No, democracia debe ser siempre lo equitativo. A cada uno lo suyo para vivir en la dignidad. Eso tendría que ser lo racional.
Y no favorecer la riqueza de algunos y la pobreza de otros. Cuando no se guarda la dignidad no se es democrático.
Por ejemplo: ¿se puede llamar democracia a un país que tiene desocupados? No, evidentemente, no. Es un concepto que tiene que hacerse consciente en toda mente humana. Aquí en Alemania -y nombro a este país porque es señalado como el mejor país organizado económicamente dentro del sistema capitalista-
justo ayer los medios comunicaron exultantes que en el último mes se ha reducido el número de desocupados en 28.000, y ahora el total de gente sin trabajo es de "solamente" 3.406.000. Tres millones y medio. Lo que no dicen las frías estadísticas es la situación de desigualdad entre los que no
tienen trabajo frente a los que sí lo tienen. Porque debemos, insistimos, adoptar el concepto de que en una democracia todos tienen que tener trabajo, todos deben tener las mismas posibilidades de vivir dignamente. ¿Cómo se hace? Pues repartiendo. Creando trabajo. Porque si no el resultado es la
violencia, la sociedad violenta.
Que es el tema de actualidad en Alemania. De debatir como principal tema la irracionalidad de los altísimos sueldos de los ejecutivos de las empresas privadas, los sucesos de actualidad han llevado la discusión a la cuestión de la violencia en las calles. Todo nació con un hecho muy cruel ocurrido en
el subterráneo de Munich. Dos jóvenes extranjeros -un turco y un griego, de 20 y 16 años de edad- se pusieron a fumar en un vagón de pasajeros. Un anciano -de 76 años- les advirtió de buenas maneras que en el subte estaba prohibido fumar y que, por favor, apagaran sus cigarrillos. Los dos jóvenes
extranjeros le gritaron al anciano pasajero: "Callate, alemán de mierda". Y lo escupieron. Poco después, el anciano alemán se bajó del subte y fue perseguido por los dos jóvenes extranjeros. Uno, de atrás, le pegó un feroz puñetazo en la cabeza. El hombre cayó y allí fue pateado con toda violencia en la cabeza y en la espalda. Todo esto fue filmado por las cámaras de vigilancia que hay en cada estación de subte. El pasajero golpeado resultó ser un maestro, director de escuela jubilado, quien fue internado de
inmediato en estado grave con fractura de cráneo. Tres días después del hecho fueron detenidos los jóvenes autores de la agresión. Las cintas filmadas fueron pasadas en todos los noticieros de televisión. Se originó una gran indignación de la opinión pública dirigida en especial contra los extranjeros, por supuesto. Justo fue el momento cuando cada partido político demostró lo que tiene que ser para ellos la educación y cómo hay que terminar con la violencia juvenil. Por supuesto, para la derecha, con más castigo. Es decir aumentando las penas de prisión y, a los extranjeros, luego de cumplida la prisión, expulsarlos del país.
Pero la realidad volvió a repetir sus fantasías. Dos días después del hecho, en un subte de Berlín, dos muchachos alemanes golpearon a un africano, a quien, por supuesto, calificaron de "negro de mierda". Aquí era al revés. No sólo los agresores son jóvenes extranjeros sino que también pueden serlo, y lo son, jóvenes del propio país. Quedaba demostrado que la verdadera culpable es la sociedad misma, con sus pobres y ricos, con sus niños educados en escuelas de barrio "bien" y los otros, en barrios pobres, de
gente desocupada, marginada, del alcohol y de la droga. Ni siquiera las religiones han logrado aminorar la violencia de la sociedad, debe ser por sus principios de autoritarismo. (Justamente, se ha comprobado en Alemania, por ejemplo, que el 26 por ciento de padres turcos mahometanos castigan a sus hijos. En las familias alemanas esa proporción cae al 6 por ciento, pero en los estados católicos, al sur alemán, es más asiduo que en los luteranos.) Y gran parte de la delincuencia juvenil -lo demuestran los estudios realizados- viene de los hogares donde se ejerce la paliza como medio de enseñar conductas. Por supuesto, la delincuencia en su mayoría es ejercida por jóvenes sin trabajo y que han abandonado los estudios y aprendizajes.
Y todo eso no se arregla aumentando las penas por los delitos. Lo demuestran las estadísticas. Un alto porcentaje de los delitos son cometidos por ex presos, es decir, por personas con antecedentes delictivos. Lo que quiere decir que con la prisión no se aprende nada. Pero sí cuando en la prisión, y especialmente a los jóvenes, se les enseña un oficio, es decir, a llegar a la seguridad de sentirse útiles dentro de la sociedad. Y salen de la cárcel con un trabajo asegurado.
Del total de actos delictivos en Alemania, el 43 por ciento fue llevado a cabo por jóvenes menores de 21 años de edad, y la mitad de los mismos fue cometido por jóvenes extranjeros.
Y aquí hay que preguntarse por qué y no hacer racismos baratos. La derecha, representada por el Partido Demócrata Cristiano, ha iniciado la campaña de terminar con la "pedagogía del mimo" para con los jóvenes delincuentes e instalar campamentos de castigo para ellos. Pero aclaran que con ello no tratan de imitar a Estados Unidos, que posee los bootscamps donde los jóvenes son tratados como si estuvieran haciendo el más despiadado servicio militar, sino someterlos a severas reglas y un horario de tareas a cumplir indefectiblemente. Trabajo, trabajo y trabajo. Por supuesto, trabajos que lleven al agotamiento físico para que no comiencen a tramar planes contra el orden previsto. Esa democracia cristiana ha conseguido ya que Alemania pueda expulsar a extranjeros jóvenes desde los catorce años de edad. Eso es como tirar la violencia para otro lado y darle la espalda. Así no se solucionan los problemas de un mundo cada vez más estrecho y cercano.
Ojalá que las agresiones en los dos subterráneos alemanes, el del maestro golpeado y el del africano agredido, den principio al diálogo para encontrar cuál es el método de la razón que lleve a terminar con la violencia individual.
Los argentinos tenemos una historia del horror en nuestros institutos penales. Las masacres, los incidentes entre internos, la pobreza inmensa de medios para lograr una convivencia que nos aleje de la violencia, enfermedad siniestra que si no se la trata terminará con toda forma de convivencia.
Y para eso, el primer ladrillo de una verdadera democracia debe ser el diálogo, la palabra. Termino ahora con algo que me llena de tristeza pero no de conformismo. Los argentinos no somos capaces ni siquiera de debatir nuestra historia y preguntarnos qué nos ha pasado en esa bella y más que generosa tierra argentina. Me acaban de comunicar que el presidente de la municipalidad entrerriana de Gualeguaychú, Juan José Badillo, acaba de vetar la resolución de cambiar el nombre a la calle General Roca por el de Pueblos originarios. Es decir, cambiar el recuerdo del genocida por el de sus víctimas. El pretexto de Badillo ha sido que "la implementación del cambio de nombres de calles acarrea innumerables inconvenientes a los vecinos (...), ya que se hace necesario que ellos deban realizar cambios de domicilio". Qué profundidad filosófica la del señor Badillo (con el mismo argumento, hoy todas las calles céntricas de Alemania seguirían llamándose Adolf Hitler), cuando lo valioso, lo valiente, hubiera sido llamar al debate público y que triunfe la razón sobre el interés. La misma resolución tomó la mayoría de la comisión de cultura de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el voto del macrismo y del ARI. La pregunta es: si tenemos miedo de debatir esa temática histórica que hace a la Etica de una verdadera República, ¿cómo vamos a resolver los profundos problemas de nuestra
sociedad?


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-97058-2008-01-05.html




 
FIERA DE AMOR*



Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!



*De Delmira Agustini.
-Fuente: http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm


 



Presagios de Beethoven para la UE*

 

*Por  Slavoj Zizek
Fuente: FILOSOFO, DIRECTOR INSTITUTO BIRKBECK DE HUMANIDADES

Los gobernantes de la Unión Europea pusieron fin semanas atrás a diez años de disputas diplomáticas y firmaron el Tratado de Lisboa.

Durante la ceremonia, un coro interpretó la "Oda a la alegría" de Beethoven.
Si bien el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven puede parecer una elección inocua como himno oficial de la Unión Europea (se lo proclamó en 1972), en realidad es mucho más elocuente que lo que cabría esperarse en relación con la Europa actual.

La pieza musical tiene un pasaje de extraño desequilibrio. En medio del movimiento, después de escuchar la melodía principal (el tema de la "alegría") en tres variaciones vocales y orquestales, ocurre algo inesperado que incomoda a los críticos desde hace ciento ochenta años: en el Compás 331 el tono cambia por completo y, en lugar del himno solemne, el mismo tema de la "alegría" se repite en un estilo de "marcha turca".
El tono se convierte entonces en un desfile carnavalesco, un espectáculo satírico. A partir de ese momento, estiman tales críticos, todo se arruina; nunca se recupera la dignidad simple y solemne de la primera parte del movimiento.
¿No se aplica lo mismo a la Europa actual? La segunda estrofa del poema de Friedrich Schiller musicalizado en la "Oda a la alegría", cuyo coro invita a los "millones" del mundo a "abrazarse", termina con un presagio: "En cuanto a aquél que no pueda regocijarse, que se aleje llorando".
Resulta difícil obviar una reciente paradoja de la marcha turca: mientras Europa da los últimos toques a su solidaridad continental en Lisboa, los turcos, a pesar de sus esperanzas, están fuera del abrazo.
Antes de sucumbir al sentimiento cálido de que somos una gran familia, los europeos deberíamos pensar en todos aquellos que no pueden regocijarse con nosotros, en todos aquellos a los que se obliga a "alejarse llorando". Tal vez sea la única manera de poner fin a los disturbios, los incendios de autos y otras formas de la marcha turca que ahora vemos en nuestras propias ciudades.


Copyright Clarín y Le Monde, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/01/05/opinion/o-03102.htm

 



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EN EL CULO DEL MUNDO...

Publicado en General el 4 de Enero, 2008, 10:35 por EDITOR INVENTIVAsocial
EN EL CULO DEL MUNDO...





EL HIJO DE BUTCH CASSIDY*

 
El hijo de Butch Cassidy fue publicado originalmente en el diario Página/12, forma parte de "Cuentos de los años felices", Editorial Sudamericana, 1993



El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy
despojó a Italia de todos sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora
irremediables por falta de mejores testigos.
La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que
trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra.
Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego.
Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido.
Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un
ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes.
El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.
No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.
Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay.
Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuánto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos.
Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el teléfono.
Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación?
En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados del Fuhrer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.
Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden-Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny-La-Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del
Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no había ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío.
El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia.
A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.
Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista.
Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la
guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran
suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.
Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia.
William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa.
Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir
con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.
El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.
En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.
Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.
La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detrás de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.
En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios.
Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el
partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiró a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.
Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de
mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre.
Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre
menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden.
En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesiastés, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles.
Enseguida el hijo de Butch Cassidy dio por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.
Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.
Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que
nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había dónde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.
A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.
En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.
William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches.


*FUENTE: http://www.letropolis.com.ar/2006/12/soriano.hijo.htm





Las/12|Viernes, 04 de Enero de 2008
Uno que...*

Lo miramos, lo trabajamos, lo escondemos, lo envidiamos, lo gozamos -el propio y el ajeno-, lo hacemos milanesa sobre la arena en un gesto de amoroso olvido, lo apretamos en pantalones para que parezca otro, lo negamos, lo ofrecemos. Todos y todas vivimos nuestros culos como humanos que somos y sin embargo ahí están las otras, las colas del verano, las que deben ser como deben ser -con una ayudita del quirófano-. Sepa por qué todos los veranos es la misma historia.


*Por Luciana Peker


Una mujer que quiere acostarse después de acostarse -sin pensar en irse, en huirse, en blindarse- sabe que si los dos cuerpos se rinden y se dan vuelta, se reinventan. Entonces el cuerpo gira, se acomoda y así se hace noche y se re-hace el día. Una mujer que duerme con un cuerpo desnudo, abrazado, despatarrado, sabe que es su atrás, su columna vertebral, su trasero, su cuerpo sin voz, sin palabra, sin siquiera mirada, el que arrima. Una mujer que sabe desandar sus maratones y volverse caminante con sus manos apoyadas, sabe que ahí -ahí donde un soplido puede dividir el cuerpo-, ahí donde el cuerpo hace una vertical entre las piernas y la espalda, ahí el cuerpo se pone redondo. Y como si estuviera Galileo vociferando pero se mueve el verano descubre las colas como si descubriera América.
"¡Estalló el verano!" es el grito con el que las placas rojas comienzan a buscar el mar y con el mar las notas de verano y las notas de verano son colas y colas y colas. Colas de culos, de traseros, pompis, cachas, tujes, nalgas, pan dulce, pavito, el cu-cu que hay que mover, el bombón asesino (¿por qué la mirada sobre el deseo se transforma cada vez más en una idea de matar o morir?) que se pone suculento, la cola-less, ese invento, si no argentino, sí masificado acá, en donde las colas son altar, altar de verano.
Acá donde las modelos tuercen la cabeza para mirar a cámara, para que aparezca de refilón una teta, pero para dar la cola a primer plano, mientras ellas arquean la cintura y disimulan convirtiéndose en jirafas profesionales de torcer el cuello.
Acá donde las mallas se cavan y la playa o las piletas se vuelven un campo minado. Acá donde las colas son santificadas, petrificadas, glorificadas.
Acá donde las colas son trabajadas como -ahora- se trabaja la adicción al amor, la autoestima, la lactancia, el erotismo en el matrimonio y -también- la cola, que cuando se trabaja se vuelve plural y se llaman glúteos. Y las que no la trabajan lo sufren en verano: nuestras colas clandestinas, fatigadas de desparramarse en pantalones, nuestras colas fiacas de subir la rodillita, nuestras colas camufladas en pareos y gozosas cuando el mar rompe en olas y apabulla las miradas y el desnudo vuelve a ser libertad y no cachetes apretados como mofletes de niño o niña de tres años.
Acá, en este paisito, donde mostrar la cola ya no es destaparse, sino contraerse. ¿Quién puede relajarse sin tener cubierta la espalda? ¿Y quién puede disfrutar con el culo fruncido? Toda una expresión, justamente, la de tener cara de culo. O la de que te vaya para el culo, para el traste, para el orto o para el ojete. Ya lo cantó Alejandro Lerner: "Hoy me siento para el culo/ es más fuerte que yo...". El culo, ese objeto del deseo, goteado de verano, puede ser sinónimo de mala o buena suerte.

¡Que culo!
"El traste de las mujeres, lo mismo que las tetas, es un descubrimiento del siglo XX. En el XIX los vestidos ocultaban todo y había que imaginar las formas femeninas. El descubrimiento de la cola se produjo después de la II Guerra Mundial. De hecho, las nuevas imágenes del cine y los medios de
comunicación contribuyeron mucho a hacer exponenciales esas zonas erógenas", recalca la historiadora Dora Barrancos. El crítico de cine Jorge Belaunzarán repasa: "Hasta hace pocos años la sensualidad y la sexualidad de las minas no pasaba por la idea que hoy tenemos de culo. En los cincuenta, con Marilyn, la sensualidad era verla menear la cadera, que no es lo mismo que mover el culo; en los sesenta el sex appeal de las minas eran las tetas. El culo se impone en los noventa. Ahora, por ejemplo, en una de las últimas de James Bond, Halle Berry tiene un paneo muy lento sobre su cuerpo saliendo del agua en una playa para mostrar bien su culo, por más que después también reluzcan sus tetas".
Pero en el protagonismo del culo también tiene mucho que ver el crecimiento de la cultura gay. La pedagoga y ensayista Daniela Gutiérrez asienta: "Cierto día del siglo XX, Tom Selleck exigió que un número determinado de tomas lo agarrara desde atrás. La exigencia fue de inmediato celebrada por
la comunidad homosexual norteamericana porque, a diferencia de tantos otros carilindos de la pantalla, el galán Selleck, de bigotes y metro noventa, hacía confesión y firmaba sus predilecciones dándonos la mejor de sus sonrisas: dos lindos glúteos apretaditos y simpaticones". Y enlaza la historia de la cola con un presente en donde la diversidad sexual se hace deseo. "El caso 'Tom Selleck' pone el culo dentro de una economía del deseo y de una política del cuerpo. Jim Morrison comenzó su carrera de vocalista
actuando de espaldas, como sugiriendo que las puertas de la percepción (The Doors of perception) se abrían en otra óptica. Ya antes el trasero embutido en pantalones bien ceñidos de Mick Jagger era una réplica exacta a la lacerante pelvis del bueno de Elvis. El culo -unisex, androginizante- había comenzado a sincerarse como ese radiante objeto del deseo."
Argentina tiene una larga alegoría a las categorizadas de buenas colas: Adriana Brodsky era la bebota y usaba minifaldas que zigzagueaba el manosanta personificado por Alberto Olmedo. Los pantalones By Deep fueron el icono de un calce profundo (que ya no se usa). Y Patricia Sarán bajaba por un ascensor antiguo y a la vista subiéndose un jean ajustado, en una toma de 1989, que -ahora- sería un homenaje a la insinuación. Después, llegó la televisión y los primerísimos primeros planos a las T-nellys o a las chicas
que menean la pollerita en los programas de bailanta. Pero Internet hace todo más explícito. Las mujeres que quieren mostrar su cola muestran su cola y los hombres que quieren mostrar la cola de sus mujeres postean una foto y piden comentarios para el aplauso de la platea cibernauta con el subject de
"mirá el pavito de mi esposa".
En el 2008 -hasta que aparezcan las nuevas chicas del verano- están de moda Rocío Guirao Díaz, Luciana Salazar y (aun embarazada) Pampita.
Pero el auge de las colas objeto de deseo y de mercado no es, solamente, obvio por tratarse de una zona erógena. El 14 de julio de este año, Norberto Chab, director de la neomisógina revista Hombre explicó: "Es un misterio saber qué hubiera pasado si al principio hubiéramos mostrado colas en lugar de tetas y vendíamos el triple. Este año hay una seguidilla de colas.
Visualmente, parece, el mercado coincide: pide colas".
¿Por qué venden más las colas? Hay algunos disparadores posibles: cuando en el sexo una mujer da la espalda, los varones pueden tener mayor sensación de dominación. Incluso, la mujer que muestra la cola en una revista no está de frente, no mira ni desafía, está dada vuelta, casi fuera de foco y sí o sí tiene que agacharse o inclinarse. Esto, tal vez y solo tal vez, pueda explicar el rebrote de la demanda de ver mujeres agachadas o encorvadas ante la suculenta realidad de mujeres -por el contrario- cada vez más paradas.
Otro mito -con grandes dosis de prejuicio- es que el sexo anal les gusta a los varones y las mujeres lo conceden. No por nada, el latiguillo "¿vas por colectora?" lo impuso, en la FM Metro, el joven TVR Gabriel Schulz y la pregunta es tan explícita como la requisitoria: "¿Entregás?" es literal como si el sexo fuera un correo. Ellas entregan aunque duela, ellos ganan poder sin distinción -vamos, no a todos les gusta lo mismo-.
¿O desear las colas es una manera de desear más abierta? De hecho, las colas pueden ser de un varón o de una mujer, a diferencia de las tetas. Por eso, Gutiérrez arriesga: "Hay algo más unisex en el culo. Los culos perfectos puestos en la postura general del cuerpo parecen de centauros, no de mujeres".
También puede ser que el fervor de mercado por ver exhibidas colas tenga que ver con la masificación de las siliconas femeninas que provocaron que sean pocas -poquísimas- las tetas naturales. Ya no es novedad ver pechos porque todas las chicas de revista son pechugonas. En cambio, la cola, apenas un
poco más resguardada del quirófano, conserva algo de singularidad y atractivo ante el virus de las tetas clonadas. Sin embargo, desde las famosas pompas revisitadas del ex ministro del Interior menemista José Luis Manzano es sabido que en las camillas de los cirujanos, cada vez más, se dice: "Date vuelta".

Con el culo se nace ¿o se hace?
Las cirugías de cola tal vez no lleguen a generar la contradictoria naturalidad de esas tetas armadas como si nunca se les corriera el bretel, bajaran una escalera, dieran la teta, pasaran los años, se les erizaran los pezones. Pero cada vez más, mujeres y varones, de clase media/alta, van a operarse para irse distintos/as. "Tratamientos microquirúrgicos para glúteos firmes con buena forma y sin celulitis", prometen en la clínica del médico Julio Ferreira, cirujano plástico y ex presidente de la Academia
Sudamericana de Cirugía Cosmética. Aunque no es cuestión de soplar y pedir pompas. La lista es amplia:
Gluteoliplastia con lipoescultura tumescente El nombre da miedito. La operación, también. Ferreira dice que realiza esta cirugía desde 1989 y que es para los/las que tienen exceso de tejido graso (culonas/es) y que hay una reducción de grasa circunferencial. El riesgo es que si algún cirujano mete bisturí más allá de la zona superficial se puede afectar el sostén del glúteo (¡mamita!) y todo desde los tres mil pesitos.
Lifting glúteo con tensores naturales
Es para los casos de flaccidez. El problemita es que podría recomendarse a todas las mujeres (y la que tire la primera piedra que se saque las medias o el retoque digital). Pero si la flaccidez es universal: ¿las cirugías deben serlo también? Mal de muchas: ¿consuelo de tontas? ¿O potencial mercado de
miles de consumidoras? Tal vez, los culos turgentes se vuelvan -como en algún momento el bronceado fue símbolo de poder adquisitivo para disfrutar de un verano- un símbolo de clase social. En contra de las clásicas morochas latinas, las bamboleantes mulatonas o chicas de barrio que podían ser (¡y son!) atractivas pero que no fueron ni son estatuas glúteas, las mujeres que muestren su cola dura dura dura -como indicaría Tu Sam- tienen que poder pagar -desde- 5 mil pesos por los tensores naturales. "Los glúteos toman una posición más alta y se les otorga una agradable forma redondeada", promete, a cambio, Ferreira.
Gluteoplastia de aumento
Esta es la Gran Manzano. ¿O no? "Se utiliza la colocación de prótesis especiales de silicona para la corrección de alteraciones en el volumen de la región glútea", informa el cirujano plástico. A los treinta días ya se puede hacer gimnasia. O leer algún clásico como Robo para la corona si es que se pueden apoyar las pompis. Pero, más allá de la avispa en la cola que definió la estética y ética menemista, también es cierto que el glam gay -con más fervor por el hedoconsumismo que por democratizar la
diversidad- que crece en Buenos Aires también hace aumentar la demanda de esta operación en los consultorios estéticos. El precio, en dólares (gay frendly) va desde los 3500 (verdes).
La yapa: reconstrucción anal
Este es el sumum del momento, un símil a la himenoplastía de vagina que algunas mujeres se realizan para embellecer su vulva o con la ilusión de recuperar su virginidad. En Argentina, todavía, es una operación bajo receta. "Aún no es usual que nos pidan una reconstrucción anal, salvo en casos de fisuras o hemorroides o mujeres que quedan impresentables después del parto. Pero ya va a llegar. Ahora voy a Estados Unidos y si hay una novedad pronto van a empezar a pedirla acá. Por ejemplo, aunque no le
preguntamos la orientación a los pacientes que consultan, cada vez más varones consultan por un tratamiento nuevo de recuperación de glúteos con hilos de siliconas", apunta Guillermo Blugerman, director de la Clínica B&S, presidente de la Asociación Argentina de Medicina y Cirugía Cosmética y ex
médico del programa Transformaciones. "La reconstrucción anal es una intervención que se realiza con fines reparadores tanto en cirugía general, proctológica o plástica, ya que son varios los motivos que pueden ocasionar la ruptura del esfínter o desgarros en la región, pero, a diferencia de la vagina, no tiene una membrana que reconstruir", subraya Ferreira.

Culocracia afuera
"Abajo la culocracia" es el título de Mu, el periódico de lavaca, del verano 2007/08, en donde una nota a la organización Mujeres al Oeste es ilustrada con dos fotos de mujeres desnudas con el cuerpo pintado por esas palabras que laceran, lastiman, estigmatizan, avergüenzan, reprimen, envuelven los cuerpos femeninos y, mucho más, justo, cuando el calor invita a desenvolverlos. "Gorda, fofa, quedate quietita", son las palabras que se pintan las chicas para despintarse el terror al rollo, a la flaccidez, a los
pocitos, a ser, a disfrutarse, a mostrarse, a insinuarse, a gozarse. La antítesis de la revista Gente que pega chicas en bikini y promete los cuerpos perfectos del verano. Pero el problema no son las ondas del verano de Gente sino que se gentizó la Argentina. Y, ahora, a las actrices, a las diputadas, a las abogadas, a las periodistas, a las escritoras, a las maestras, a las médicas, a las empleadas, a las desocupadas, a las mozas, a las vendedoras, a las promotoras se les pide, mide, exige, calcula cuántos
centímetros de culo, cuánto de piel de naranja, cuánto de levantado o caído.
¿No hay otro roce, otro deseo, otro goce, otra mirada, otro tacto distinto? Gutiérrez recalca: "Tanto culo, tanto culo es una suerte de entrenamiento sensorial y brutal educación emocional para todos: así es la sociedad donde la anatomía complacida y complaciente es considerada el súmum de la felicidad, además de un bien de intercambio y entonces el bikini open resulte una parte más de la gran maquinaria mediática de la excitación".
Después de todo, Galileo tenía razón, la Tierra es redonda y nosotros/as vivimos en el culo del mundo. ¿O ésa es una mirada desde arriba? Mejor, echarse. Hacerse milanesa entre la arena, re-hacer el amor en cucharita, convertir a la redondez en viaje o montaña rusa y aprovechar la espalda para abrir los poros y cerrar los ojos y que las caricias circulares fluyan ahí, ahí donde el cuerpo tiene dónde dar cobijo, donde las colas grandes son el don de dónde agarrarse, sin shop ni photoshop.
Sin más contorsiones que las que se eligen.



*FUENTE:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-3820-2008-01-04.html




Las colas, el ano y el capital*



Por Omar Acha (*)


Hay que distinguir entre la "cola" y el "ano". Cola o culo incluyen el ano, aunque la referencia pueda ser opaca, pero también a los glúteos. Si hablamos del ano, entendiendo por eso no sólo el orificio sino también el recto, hay sin duda una historia simbólica, es decir, de las regulaciones sociales de su uso, no sólo en su función de excreción, sino también en la de zona erógena. Por ejemplo, son famosas las condenas a la sodomía en la Biblia. O también han circulado en dibujos y bajorrelieves escenas de sexo
anal de las culturas antiguas, incluidas las occidentales. O la persistencia del rechazo de la satisfacción anal que sostiene la noción de perversión en la teoría psicoanalítica.
No obstante, si pasamos al terreno de las prácticas sexuales reales, la historia es muy distinta. Allí el horror al ano se despliega en una multitud de usos que se ajustan bastante mal a los cánones eróticos oficiales. Lo importante es considerar los cambios que ocurren en el tiempo, de acuerdo con las sociedades y sus jerarquías. En la antigua Roma un ciudadano tenía permitido tener sexo anal, pero ejercido sobre inferiores sociales como los esclavos de ambos sexos. No se trata sólo de un órgano con una función fisiológica. Es también un arma de representación del otro. Esto es claro en el uso del "les rompimos el culito" de las canchas de fútbol, pero también fue y es un instrumento de insulto a un enemigo. Sucedió en las persecuciones medievales a las "sectas" heréticas, a las que se les atribuía, entre otras cosas, la sodomía. También comunistas y nazis se acusaban mutuamente de ser homosexuales. Si hoy el tema está tan presente es porque esta sociedad también hace del cuerpo una mercancía, que exhibe, vende y transforma. El culo no podía estar exento de la fuerza del capital.
Sin duda que los tiempos contemporáneos han modificado la tradicional relación de penetrador y penetrada. En parte por la difusión de las prácticas homosexuales, pero también por la generación de instrumentos o prótesis que permiten que una mujer pueda sodomizar a un varón, incluso partes del cuerpo que no eran usualmente pensadas para la penetración anal, como el puño o el antebrazo (en el fist-fucking) son indiferentes a la diferencia anatómica. Técnicamente podría haber, en ese sentido, una
superación de la presunta barrera con la sexualidad lésbica. El debate es si eso reproduce el "falocentrismo" o lo desbanca, al mostrar que ese pequeño trozo de tejido, que es el pene, es sólo eso. Lo cierto es que la progresiva flexibilidad de las prácticas sexuales, entre ellas las gays, favorecen un
relajamiento, justamente, de la defensa del ano, pequeña fortaleza que pretende conservar la homofobia.
Me parece que la preferencia de las colas en las imágenes se transforma muy rápidamente. Por ejemplo, son un fenómeno estacional, como en el lema "las colas del verano". Y no tanto por una suerte de deseo masculino o femenino por mirarlas, sino por las estrategias de promoción mediática. No estoy seguro de que las revistas argentinas presten una atención particularmente intensa a las colas. Si las comparamos con las revistas brasileñas, pienso que las locales se dividen bastante entre las dos zonas de objetualización del cuerpo femenino: las tetas y la cola. Si pudieran mostrar en las tapas las vaginas, habría que ver cómo se reordena ese ajedrez que los varones, como género dominante, diseñan para lucrar con el cuerpo femenino. En Brasil las colas, sobre todo en las revistas directamente pornográficas, suelen ser más grandes y son situadas en un plano fotográfico que las hace más
importantes que el rostro. En la Argentina ese ángulo es menos dominante. La misma dificultad de hallar un patrón estable aparece en las revistas eróticas gays, donde la cola, el pene erecto o los pectorales coexisten con el rostro en una fluencia notable.
Ahora bien, ¿son deseos de ver tal o cual parte del cuerpo los que llevan a esa presentación? ¿O son los productos los que crean el deseo? Viejo problema, probablemente insoluble, de cómo nace el deseo. ¿Qué se imagina en una cola? ¿Firmeza, juventud, lozanía? Pero eso es también un producto de la
publicidad. ¿Cómo sabemos que una cola celulítica y caída no produce más placer, en la cama real, que la vendida por una modelo en una revista? Yo no apostaría nada al respecto.


(*) Historiador, docente en la UBA, investigador del Conicet y autor del libro El sexo de la historia.


-FUENTE:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/subnotas/3820-410-2008-01-04.html





Fluir desvanece*
 
   

  *Por Miriam Cairo. cairo 367@hotmail.com


La destrucción o el amor. Ya nos besaremos luego. Ahora hay que discutir, dijo el marido joven a la esposa joven. Sí, dijo ella, vamos a discutir. Se subió la bombacha y se abalanzó hacia el marido para ahorcarlo. El la tomó de las muñecas y la doblegó hasta que cayera de rodillas.
Espero que te mueras joven, dijo ella. ¿Sí?, grita él, yo también tengo un deseo para vos, ojalá que te mueras vieja.
Ella hizo ademán de golpearlo pero se detuvo. La presencia desagradable de una mosca la distrajo. Frunció el ceño. El buscó un tono conciliador: una mosca sobre las cortinas no es gran cosa, podrás acostumbrarte. Asqueroso, gritó ella. Vos la dejaste entrar para que me pusiera furiosa. Eso es una estupidez, dijo él, tratando de aplastarla. No vuelvas a insultarme, exigió ella con los dientes apretados.
Por fin el marido joven dio muerte a la mosca y su esposa le gritó ¡asesino! Entonces él pensó que el padre de ella pudo haber sido el inventor de la bomba atómica y sintió desprecio. Se burló de todos los fracasos de su vida. Le reprochó que no supiera andar en bicicleta, que coleccionara frascos vacíos y roncara al dormir. Y como todo eso era cierto, ella no pudo defenderse. Entonces volvió a quitarse la bombacha y los zapatos. Sin bajar la cabeza, se abrió de piernas sobre el sofá porque la propia culpa la movía a perdonarlo.


Los crímenes del aire. Ella debe que viajar durante varios kilómetros. Ante el primer semáforo, detiene su auto junto a uno de dos puertas. El conductor tiene aspecto de usar una buena loción para después de afeitar. Ella lo ve quitarse del bigote una perla de saliva o un hilo de jugo vaginal. Se acomoda en el asiento y mira hacia otro lado. Luz verde. Cada cual en su mundo hasta el próximo stop.
En un viejo automóvil de marca francesa, ve a una anciana que apenas asoma la frente por el parabrisas. Las arrugas no la privan del escarnio lúbrico: mira con fruición la palanca de cambios.
En el siguiente cruce de avenidas, ve a la muchacha de pelo rojo y auto color plata, llevarse los dedos a dónde cualquiera quisiera llegar.
A la izquierda, un joven de camisa con estampados búlgaros, se mira con orgullo la pata de cerdo que espera ser adobada. Al ritmo de un rock pesado, golpea suavemente el volante y hace eléctricos movimientos hacia delante y hacia atrás.
Ella siente que la tarde se va tornando espesa. Todos los caminos la extravían. Se mira los muslos azules. Ya no recuerda a dónde va.


Temblores. Mis culonas giran en torno a sus fantasías. Unas a otras se preguntan cuándo van a tener el coraje de dejarse caer en ellas. La respuesta que no llega, es su ruina.


Lámparas con celofán. Una legión de putas colmó la penumbra del bar. Los hombres se estremecieron ante el olor suelto de los cuerpos. Hundieron los dedos en jalea rosada. Desataron nudos con los dientes. Escupieron besos. El cuerpo a cuerpo fue un encadenamiento de sudor y baba. El asco era dulce. Entre todos crearon un lugar donde el mundo, por fin, se parecía al mundo.


Pozos de tanta esperanza. Con su mueca de junco, él se inclina sin orgullo, según lo roce el aire, porque no sabe ser duro y cruento. Su silencio desemboca en un saber sin salvación. Su quietud morosa y desinteresada no violenta la realidad del pantano.

Cómo me gustaría precipitarlo o que él me precipitara. El me miraría un momento con los ojos despavoridos y luego lanzaría una carcajada. Si en cambio él me empujara a mí, en un resbalón yo le entregaría la imagen de mis ojos desorbitados, pero sin horror, porque sé que él no sabe ser duro y cruento. Porque estoy deseosa de que caigamos juntos, para comernos las raíces y enterrarnos orgasmos en el corazón. Porque estoy segura de que juntos no vamos a procrear sino esperanzas.


Cuando el lucero es la luna. Titubeando, cayendo, levantándome, voy mojando migas de pan en el jugo de mi corazón. ¿A quién alimento?
Un día puede ser tan largo como una cordillera. La nube que imagino no cabe en este cielo.

Llévenme a otra parte. Acérquenme a cualquier cosa. Puedo rodar como un tren hasta la luna. Puedo inventar un arrullo natal. Trato de escribir en mi propio idioma. Llevo años amarrada a lo perplejo. Ya no distingo invención de recuerdo. Señales de desvíos.


Pierdo y gano la existencia. Hago malabares con flores y con fuegos. Soy parte de cualquier raza amenazada. No creo en nada y lo espero todo. Sobre el trapecio del mundo camino en puntas de pie. Soy coleccionista de últimos suspiros. Duermo por las noches y me hago de comer por las mañanas. Como si ello no bastara, leo de corrido la espuma del café instantáneo y suelo encontrar mi nombre escrito en una página del diario.

Espíritus jadeantes. Cada noche mis culonas cuelgan sus corazones intactos. Me pregunto qué tiburón les ha negado su cariño. Qué grano de arroz les atragantó el hambre.
¿Cómo describir sus senos? Y ¿para qué? Mis culonas esperan que alguien les quite el corpiño. Que un perro desentierre sus huesos. Que las aves anuncien un vuelo.
Imaginan un pez que las muerda hasta la muerte. Un lobo que les aúlle hasta la luna. Mis culonas no acaban nunca de chuparse los dedos. Viven en preparativos. Acostumbran a regresar a casa en taxi los domingos. Se emborrachan sin ganas y con asco. Aterrizan en camas manchadas de orines. Sueñan con irse a cualquier parte del mundo a morir de hambre. No les interesa dónde guarda el cura las llaves del sagrario. El cura sólo las cree capaces de herejías. A cualquier parte, ellas se irían en un barco que zarpara del infierno. Si no estuvieran sentadas se caerían al suelo.
Mis culonas quisieran morir como una estatua que no sufre. No han conocido a nadie que descubra en sus miradas la íntima perla de su ser. Sólo un milagro de resistencia las explica. Una sobreadaptación a la vida las hace grises. No comprenden sus propias ideas. Sienten que son lo intangible de sus cuerpos. La llamarada sin el resplandor. La agitación sin el viento.
Ay, de la pena si ellas se atrevieran a cubrirse con sus propios besos. Ay, de la soledad si se animaran a gruñirle con sus labios de lobas.


Primero nada, después poco a poco. En el bar encuentro a la muchacha rubia con vestido negro y gesto de hoja que se desprende del árbol. Encuentro a la morena alta, de cabellos cortos y dedos largos. Entre las mesas se abren pequeñas calles humeantes y mal iluminadas. Ellas las recorren de tal modo que siempre las pueda ver. Yo evalúo cuestiones de peso e ingravidez. Cuando todos se marchan, me dan de comer frutos fuera de estación y bebemos ron con sabor a pelo de montaña. Las tres usamos las bocas para algo más que pronunciar palabras. La rubia me llena el crepúsculo con pétalos viejos para que yo no sueñe con músicos ni con boxeadores. Hago todo para que la morena no hable mientras mete sus dedos en mi madrugada.
Mi debilidad por las meseras jóvenes y la escritura en espiral es simétrica e ingobernable.


Bulevar, postigos y misterios. Ya sé quiénes son todos los que se presentan aquí: réplicas mías. (Conozco muy bien mis eufemismos.) Lo que ellos dicen son cosas que yo bien podría decir. Acepto sus torcidos esquemas sexuales. No desdeño ninguna irreverencia. Hablo sobre sus pájaros implumes vomitando miel en cálidas pajareras. Admiro a los canarios que cantan por sí solos y a las culonas que guardan sus secretos entre las piernas. No hay fronteras entre ellos y yo. Somos un solo aliento que respira. Si no existieran, yo no existiría. A todas mis réplicas les juro que si seguimos así, no moriremos.


*Fuente: diario Página/12. suplemento Rosario-12. www.pagina12.com.ar





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